lunes, 1 de octubre de 2018

LA GUERRA DE LOS LAZOS


Esto tiene mala pinta. Unos ponen lazos, y otros los quitan. Al final todo este jaleo es la incubadora de un odio ya inoculado en la sociedad catalana, y tarde o temprano nos dará un disgusto. La guerra de los lazos y de las banderas ha llegado tan lejos, que, en este momento, al igual que la crisis catalana en su conjunto, no se vislumbra salida alguna, y la posible tendría muchos costes a corto plazo: mano dura con el independentismo.
Por desgracia, en política, como en tantas otras cosas, nada es blanco y negro. Por eso es tan difícil trazar una línea que nos permita distinguir lo bueno de lo malo, si no es en los extremos de la bondad o la maldad. Nadie duda de que asesinar a personas por sus ideas está mal; y que defender el derecho del disidente a expresar sus ideas en libertad está bien. A partir de estos extremos, el largo recorrido de circunstancias que nos lleva de uno a otro extremo es una escala de grises donde tomar partido es complejo y difícil. Encarcelar a los independentistas no es matarlos, naturalmente, pero ya es un gris que genera discrepancias hasta en los especialistas que más saben de ello. Tolerar que el espacio público (edificios, calles, playas, rotondas...) se llene de lazos amarillos puede ser un benévolo ejercicio de defensa de la libertad de expresión; pero igual no. Me explico.
Una cosa es que una institución pública, un ayuntamiento, el Parlamento catalán, una consejería o cualquier otra entidad pública haga suya la reivindicación simbólica que está tras los lazos y plague el edificio o las calles con ellos; y otra muy distinta es que lo haga un ciudadano normal y corriente. Las instituciones públicas no tienen libertad de expresión, por muy representativas de la ciudadanía que sean. Un pleno municipal o el Parlamento catalán no pueden distorsionar el proceso de comunicación pública empleando el espacio público para transmitir una idea que no competirá en igualdad de condiciones con otras en ese proceso y en ese espacio. En el marco de un debate de ideas y opiniones, los poderes públicos tienen el deber constitucional de ser escrupulosamente neutrales. Los ciudadanos no soportamos ese deber, y por tanto tenemos el derecho constitucional a expresar con libertad lo que pensamos, aunque moleste o inquiete a otros. En el primer caso la reacción frente al uso partidista e ideológico de los poderes públicos y del espacio público por quienes ostentan un cargo público es la que tuvo el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ordenando la retirada inmediata de lazos y banderas de las fachadas y espacios de una institución pública si no son los establecidos por la normativa. De esta manera se garantiza la neutralidad del poder público en el debate de ideas constriñéndolo exclusivamente al uso de aquellos símbolos que representan a todos los ciudadanos y no sólo a una parte de ellos. En el segundo caso, y como recientemente ha dicho el Tribunal Constitucional Federal alemán en relación con la difusión de mensajes que negaban el Holocausto judío durante la II Guerra Mundial, el límite a la libertad de expresión, es verdad que su trazado no está exento de dificultades, debe estar en la paz que debe gobernar el debate libre de ideas. El problema no es que ciertas ideas sean repulsivas, inquietantes u ofensivas. El problema surge cuando expresarlas, bien por la forma en la que se hace, bien por las consecuencias que puede acarrear su difusión, altera la paz que debe regir el debate de ideas al provocar miedo en los interlocutores. El debate sólo es libre, abierto y plural si es un debate sin miedo. El problema con los lazos es que ahoga el debate libre de ideas, ejerce una presión e incluso una coerción sobre el disidente que le impele al silencio por miedo a arrostrar con las consecuencias de disentir. El lazo ya no es una idea, es un arma, y en España no hay un derecho a portarlas.

TIEMPO


Hay algo que me resulta especialmente llamativo de un tiempo para acá, y es el contraste que hoy existe entre lo tiempos, perdón por la redundancia, de unos y otros. Eso que algunos llaman prisa, quizá no lo sea. Quizá lo haya sido en el mundo de ayer, pero no en el de hoy. ¿Está el mundo acelerado? No, no lo creo. Lo que ocurre es que algunos andamos lentos para la vida moderna. La forma en la que percibimos el tiempo siempre ha sido una forma de medir las eras. El tiempo cíclico griego, y de otras muchas civilizaciones antiguas, porque todo está condenado a repetirse; el tiempo lineal judío, y la idea de que el tiempo es un avance hacia el juicio final. El tiempo medido por los ritmos de la naturaleza. El tiempo que luego midieron las máquinas. El tiempo como resignación ante el inexorable avance hacia la muerte. El tiempo rentable (el tiempo es oro) del capitalismo. Somos tiempo, y nada más, que decían algunos existencialistas. El tiempo es transformación, cambio, donde todo se transforma y nada se destruye, un bucle sin fin. Quédese usted con la idea que más le plazca.
Si hay algo que cada día se hace más evidente en nuestro entorno es que conviven dos tiempos. El propio del Siglo XX. Un tiempo que mide la rentabilidad humana. El tiempo es un espacio para hacer cosas, y si no las haces, malgastas el tiempo. Pero también el tiempo es un bien preciado, valiosísimo, por lo que su consumo debe ser dosificado es una cuestión moral. Hay que tratar de ralentizarlo para llegar cuanto más tarde mejor a la muerte, para ser más rentable, para ser más feliz. El empeño por detener el tiempo podría ser el slogan del Siglo XX. Por eso los ciudadanos del Siglo XX somos lentos. Andamos lentos por las aceras, por las carreteras, respondemos lentos a los mails, escribimos whatsapp como si fueran microscópicas misivas, y anhelamos unirnos al movimiento slow. Creemos a pies juntillas en las virtudes de todo lo indefinido (los contratos, el trabajo, los electrodomésticos, las relaciones de pareja, las amistades). Para nosotros el tiempo no se mide en distancia, sino en quietud. Nuestro tiempo ni es lineal, ni cíclico. El tiempo tiene un único valor, que sea indefinido (no confundir con perpetuo), esto es, que se detenga. Y a esa percepción del tiempo le damos un valor moral. Lo bueno es lo indefinido, porque es un tiempo de certezas. Por eso vivimos en crisis y deprimidos, porque nada es indefinido y todo irremediablemente es incierto. 
Sin embargo, los humanos del Siglo XXI viven el tiempo de otra manera. El tiempo pasa, y pasa rápido, y ellos lo saben y no les importa. El mundo global, que los humanos del Siglo XX vivimos con preocupación e incertidumbre, sólo significa un mundo sin espacio/tiempo, donde todo está al alcance de forma cada vez más inmediata. El tiempo ya no importa, porque importa la movilidad. Importa no parar. Nada es indefinido, ni se valora que lo sea. Quizá el movimiento slow no sea más que el anhelo de unos nostálgicos; como lo fueron los bucólicos que creían ver en la vida pastoril un antídoto frente a la premura de las incipientes urbes. Quizá seguir pensando el mundo (el trabajo, la familia, la pareja, el arraigo, la movilidad) en indefinido sólo nos traerá más depresión y ansiedad. Ya no se trata de que vivamos en tiempos impacientes, es que la paciencia no es de este mundo. Por eso no dejo de mirar con ternura esos intentos condenados al fracaso de parar la vorágine como los movimientos pro-bicicleta o el empeño en que el contrato laboral preferentemente indefinido. Solo sé que por la calle me tropiezo con personas de una edad que andan lentas porque su mundo es lento. Pero es que otros me adelantan a mí, porque mi tiempo ya es lento. Incluso si voy en bicicleta.


MIGRACIONES


¿Y si pensamos la migración de otra manera? ¿Y si tratamos de no dar una respuesta a las migraciones masivas como si estuviéramos aún en los años 50 y 60 del siglo pasado? ¿Y si repensamos la migración en términos globales, no porque la migración sea global, sino porque ya no existe un mundo compartimentado por fronteras, sino un espacio global de tránsito y flujos imparables?
Yo no sé si es cierto que el humano es naturalmente migratorio. Este tipo de afirmaciones fundadas en generalizaciones inductivas a partir de hechos sucedidos a lo largo de miles años me dejan bastante indiferente. Que nuestra historia humana está ligada a iniciales y largos períodos de nomadismo… pues probablemente sea así. Pongámonos en esa hipótesis, y aceptemos que nuestra esencia milenaria es nómada. Pero el nomadismo no es el resultado de ninguna genética, parece más bien que resulta de la lucha por la supervivencia y la búsqueda de alimento y refugio; porque en el momento en que el humano descubrió que era posible poseer alimento y refugio sin trasladarse, se hizo sedentario (y con ello, empezaron los líos –Yuval Noah Harari-). No obstante, ese nomadismo primigenio también supuso la lucha brutal por la supervivencia contra otros grupos humanos a cuyo espacio llegaban los nuevos transeúntes o se cruzaban por el camino y se disputaban un mismo espacio de subsistencia. También pudo ser posible la convivencia pacífica, y la mezcla entre especies…  Pero no cabe duda de que el nomadismo supuso confrontaciones, mezcla y una hipotética lucha de exterminación de una especie humanoide sobre otra. Todo esto, bien mirado, no es muy distinto a lo que ocurre ahora. Hoy es el nomadismo forzado por hambrunas, guerras, persecuciones, por el anhelo de una vida mejor; y también las mismas circunstancias derivadas: crisis, los enfrentamientos, el rechazo, la xenofobia, el miedo. Apenas han cambiado las causas y sus efectos. Bueno, sí. Las naciones y sus fronteras, que durante un tiempo fueron útiles para controlar el nomadismo puntual. Pero hoy, en un mundo en permanente movimiento (todos somos commuters… Zygmunt Bauman), las naciones y las fronteras sólo han agudizado los inconvenientes y silenciado las ventajas
¿Y si aceptamos que somos nómadas y que es imposible en el mundo actual impedir las migraciones? ¿Y si aprendemos de nuestro pasado? ¿Y si aceptamos que las migraciones pueden ser beneficiosas para todos? ¿Y si abordamos la migración no como un problema de cada nación, sino un asunto global que requiere una política global como se ha hecho con tantas otras cosas… un tratado internacional? ¿Y si imaginamos por un momento una manera de entender el “pueblo del Estado”, como decía la Teoría clásica del Estado, desligado de los conceptos nación-ciudadanía-frontera?
Estado, pueblo, nación, frontera… todos son ficciones, artificios jurídicos y políticos que son muy útiles para explicar y legitimar ciertas realidades. Pero profundamente perturbadoras en el mundo actual para afrontar realidades a las que habrá que dar una respuesta para que no se destruyan las grandes ventajas de aquellas ficciones: la libertad, la igualdad, la democracia… Ideas, por cierto, perfectamente globales y ajenas a los compartimentos nacionales y fronterizos. ¿Por qué no aceptamos que las migraciones son inevitables? ¿Por qué no nos afanamos en buscar instrumentos que las ordenen y las hagan humanas, que permitan tratar y ofrecer un futuro digno? ¿Por qué no creamos otros artificios jurídicos para construir una nueva ficción política?
¿Y si encargamos a los que ahora están pensando la forma en la que poner puertas al campo de las migraciones a pensar justamente cómo ordenar un mundo en el que migrar es inevitable? Ahí lo dejo.

TIEMPOS DE SOSPECHA Y FURIA


Hubo un tiempo en el que la política era un arte propio de grandes mujeres y hombres, a quienes se les podía cuestionar sus ideas y propuestas, pero nunca o en muy raras ocasiones sus personas. Las polémicas y los debates eran sobre ideas y proyectos. Debates duros y cruentos. Los medios seguían, azuzaban e incluso provocaban los líos y las trifulcas parlamentarias. La alta política era un asunto de unas señoras y unos señores muy serios y con currículos incuestionables, entreverados de periodismo ocupado y preocupado por la política y no por la vida de los políticos.

Hoy la política no es alta, es sólo fango. Los medios de comunicación se han convertido en grandes ventiladores de ese fango, cuando no sus alfareros que la producen y moldean. Hoy lo que importa es la vida del político, no la vida de la política. Hoy lo que importa es lo que ha hecho el político, o cualquiera que quiera servir en una institución pública, desde que echó el primer diente. Lo que te da la medida del servidor público ya no es su honestidad actual y presente, y su honestidad potencial, hoy lo que importa y se persigue es la honestidad sin mácula desde el día de su alumbramiento. Que nadie se equivoque. No seré yo quien diga que debemos correr un velo de ignorancia sobre el pasado del servidor público. Desde luego que importa ese pasado, y la honradez con la que lo haya vivido. Pero debemos pensar si podemos extremar esa causa general que se extiende a cualquier momento y detalle de la vida del servidor público. No se perdonan los errores, los deslices, los malos momentos por los que uno haya podido pasar. Aquel negocio fracasado o algo turbio, tratar de lograr un ahorro fiscal dentro de los márgenes de la legalidad tributaria, amistades inconvenientes o aquellos comentarios o palabras que se hicieron al calor de una vieja trifulca o en un momento de inconsciente verborrea y desahogo, lejanos en el tiempo y sin trascendencia probada. Todo sucedido en el pasado más o menos remoto de un servidor público que ni siquiera sabía que lo iba a ser en el tiempo de esos acontecidos se saca a la luz con alevosía. Tampoco seré yo quien les quite hierro a ciertos pasajes del pasado. No creo que se pueda ser Juez de la Corte Suprema si una mujer te recuerda que trataste de abusar de ella. No puede ser Ministro alguien que ha defraudado a la Hacienda Pública. No se puede confiar en el político arrogante que miente o confunde. Pero como todo en la vida, es cuestión de grado. ¿Tiene alguna importancia el valor de la tesis doctoral de un político? Que sea una birria, ¿es motivo para escarnio y razón para su dimisión? ¿Importa si se hizo o no un máster, o si se hizo por vericuetos alternativos al modo reglado? Les confieso que no lo tengo claro. No sé si esa exigencia extrema que impone al servidor público una santidad retroactiva es una expresión de higiene democrática y moral, o una psicopatología del universo político que sólo alimenta a inquisidores y macartistas.

Convendría reflexionar sobre la perversión de la sospecha absoluta y retroactiva. Su exceso ha dado poder a inquisidores que se han erigido en los que deciden quien pasa y quien no en la vida política y de servicio público. Son ellos, tenebrosos, quienes deciden quien pasa el escrutinio moral previo, de manera que quien supera la prueba no es el que resiste o no tiene nada que ocultar, sino quien se rinde a sus chantajes. Estos inquisidores, que lanzan la piedra, y esconden la mano si les interesa, envueltos en la bandera de la libertad de información, usurpan a los ciudadanos en esencial función de grandes electores de quienes deben o no ocupar el espacio público. Y de la sospecha se pasa a la furia, porque los torquemadas del milenio no discriminan, si no se pliega uno a sus exigencias, que suele haberlas, las faltas y pecados veniales y distantes, que incluso en aquel momento carecían de importancia, de los delitos y pecados capitales cercanos o actuales. Alimentamos así una furia impostada que es la ruina de alguien que hubiera podido ser valioso para lo público porque hizo cosas en su condición de persona privada y anónima, ignorante de su futuro político.



lunes, 18 de junio de 2018

EXILIO INTERIOR



Creo que no me gusta vivir en este mundo. Creo que cada día me siento más incómodo en este universo lleno de temores y angustias. Cada día menos libres, más controlados, supervisados, enjuiciados, escrutados hasta la náusea. No, no me gusta lo que estamos construyendo.
Miren que no me gusta ser apocalíptico, pero cada día que pasa más apocalíptico me parece lo que me rodea. Hemos dejado que nuestras vidas hayan sido secuestradas por los modernos savonarolas que se consideran moralmente superiores al resto, a estos bien pensantes dueños de la razón y la rectitud que nos miran con condescendencia. Han vuelto los autos de fe, las nuevas inquisiciones que te juzgan y condenan. Pero estos nuevos inquisidores ya no nos dicen lo que tenemos que hacer para salvarnos a sus ojos. Ahora hacen algo tremendamente perverso, se limitan a vigilarnos, a inocularnos el virus de la duda y de la culpabilidad.
Yo tengo una propensión a ser provocador, a ser abogado del diablo. Me cuesta sumarme a causas-rebaño, a ideas que son sólo un simple eslogan, a lo que se considera “políticamente correcto”. Pero hoy cada día, me autocensuro más, opto por el silencio, prefiero ser aburrido en mis clases, encerrarme en lo que unos llaman prudencia, y es simplemente miedo. No hay otra, porque no sé quién ni cómo, pero han inoculado en nuestra sociedad el virus de la intolerancia. Todo se malinterpreta, todo se retuerce hasta el asco. Nos estamos convirtiendo en una sociedad de intolerantes maleducados y vulgares, incapaces de admitir la disidencia, la crítica, el pensamiento que nos contraría. En realidad, siempre ha sido así en la inmensa mayoría de la gente. Lo que sucede hoy, es que se ha encontrado el instrumento que ha transformado lo que no era más que una expresión de la más honda ignorancia y analfabetismo moral y emocional, en una vindicación rígida e intolerante de una sedicente moral verdadera: la ofensa.
¡Ay, la ofensa! Es como volver al medioevo, pero con medios de comunicación y redes sociales. Esa ofensa iracunda por ver cosas que nos desagradan, por oír palabras o razones que nos inquietan. Hubo una época en la que esos miedos y agravios recibían la firme respuesta de la libertad; hoy es la ofensa y el agravio. De la libertad de hacer y decir. De la libertad de no ver lo que nos desagrada o no oír lo que nos perturba o contraría. Nadie nos obliga a ver lo que nos asquea, u oír lo que no queremos oír. Esa es nuestra libertad; tan sagrada como la de aquél que hace o dice lo que nos desagrada. No podemos exigirle que deje de hacerlo; pero él tampoco nos puede imponer el deber de soportarlo. Todo se resuelve con darnos la vuelta y no acudir a ese espectáculo, no leer ese libro o no asistir a esa conferencia o clase. El problema es que de un tiempo para acá lo irrelevante se ha hecho ofensa, la libertad ha sido sustituido por la sensibilidad moral o emocional del colectivo que más vocifera o intimida. El problema es que aquel asunto de libertades encontradas pero compatibles, se ha convertido en un problema de agravios. Así se explican condenas desproporcionadas para con ciertos ejercicios de simple y mera libertad de expresión; o la cada día más no por sutil menos intensa censura a todo lo que no es políticamente correcto.
Yo ya no me atrevo a provocar el pensamiento crítico en mis clases por si ofendo a alguien; ya no me atrevo a defender determinadas ideas, por muy razonadas y argumentadas que pueda expresarlas, porque temo una causa general contra mí y los míos; ya no me atrevo a llamar a los negros, negros, o los enanos, enanos, y a los minusválidos, minusválidos; ya no sé mirara a una persona con parkinson; ya no sé cómo dirigirme a una mujer, cómo mirarla o hablarle. Ya no sé cómo no ofender a quien vive en el chantaje permanente del agravio. Ya no sé vivir libre y sin miedo. 

(Publicado en El Comercio el 17 de junio de 2018)

lunes, 4 de junio de 2018

DE FANATICOS, MEDIOCRES Y EUROPA



Primera idea. ¿Cómo es posible que haya triunfado el fanatismo en el mundo global? Pues porque el fanatismo es un acogedor refugio ante un mundo lleno de miedos e incertidumbres. La babayada global se ha impuesto, y con ella el fanático que considera que llamar a las cosas por su nombre es un trato indigno. El fanático ha conseguido imponer su lógica del miedo. Hay cosas de las que ya no me atrevo a opinar, porque sé que seré desollado vivo; y ciertos gestos que me cuido mucho de hacer porque en esta sociedad de la sospecha patológica y enfermiza sólo servirán para ser malinterpretados, y de nuevo desollado vivo. El fanatismo hoy se ha disfrazado de corrección política, de populismo moralizante, de indignación impostada, de cínica empatía, y, sobre todo, de “exigencia de democracia”, esa palabra fetiche del fanático posmoderno. El fanático ya no es sólo el que defiende con ira y sin estudio las ideas propias con desprecio de las ajenas. El fanático en realidad no sabe en lo que cree; simplemente es fanático en todo. El fanático hoy es un sujeto que se cree moralmente superior a los demás, que los juzga implacable y despiadadamente, que no cree que el otro esté equivocado, sino, lisa y llanamente, cree que el otro es un ser superfluo. El fanatismo ya no necesita una idea que defender, es en sí mismo un acto: negar, despreciar y vejar a todo aquel que ose no hacer las cosas como él cree que deben ser.
Segunda idea. Hemos dejado que el fanatismo se extiende a todo porque hemos dejado que la mediocridad todo lo inunde. Siempre hubo mediocres, pero los mecanismos sociales, para bien o para mal, confinaban la mediocridad a espacios sociales en los que su presencia no era tóxica. Probablemente porque consciente o inconscientemente se respetaba la autoridad del que no lo era, y los sistemas de ascenso y promoción vital y social estaban ajustados al mérito y capacidad de cada quien. Pero alguien demolió esos mecanismos, y bajo la meliflua condescendencia con el mediocre, no por serlo, sino para con su anhelo por ocupar y desplazar a quien no lo era hemos dejado que venzan e imperen. La mediocridad es excluyente, rencorosa y revanchista. El mediocre siempre se siente agraviado y despreciado. Por eso la mediocridad es el mejor caldo para cultivar el fanatismo. El mediocre carece de sentido crítico y autocrítico, nunca sabe estar. Para él la diferencia y la discrepancia es un agravio. El mediocre es totalitario y por ende fanático. El día que a un mediocre no le dejamos claro dónde estaba su lugar, todo empezó a ir mal.
Tercera idea. ¿Quieren un ejemplo claro de la era de la mediocridad fanática? Pues giren su mirada al caso catalán y a nuestros colegas europeos. Un gobierno mediocre ha permitido que la crisis catalana se nos fuera de las manos, y ahora esa nave la comandan otros mediocres. El independentismo ha conseguido internacionalizar el problema. Y los miopes burócratas de la Unión Europea, otros mediocres, no han sabido ver lo que se venía encima. La elección por los fugados de Bélgica y Alemania no es casual. La primera tiene un gravísimo problema con dos comunidades enfrentadas. Si ha habido una decisión judicial “política” ha sido la del juez belga, porque allí cualquier decisión en relación con un conflicto territorial es una bomba relojería para la frágil estabilidad social belga. El caso Alemán es el de una judicatura insumisa a Europa. A los jueces alemanes les importa un pito la normativa europea de la euro-orden de detención porque ellos siguen en el esquema nacional de la extradición, y se veía venir que no ejecutarían la euro-orden. Todo esto no pone si no de manifiesto la endeblez de la Unión Europea y su desamparo ante cualquier pequeño torbellino. Al final va a resultar que la crisis catalana puede terminar convirtiéndose en la espoleta que detone la implosión de la Unión Europea. Tiempo al tiempo.

(Publicado en El Comercio el 27 de mayo de 2018)

QUIEN RESISTE, VENCE... (O NO)



La vida parlamentaria no deja de sorprenderme. Como tampoco la ceguera que a veces rodea al poder. Resulta que tras las tribulaciones de dos elecciones generales sucesivas (2015 y 2016), una tremenda crisis institucional en el seno del PSOE, una investidura fallida de Sánchez, una convulsa investidura de Rajoy, una legislatura zozobrante y un lío secesionista en Cataluña de muchos bemoles, Sánchez termina siendo Presidente. ¡Qué cosas se pueden ver en política!
Dijo Cela en su momento que en este país quien resiste, vence. Y probablemente así es. Pero en el caso que nos ocupa, la resistencia ha servido para alcanzar dos resultados bien distintos. Hace un tiempo había dicho que Rajoy era un presidente derrotado y Sánchez un derrotado presidente. Con este juego de palabras quería referir a la chocante situación en la que el ganador de unas elecciones generales no lograba ser presidente, y, sin embargo, Sánchez que había perdido las elecciones, podía serlo. Las cosas no le salieron bien a Sánchez, que tras ese tropiezo cayó en desgracia porque, además de cosechar dos derrotas consecutivas del PSOE en las urnas, le echaban de la dirección del partido. Pero Sánchez resistió. Ideas y talante de estadista no sé si tendrá, pero, desde luego, tenacidad y tesón sí que tiene. Resistió y venció. No dimitió tras ninguna de los reveses electorales, como hicieron los secretarios generales del PSOE que le precedieron, y aguantó el tirón de su destitución dando la batalla interna y alzándose finalmente con la victoria. Y ahora, ¡presidente! Cuando ni siquiera era diputado. Pero el otro que jugó a resistir fue Rajoy. Sin embargo, aquí la resistencia fue su final. Resistió y perdió. La diferencia entre uno y otro fue el propósito. Sánchez quería ganar y aprovecho la circunstancia. La moción era inevitable. La oposición no podía permanecer inerme ante la sentencia Gürtel (la primera de una larga serie que aventuro terrible para el PP), y Sánchez asumió el papel de líder de una reacción parlamentaria ineludible. Rajoy siguió creyendo que los problemas se resuelven solos, y que la inacción negatoria de todo le bastaba. Ese andar sin moverse terminó en tropezón. Resistir por resistir y sólo por resistir no lleva a la victoria. Lo que me asombra es que a nadie en el PP se le haya ocurrido que tras la sentencia Gürtel había que tomar la iniciativa. Rajoy hubiera podido salir al ruedo político, asumir el contenido de la sentencia (y no atacar a los jueces), cortar unas cuantas cabezas (y no la de los jueces y la de la oposición) y plantear una cuestión de confianza (para lo que sólo necesita de mayoría simple), sabedor que tenía amarrado al PNV con la desactivación del art. 155 en Cataluña y un aguinaldo pistonudo en unos presupuestos aprobados. Sin embargo, optó una vez más por sentarse y esperar. Para rematar la torpeza, ofende al Parlamento ausentándose en la jornada vespertina de la moción de censura y se presenta una hora tarde en la tercera sesión para subir a la tribuna y despedirse. Peor no se pudo hacer.
Sánchez no la va a tener nada fácil. Veremos cuál es su plan, porque tendrá que decidir si quiere gobernar o sólo gestionar el día a día, lo que a su vez está ligado a si convoca elecciones para tratar de ganar en las urnas lo que ha ganado en el Congreso o si agota la legislatura. La decisión no es fácil, porque adelantar elecciones y gestionar el día a día puede ser no suficiente para mejorar sus resultados electorales. Pero aguantar dos años contra viento y marea, objeto del pim pam pum parlamentario, puede llevarlo a la irrelevancia electoral. ¿Pactará con Unidos Podemos? Pues él verá, porque me da la nariz que esa jugada, que llevará la tensión parlamentaria a la gubernamental, no hará más que desgastarle más. Y mientras el PP implosionará en la lucha cainita por la sucesión. Lo paradójico de todo es que al final Ciudadanos, que le viene bien un adelanto electoral (así tiene menos tiempo para meter la pata y una excusa para presionar al PSOE sin presentar un programa de gobierno alternativo), puede ser el gran beneficiado de este lío. A río revuelto, ganancia de pescadores. Ahí lo dejo.     


(Publicado en El Comercio el 3 de junio de 2018)