lunes, 1 de octubre de 2018

TIEMPO


Hay algo que me resulta especialmente llamativo de un tiempo para acá, y es el contraste que hoy existe entre lo tiempos, perdón por la redundancia, de unos y otros. Eso que algunos llaman prisa, quizá no lo sea. Quizá lo haya sido en el mundo de ayer, pero no en el de hoy. ¿Está el mundo acelerado? No, no lo creo. Lo que ocurre es que algunos andamos lentos para la vida moderna. La forma en la que percibimos el tiempo siempre ha sido una forma de medir las eras. El tiempo cíclico griego, y de otras muchas civilizaciones antiguas, porque todo está condenado a repetirse; el tiempo lineal judío, y la idea de que el tiempo es un avance hacia el juicio final. El tiempo medido por los ritmos de la naturaleza. El tiempo que luego midieron las máquinas. El tiempo como resignación ante el inexorable avance hacia la muerte. El tiempo rentable (el tiempo es oro) del capitalismo. Somos tiempo, y nada más, que decían algunos existencialistas. El tiempo es transformación, cambio, donde todo se transforma y nada se destruye, un bucle sin fin. Quédese usted con la idea que más le plazca.
Si hay algo que cada día se hace más evidente en nuestro entorno es que conviven dos tiempos. El propio del Siglo XX. Un tiempo que mide la rentabilidad humana. El tiempo es un espacio para hacer cosas, y si no las haces, malgastas el tiempo. Pero también el tiempo es un bien preciado, valiosísimo, por lo que su consumo debe ser dosificado es una cuestión moral. Hay que tratar de ralentizarlo para llegar cuanto más tarde mejor a la muerte, para ser más rentable, para ser más feliz. El empeño por detener el tiempo podría ser el slogan del Siglo XX. Por eso los ciudadanos del Siglo XX somos lentos. Andamos lentos por las aceras, por las carreteras, respondemos lentos a los mails, escribimos whatsapp como si fueran microscópicas misivas, y anhelamos unirnos al movimiento slow. Creemos a pies juntillas en las virtudes de todo lo indefinido (los contratos, el trabajo, los electrodomésticos, las relaciones de pareja, las amistades). Para nosotros el tiempo no se mide en distancia, sino en quietud. Nuestro tiempo ni es lineal, ni cíclico. El tiempo tiene un único valor, que sea indefinido (no confundir con perpetuo), esto es, que se detenga. Y a esa percepción del tiempo le damos un valor moral. Lo bueno es lo indefinido, porque es un tiempo de certezas. Por eso vivimos en crisis y deprimidos, porque nada es indefinido y todo irremediablemente es incierto. 
Sin embargo, los humanos del Siglo XXI viven el tiempo de otra manera. El tiempo pasa, y pasa rápido, y ellos lo saben y no les importa. El mundo global, que los humanos del Siglo XX vivimos con preocupación e incertidumbre, sólo significa un mundo sin espacio/tiempo, donde todo está al alcance de forma cada vez más inmediata. El tiempo ya no importa, porque importa la movilidad. Importa no parar. Nada es indefinido, ni se valora que lo sea. Quizá el movimiento slow no sea más que el anhelo de unos nostálgicos; como lo fueron los bucólicos que creían ver en la vida pastoril un antídoto frente a la premura de las incipientes urbes. Quizá seguir pensando el mundo (el trabajo, la familia, la pareja, el arraigo, la movilidad) en indefinido sólo nos traerá más depresión y ansiedad. Ya no se trata de que vivamos en tiempos impacientes, es que la paciencia no es de este mundo. Por eso no dejo de mirar con ternura esos intentos condenados al fracaso de parar la vorágine como los movimientos pro-bicicleta o el empeño en que el contrato laboral preferentemente indefinido. Solo sé que por la calle me tropiezo con personas de una edad que andan lentas porque su mundo es lento. Pero es que otros me adelantan a mí, porque mi tiempo ya es lento. Incluso si voy en bicicleta.


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