Primera idea. ¿Cómo es posible
que haya triunfado el fanatismo en el mundo global? Pues porque el fanatismo es
un acogedor refugio ante un mundo lleno de miedos e incertidumbres. La babayada
global se ha impuesto, y con ella el fanático que considera que llamar a las
cosas por su nombre es un trato indigno. El fanático ha conseguido imponer su
lógica del miedo. Hay cosas de las que ya no me atrevo a opinar, porque sé que
seré desollado vivo; y ciertos gestos que me cuido mucho de hacer porque en
esta sociedad de la sospecha patológica y enfermiza sólo servirán para ser
malinterpretados, y de nuevo desollado vivo. El fanatismo hoy se ha disfrazado
de corrección política, de populismo moralizante, de indignación impostada, de
cínica empatía, y, sobre todo, de “exigencia de democracia”, esa palabra
fetiche del fanático posmoderno. El fanático ya no es sólo el que defiende con ira
y sin estudio las ideas propias con desprecio de las ajenas. El fanático en
realidad no sabe en lo que cree; simplemente es fanático en todo. El fanático
hoy es un sujeto que se cree moralmente superior a los demás, que los juzga
implacable y despiadadamente, que no cree que el otro esté equivocado, sino,
lisa y llanamente, cree que el otro es un ser superfluo. El fanatismo ya no
necesita una idea que defender, es en sí mismo un acto: negar, despreciar y
vejar a todo aquel que ose no hacer las cosas como él cree que deben ser.
Segunda idea. Hemos dejado que el
fanatismo se extiende a todo porque hemos dejado que la mediocridad todo lo inunde.
Siempre hubo mediocres, pero los mecanismos sociales, para bien o para mal,
confinaban la mediocridad a espacios sociales en los que su presencia no era
tóxica. Probablemente porque consciente o inconscientemente se respetaba la
autoridad del que no lo era, y los sistemas de ascenso y promoción vital y social
estaban ajustados al mérito y capacidad de cada quien. Pero alguien demolió
esos mecanismos, y bajo la meliflua condescendencia con el mediocre, no por
serlo, sino para con su anhelo por ocupar y desplazar a quien no lo era hemos
dejado que venzan e imperen. La mediocridad es excluyente, rencorosa y
revanchista. El mediocre siempre se siente agraviado y despreciado. Por eso la
mediocridad es el mejor caldo para cultivar el fanatismo. El mediocre carece de
sentido crítico y autocrítico, nunca sabe estar. Para él la diferencia y la
discrepancia es un agravio. El mediocre es totalitario y por ende fanático. El
día que a un mediocre no le dejamos claro dónde estaba su lugar, todo empezó a
ir mal.
Tercera idea. ¿Quieren un ejemplo
claro de la era de la mediocridad fanática? Pues giren su mirada al caso
catalán y a nuestros colegas europeos. Un gobierno mediocre ha permitido que la
crisis catalana se nos fuera de las manos, y ahora esa nave la comandan otros mediocres.
El independentismo ha conseguido internacionalizar el problema. Y los miopes
burócratas de la Unión Europea, otros mediocres, no han sabido ver lo que se
venía encima. La elección por los fugados de Bélgica y Alemania no es casual.
La primera tiene un gravísimo problema con dos comunidades enfrentadas. Si ha
habido una decisión judicial “política” ha sido la del juez belga, porque allí
cualquier decisión en relación con un conflicto territorial es una bomba
relojería para la frágil estabilidad social belga. El caso Alemán es el de una
judicatura insumisa a Europa. A los jueces alemanes les importa un pito la
normativa europea de la euro-orden de detención porque ellos siguen en el
esquema nacional de la extradición, y se veía venir que no ejecutarían la
euro-orden. Todo esto no pone si no de manifiesto la endeblez de la Unión
Europea y su desamparo ante cualquier pequeño torbellino. Al final va a
resultar que la crisis catalana puede terminar convirtiéndose en la espoleta
que detone la implosión de la Unión Europea. Tiempo al tiempo.
(Publicado en El Comercio el 27 de mayo de 2018)
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