lunes, 4 de junio de 2018

DE FANATICOS, MEDIOCRES Y EUROPA



Primera idea. ¿Cómo es posible que haya triunfado el fanatismo en el mundo global? Pues porque el fanatismo es un acogedor refugio ante un mundo lleno de miedos e incertidumbres. La babayada global se ha impuesto, y con ella el fanático que considera que llamar a las cosas por su nombre es un trato indigno. El fanático ha conseguido imponer su lógica del miedo. Hay cosas de las que ya no me atrevo a opinar, porque sé que seré desollado vivo; y ciertos gestos que me cuido mucho de hacer porque en esta sociedad de la sospecha patológica y enfermiza sólo servirán para ser malinterpretados, y de nuevo desollado vivo. El fanatismo hoy se ha disfrazado de corrección política, de populismo moralizante, de indignación impostada, de cínica empatía, y, sobre todo, de “exigencia de democracia”, esa palabra fetiche del fanático posmoderno. El fanático ya no es sólo el que defiende con ira y sin estudio las ideas propias con desprecio de las ajenas. El fanático en realidad no sabe en lo que cree; simplemente es fanático en todo. El fanático hoy es un sujeto que se cree moralmente superior a los demás, que los juzga implacable y despiadadamente, que no cree que el otro esté equivocado, sino, lisa y llanamente, cree que el otro es un ser superfluo. El fanatismo ya no necesita una idea que defender, es en sí mismo un acto: negar, despreciar y vejar a todo aquel que ose no hacer las cosas como él cree que deben ser.
Segunda idea. Hemos dejado que el fanatismo se extiende a todo porque hemos dejado que la mediocridad todo lo inunde. Siempre hubo mediocres, pero los mecanismos sociales, para bien o para mal, confinaban la mediocridad a espacios sociales en los que su presencia no era tóxica. Probablemente porque consciente o inconscientemente se respetaba la autoridad del que no lo era, y los sistemas de ascenso y promoción vital y social estaban ajustados al mérito y capacidad de cada quien. Pero alguien demolió esos mecanismos, y bajo la meliflua condescendencia con el mediocre, no por serlo, sino para con su anhelo por ocupar y desplazar a quien no lo era hemos dejado que venzan e imperen. La mediocridad es excluyente, rencorosa y revanchista. El mediocre siempre se siente agraviado y despreciado. Por eso la mediocridad es el mejor caldo para cultivar el fanatismo. El mediocre carece de sentido crítico y autocrítico, nunca sabe estar. Para él la diferencia y la discrepancia es un agravio. El mediocre es totalitario y por ende fanático. El día que a un mediocre no le dejamos claro dónde estaba su lugar, todo empezó a ir mal.
Tercera idea. ¿Quieren un ejemplo claro de la era de la mediocridad fanática? Pues giren su mirada al caso catalán y a nuestros colegas europeos. Un gobierno mediocre ha permitido que la crisis catalana se nos fuera de las manos, y ahora esa nave la comandan otros mediocres. El independentismo ha conseguido internacionalizar el problema. Y los miopes burócratas de la Unión Europea, otros mediocres, no han sabido ver lo que se venía encima. La elección por los fugados de Bélgica y Alemania no es casual. La primera tiene un gravísimo problema con dos comunidades enfrentadas. Si ha habido una decisión judicial “política” ha sido la del juez belga, porque allí cualquier decisión en relación con un conflicto territorial es una bomba relojería para la frágil estabilidad social belga. El caso Alemán es el de una judicatura insumisa a Europa. A los jueces alemanes les importa un pito la normativa europea de la euro-orden de detención porque ellos siguen en el esquema nacional de la extradición, y se veía venir que no ejecutarían la euro-orden. Todo esto no pone si no de manifiesto la endeblez de la Unión Europea y su desamparo ante cualquier pequeño torbellino. Al final va a resultar que la crisis catalana puede terminar convirtiéndose en la espoleta que detone la implosión de la Unión Europea. Tiempo al tiempo.

(Publicado en El Comercio el 27 de mayo de 2018)

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