Hubo un tiempo en el que la política era un arte propio de
grandes mujeres y hombres, a quienes se les podía cuestionar sus ideas y
propuestas, pero nunca o en muy raras ocasiones sus personas. Las polémicas y
los debates eran sobre ideas y proyectos. Debates duros y cruentos. Los medios
seguían, azuzaban e incluso provocaban los líos y las trifulcas parlamentarias.
La alta política era un asunto de unas señoras y unos señores muy serios y con currículos
incuestionables, entreverados de periodismo ocupado y preocupado por la
política y no por la vida de los políticos.
Hoy la política no es alta, es sólo fango. Los medios de
comunicación se han convertido en grandes ventiladores de ese fango, cuando no
sus alfareros que la producen y moldean. Hoy lo que importa es la vida del
político, no la vida de la política. Hoy lo que importa es lo que ha hecho el
político, o cualquiera que quiera servir en una institución pública, desde que
echó el primer diente. Lo que te da la medida del servidor público ya no es su
honestidad actual y presente, y su honestidad potencial, hoy lo que importa y
se persigue es la honestidad sin mácula desde el día de su alumbramiento. Que
nadie se equivoque. No seré yo quien diga que debemos correr un velo de
ignorancia sobre el pasado del servidor público. Desde luego que importa ese
pasado, y la honradez con la que lo haya vivido. Pero debemos pensar si podemos
extremar esa causa general que se extiende a cualquier momento y detalle de la
vida del servidor público. No se perdonan los errores, los deslices, los malos
momentos por los que uno haya podido pasar. Aquel negocio fracasado o algo
turbio, tratar de lograr un ahorro fiscal dentro de los márgenes de la
legalidad tributaria, amistades inconvenientes o aquellos comentarios o
palabras que se hicieron al calor de una vieja trifulca o en un momento de
inconsciente verborrea y desahogo, lejanos en el tiempo y sin trascendencia
probada. Todo sucedido en el pasado más o menos remoto de un servidor público
que ni siquiera sabía que lo iba a ser en el tiempo de esos acontecidos se saca
a la luz con alevosía. Tampoco seré yo quien les quite hierro a ciertos pasajes
del pasado. No creo que se pueda ser Juez de la Corte Suprema si una mujer te
recuerda que trataste de abusar de ella. No puede ser Ministro alguien que ha
defraudado a la Hacienda Pública. No se puede confiar en el político arrogante
que miente o confunde. Pero como todo en la vida, es cuestión de grado. ¿Tiene
alguna importancia el valor de la tesis doctoral de un político? Que sea una
birria, ¿es motivo para escarnio y razón para su dimisión? ¿Importa si se hizo
o no un máster, o si se hizo por vericuetos alternativos al modo reglado? Les
confieso que no lo tengo claro. No sé si esa exigencia extrema que impone al
servidor público una santidad retroactiva es una expresión de higiene
democrática y moral, o una psicopatología del universo político que sólo
alimenta a inquisidores y macartistas.
Convendría reflexionar sobre la perversión de la sospecha
absoluta y retroactiva. Su exceso ha dado poder a inquisidores que se han
erigido en los que deciden quien pasa y quien no en la vida política y de
servicio público. Son ellos, tenebrosos, quienes deciden quien pasa el escrutinio
moral previo, de manera que quien supera la prueba no es el que resiste o no
tiene nada que ocultar, sino quien se rinde a sus chantajes. Estos
inquisidores, que lanzan la piedra, y esconden la mano si les interesa,
envueltos en la bandera de la libertad de información, usurpan a los ciudadanos
en esencial función de grandes electores de quienes deben o no ocupar el
espacio público. Y de la sospecha se pasa a la furia, porque los torquemadas
del milenio no discriminan, si no se pliega uno a sus exigencias, que suele
haberlas, las faltas y pecados veniales y distantes, que incluso en aquel
momento carecían de importancia, de los delitos y pecados capitales cercanos o
actuales. Alimentamos así una furia impostada que es la ruina de alguien que
hubiera podido ser valioso para lo público porque hizo cosas en su condición de
persona privada y anónima, ignorante de su futuro político.
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