Esto tiene mala pinta. Unos ponen
lazos, y otros los quitan. Al final todo este jaleo es la incubadora de un odio
ya inoculado en la sociedad catalana, y tarde o temprano nos dará un disgusto.
La guerra de los lazos y de las banderas ha llegado tan lejos, que, en este
momento, al igual que la crisis catalana en su conjunto, no se vislumbra salida
alguna, y la posible tendría muchos costes a corto plazo: mano dura con el
independentismo.
Por desgracia, en política, como
en tantas otras cosas, nada es blanco y negro. Por eso es tan difícil trazar
una línea que nos permita distinguir lo bueno de lo malo, si no es en los
extremos de la bondad o la maldad. Nadie duda de que asesinar a personas por
sus ideas está mal; y que defender el derecho del disidente a expresar sus
ideas en libertad está bien. A partir de estos extremos, el largo recorrido de
circunstancias que nos lleva de uno a otro extremo es una escala de grises
donde tomar partido es complejo y difícil. Encarcelar a los independentistas no
es matarlos, naturalmente, pero ya es un gris que genera discrepancias hasta en
los especialistas que más saben de ello. Tolerar que el espacio público
(edificios, calles, playas, rotondas...) se llene de lazos amarillos puede ser
un benévolo ejercicio de defensa de la libertad de expresión; pero igual no. Me
explico.
Una cosa es que una institución
pública, un ayuntamiento, el Parlamento catalán, una consejería o cualquier
otra entidad pública haga suya la reivindicación simbólica que está tras los
lazos y plague el edificio o las calles con ellos; y otra muy distinta es que
lo haga un ciudadano normal y corriente. Las instituciones públicas no tienen
libertad de expresión, por muy representativas de la ciudadanía que sean. Un
pleno municipal o el Parlamento catalán no pueden distorsionar el proceso de
comunicación pública empleando el espacio público para transmitir una idea que
no competirá en igualdad de condiciones con otras en ese proceso y en ese
espacio. En el marco de un debate de ideas y opiniones, los poderes públicos
tienen el deber constitucional de ser escrupulosamente neutrales. Los
ciudadanos no soportamos ese deber, y por tanto tenemos el derecho constitucional
a expresar con libertad lo que pensamos, aunque moleste o inquiete a otros. En
el primer caso la reacción frente al uso partidista e ideológico de los poderes
públicos y del espacio público por quienes ostentan un cargo público es la que
tuvo el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ordenando la retirada
inmediata de lazos y banderas de las fachadas y espacios de una institución
pública si no son los establecidos por la normativa. De esta manera se
garantiza la neutralidad del poder público en el debate de ideas constriñéndolo
exclusivamente al uso de aquellos símbolos que representan a todos los
ciudadanos y no sólo a una parte de ellos. En el segundo caso, y como
recientemente ha dicho el Tribunal Constitucional Federal alemán en relación
con la difusión de mensajes que negaban el Holocausto judío durante la II
Guerra Mundial, el límite a la libertad de expresión, es verdad que su trazado
no está exento de dificultades, debe estar en la paz que debe gobernar el
debate libre de ideas. El problema no es que ciertas ideas sean repulsivas,
inquietantes u ofensivas. El problema surge cuando expresarlas, bien por la
forma en la que se hace, bien por las consecuencias que puede acarrear su
difusión, altera la paz que debe regir el debate de ideas al provocar miedo en
los interlocutores. El debate sólo es libre, abierto y plural si es un debate
sin miedo. El problema con los lazos es que ahoga el debate libre de ideas,
ejerce una presión e incluso una coerción sobre el disidente que le impele al
silencio por miedo a arrostrar con las consecuencias de disentir. El lazo ya no
es una idea, es un arma, y en España no hay un derecho a portarlas.
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