La vida parlamentaria no deja de
sorprenderme. Como tampoco la ceguera que a veces rodea al poder. Resulta que
tras las tribulaciones de dos elecciones generales sucesivas (2015 y 2016), una
tremenda crisis institucional en el seno del PSOE, una investidura fallida de
Sánchez, una convulsa investidura de Rajoy, una legislatura zozobrante y un lío
secesionista en Cataluña de muchos bemoles, Sánchez termina siendo Presidente.
¡Qué cosas se pueden ver en política!
Dijo Cela en su momento que en
este país quien resiste, vence. Y probablemente así es. Pero en el caso que nos
ocupa, la resistencia ha servido para alcanzar dos resultados bien distintos.
Hace un tiempo había dicho que Rajoy era un presidente derrotado y Sánchez un
derrotado presidente. Con este juego de palabras quería referir a la chocante
situación en la que el ganador de unas elecciones generales no lograba ser
presidente, y, sin embargo, Sánchez que había perdido las elecciones, podía serlo.
Las cosas no le salieron bien a Sánchez, que tras ese tropiezo cayó en
desgracia porque, además de cosechar dos derrotas consecutivas del PSOE en las
urnas, le echaban de la dirección del partido. Pero Sánchez resistió. Ideas y
talante de estadista no sé si tendrá, pero, desde luego, tenacidad y tesón sí
que tiene. Resistió y venció. No dimitió tras ninguna de los reveses
electorales, como hicieron los secretarios generales del PSOE que le precedieron,
y aguantó el tirón de su destitución dando la batalla interna y alzándose
finalmente con la victoria. Y ahora, ¡presidente! Cuando ni siquiera era
diputado. Pero el otro que jugó a resistir fue Rajoy. Sin embargo, aquí la
resistencia fue su final. Resistió y perdió. La diferencia entre uno y otro fue
el propósito. Sánchez quería ganar y aprovecho la circunstancia. La moción era
inevitable. La oposición no podía permanecer inerme ante la sentencia Gürtel
(la primera de una larga serie que aventuro terrible para el PP), y Sánchez
asumió el papel de líder de una reacción parlamentaria ineludible. Rajoy siguió
creyendo que los problemas se resuelven solos, y que la inacción negatoria de
todo le bastaba. Ese andar sin moverse terminó en tropezón. Resistir por
resistir y sólo por resistir no lleva a la victoria. Lo que me asombra es que a
nadie en el PP se le haya ocurrido que tras la sentencia Gürtel había que tomar
la iniciativa. Rajoy hubiera podido salir al ruedo político, asumir el
contenido de la sentencia (y no atacar a los jueces), cortar unas cuantas
cabezas (y no la de los jueces y la de la oposición) y plantear una cuestión de
confianza (para lo que sólo necesita de mayoría simple), sabedor que tenía
amarrado al PNV con la desactivación del art. 155 en Cataluña y un aguinaldo
pistonudo en unos presupuestos aprobados. Sin embargo, optó una vez más por sentarse
y esperar. Para rematar la torpeza, ofende al Parlamento ausentándose en la
jornada vespertina de la moción de censura y se presenta una hora tarde en la
tercera sesión para subir a la tribuna y despedirse. Peor no se pudo hacer.
Sánchez no la va a tener nada
fácil. Veremos cuál es su plan, porque tendrá que decidir si quiere gobernar o
sólo gestionar el día a día, lo que a su vez está ligado a si convoca
elecciones para tratar de ganar en las urnas lo que ha ganado en el Congreso o si
agota la legislatura. La decisión no es fácil, porque adelantar elecciones y
gestionar el día a día puede ser no suficiente para mejorar sus resultados
electorales. Pero aguantar dos años contra viento y marea, objeto del pim pam
pum parlamentario, puede llevarlo a la irrelevancia electoral. ¿Pactará con
Unidos Podemos? Pues él verá, porque me da la nariz que esa jugada, que llevará
la tensión parlamentaria a la gubernamental, no hará más que desgastarle más. Y
mientras el PP implosionará en la lucha cainita por la sucesión. Lo paradójico
de todo es que al final Ciudadanos, que le viene bien un adelanto electoral
(así tiene menos tiempo para meter la pata y una excusa para presionar al PSOE
sin presentar un programa de gobierno alternativo), puede ser el gran
beneficiado de este lío. A río revuelto, ganancia de pescadores. Ahí lo dejo.
(Publicado en El Comercio el 3 de junio de 2018)
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