Hace unos días daban cuenta los
medios de comunicación del dilema en el que estaba sumido el editor de The New
Yorker. Este prestigioso semanario norteamericano celebra regularmente un foro
denominado “Festival de las ideas” en el que invita a figuras relevantes de
distintos ámbitos para que expongan sus opiniones ante un auditorio crítico.
Uno de los invitados había sido el controvertido Steve Bannon. Cuando se dio a
conocer su nombre, una ola de indignación y rechazo inundó la redacción del
semanario. Las quejas, críticas, reproches, declinatorias de invitaciones de
otros personajes, incluso la pérdida de suscriptores, llevaron a su editor a
retirar la invitación a Bannon, con el consiguiente enfado de éste personaje
pintoresco de la política americana.
El caso es que, por un lado, el
asunto en su conjunto tiene una sospechosa apariencia de censura de las ideas y
opiniones de una persona. Serán execrables, discutibles, perversas,
inquietantes, perturbadoras… pero son opiniones que, al fin y al cabo, tiene
derecho a expresar. La lógica de la libertad de expresión y su protección del
libre debate de ideas, ampararía la queja de Bannon, que legítimamente se
sentiría silenciado por la presión de quienes disienten de ellas y han tenido
la capacidad, por su posición y su notoriedad (entre ellas la mismísima hija de
Bill Clinton), de acallarle. Pero, por otro lado, las opiniones de Bannon no
son nada inocentes. Es conocida su xenofobia, su homofobia, su
ultranacionalismo, su conservadurismo cavernario. En fin, es un ideólogo
irreverente, incómodo y perturbador. Sus ideas y opiniones han alentado a
personajes como Trump (y hasta Trump terminó por prescindir de él por su
extremismo) e inspira y aconseja a lo más oscuro de la política europea (Frente
Nacional en Francia, o la Liga en Italia, a Orbán en Hungría). Cada vez que
abre la boca, sube el pan en todo el mundo. Y uno se pregunta si es sensato
darle cancha, elevarlo a los altares de las opiniones respetables dándole la
palabra en los estrados de los foros de ideas más prestigiados. En cierta
manera, hacerlo, es legitimar su voz corrosiva y difundirla arropada por un
cierto halo de respetabilidad. Imagino que el editor del semanario fundadamente
pensó que no podían ser cómplices en la propagación de su pensamiento
retrógrado.
El asunto es complejo. A mi
entender el editor de The New Yorker se rindió ante la presión de los
políticamente correcto y del lobby de los bienintencionados, y silencio las
ideas de Bannon. Pero no debe perderse de vista que lo hizo excluyéndolo de una
plataforma de comunicación que es suya. En modelos constitucionales como el
nuestro, al tratarse de un asunto entre particulares, apenas tendría relevancia
constitucional, y, en definitiva, al Sr. Bannon se le ha sustraído un medio de
difundir sus ideas (el Festival de las Ideas), que no era suyo, y su legítimo
propietario (The New Yorker) tiene derecho a decidir a quién le cede o no su espacio
mediático. Sin embargo, no tengo muy claro que este proceder sea el más
adecuado si nos tomamos en serio la gran ficción del discurso público. Obviamente,
la libertad de expresión no le inmuniza a uno de las críticas de otros. Tampoco
garantiza tener un público receptivo, ni permite obligar a otros a que me
escuchen. La libertad de expresión garantiza que nadie me puede imponer una
opinión o impedir que opine. Pero nada más. En ese sentido al Sr. Bannon no le
han vulnerado su libertad de expresión. Pero un robusto debate de las ideas,
garantizado por el derecho a recibir libremente información que todos tenemos,
aseguraría en cierto modo al Sr. Bannon su derecho a expresarse y decir lo que
piensa, e incluso a no ser excluido de los foros de debate si estos reciben
algún tipo de ayuda pública, porque otros no quieran escucharle. En realidad,
lo que me preocupa es la santurronería de quienes consiguieron silenciarlo en
ese foro, no mediante la sana y decidida crítica de sus opiniones participando
en el dichoso foro (¡y vaya sin son censurables!), sino presionando al editor
del semanario para que fuese él quien lo silenciase, a riesgo de sufrir las
represalias de no hacerlo. Da qué pensar.
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