lunes, 1 de octubre de 2018

EL PESO DEL SILENCIO


Hace unos días daban cuenta los medios de comunicación del dilema en el que estaba sumido el editor de The New Yorker. Este prestigioso semanario norteamericano celebra regularmente un foro denominado “Festival de las ideas” en el que invita a figuras relevantes de distintos ámbitos para que expongan sus opiniones ante un auditorio crítico. Uno de los invitados había sido el controvertido Steve Bannon. Cuando se dio a conocer su nombre, una ola de indignación y rechazo inundó la redacción del semanario. Las quejas, críticas, reproches, declinatorias de invitaciones de otros personajes, incluso la pérdida de suscriptores, llevaron a su editor a retirar la invitación a Bannon, con el consiguiente enfado de éste personaje pintoresco de la política americana.
El caso es que, por un lado, el asunto en su conjunto tiene una sospechosa apariencia de censura de las ideas y opiniones de una persona. Serán execrables, discutibles, perversas, inquietantes, perturbadoras… pero son opiniones que, al fin y al cabo, tiene derecho a expresar. La lógica de la libertad de expresión y su protección del libre debate de ideas, ampararía la queja de Bannon, que legítimamente se sentiría silenciado por la presión de quienes disienten de ellas y han tenido la capacidad, por su posición y su notoriedad (entre ellas la mismísima hija de Bill Clinton), de acallarle. Pero, por otro lado, las opiniones de Bannon no son nada inocentes. Es conocida su xenofobia, su homofobia, su ultranacionalismo, su conservadurismo cavernario. En fin, es un ideólogo irreverente, incómodo y perturbador. Sus ideas y opiniones han alentado a personajes como Trump (y hasta Trump terminó por prescindir de él por su extremismo) e inspira y aconseja a lo más oscuro de la política europea (Frente Nacional en Francia, o la Liga en Italia, a Orbán en Hungría). Cada vez que abre la boca, sube el pan en todo el mundo. Y uno se pregunta si es sensato darle cancha, elevarlo a los altares de las opiniones respetables dándole la palabra en los estrados de los foros de ideas más prestigiados. En cierta manera, hacerlo, es legitimar su voz corrosiva y difundirla arropada por un cierto halo de respetabilidad. Imagino que el editor del semanario fundadamente pensó que no podían ser cómplices en la propagación de su pensamiento retrógrado.
El asunto es complejo. A mi entender el editor de The New Yorker se rindió ante la presión de los políticamente correcto y del lobby de los bienintencionados, y silencio las ideas de Bannon. Pero no debe perderse de vista que lo hizo excluyéndolo de una plataforma de comunicación que es suya. En modelos constitucionales como el nuestro, al tratarse de un asunto entre particulares, apenas tendría relevancia constitucional, y, en definitiva, al Sr. Bannon se le ha sustraído un medio de difundir sus ideas (el Festival de las Ideas), que no era suyo, y su legítimo propietario (The New Yorker) tiene derecho a decidir a quién le cede o no su espacio mediático. Sin embargo, no tengo muy claro que este proceder sea el más adecuado si nos tomamos en serio la gran ficción del discurso público. Obviamente, la libertad de expresión no le inmuniza a uno de las críticas de otros. Tampoco garantiza tener un público receptivo, ni permite obligar a otros a que me escuchen. La libertad de expresión garantiza que nadie me puede imponer una opinión o impedir que opine. Pero nada más. En ese sentido al Sr. Bannon no le han vulnerado su libertad de expresión. Pero un robusto debate de las ideas, garantizado por el derecho a recibir libremente información que todos tenemos, aseguraría en cierto modo al Sr. Bannon su derecho a expresarse y decir lo que piensa, e incluso a no ser excluido de los foros de debate si estos reciben algún tipo de ayuda pública, porque otros no quieran escucharle. En realidad, lo que me preocupa es la santurronería de quienes consiguieron silenciarlo en ese foro, no mediante la sana y decidida crítica de sus opiniones participando en el dichoso foro (¡y vaya sin son censurables!), sino presionando al editor del semanario para que fuese él quien lo silenciase, a riesgo de sufrir las represalias de no hacerlo. Da qué pensar.

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