lunes, 2 de octubre de 2017

¿CÓMO ENFRENTARSE AL SEPARATISTA?

Sí, sí, digo enfrentar, porque esto ya es un enfrentamiento. Hay una sutil línea roja que, una vez atravesada, ya no admite equidistancias, ya no es posible atemperar y tratar de encontrar un punto medio entre los que se quieren ir, lo que se quieren quedar y los que no entendemos nada de lo que está pasando. Hoy en Cataluña ya no es posible ser equidistantes y hay que tener claro quién está fuera de la ley y quién dentro. Y esa línea roja es la Constitución española. Claro que, si también cuestionamos esto y afirmamos sin solución de continuidad que por encima de la ley está la voluntad de la gente… pues la hemos liado, porque, digo yo, ¿quién es esa gente? ¿Y qué pasa con los que no son gente? ¿Y por qué lo que dice una gente vale más que lo que dice otra gente? La Constitución y la ley están justo para resolver estos dilemas, no el “derecho a decidir”.
Pero hoy no quiero hablarles de esto, que ya lo he hecho otras veces. No, hoy, y muy a mi pesar, me pongo en modo constitucionalista y trataré de describirles el panorama. El Tribunal Constitucional ha dicho de forma reiterada e indubitada que no existe un pueblo catalán soberano, que no existe un derecho a decidir o a la autodeterminación, que una comunidad autónoma no puede convocar un referéndum o consulta porque no tiene competencias para ello, y que, si bien se puede discutir sobre la secesión de España, la única manera de llevarla a cabo es a través de una reforma constitucional, por lo que cualquier otra forma de poner en práctica el debate sobre separarse que no sea reformar la Constitución es contario a ella y por tanto nulo e ilegal. Fíjense que el Tribunal nunca ha dicho que no puedan separarse, sino que no pueden hacerlo como los separatistas pretenden, a la brava y sin contar con los demás.
Dicho esto, y una vez que el Parlament catalán ha declarado materialmente la independencia de la “república catalana”, con gran tropelía de los derechos y reglas parlamentarias civilizadas, ¿qué puede o debe hacer el Gobierno? En primer lugar, el Tribunal Constitucional podría acordar ya en ejecución de sus resoluciones la destitución temporal de la Mesa del Parlament y del Gobern catalanes y deducir testimonio a fiscalía para que les impute un delito de desobediencia, por lo menos. Al Gobierno de España no le queda más remedio que acudir al manido artículo 155 de la Constitución. Éste podría ser el primer paso: suspender en sus funciones temporalmente a las autoridades y altos funcionarios de la Generalitat sustituyéndolos por personas designadas por el Gobierno de España, deteniendo e imputando penalmente a quien se resista física y activamente. A mi juicio, al igual que el poder de ejecución del Tribunal, estas medidas podrían alcanzar al Parlament y proceder a su disolución, convocando nuevas elecciones en Cataluña. El Gobierno debería presentar ante el Senado, que debe aprobarlo, tanto la propuesta de intervención en Cataluña (que en realidad no es de suspensión de su autonomía, si no de quienes la gestionan) como el plan de medidas a adoptar. Si la cosa va a mayores, y se producen graves altercados (que el Gobern o el Parlament se encierren, tumultos callejeros, violencia física…), entonces el Gobierno de la Nación quizá deba declarar un estado de excepción e incluso de sitio al amparo del artículo 116 de la Constitución y la Ley Orgánica 4/1981 que lo desarrolla. Aquí el asunto toma otro cariz, más grave y severo, y requiere el acuerdo del Congreso de los Diputados. La Ley de Seguridad Nacional únicamente aporta el marco jurídico-institucional en el que debe desarrollarse la actuación del Gobierno de la Nación en el caso de que acuda a una de las dos opciones, que pueden ser alternativas o declararse sucesivamente una tras otra.

Hasta aquí la teoría constitucional. Pero me resisto a creer que no haya un plan b político, que entre unos y otros hayamos dejado que las cosas lleguen a este dramático punto.

(publicado en El Comercio el 24 de septiembre)

¡QUE SE VAYAN Y NOS DEJEN EN PAZ!

Así como lo oyen. Esto ya no tiene remedio. Los catalanes ni se llevan, ni se conllevan, como decía Ortega. Ese conjunto difuso de gente haría las delicias de Jung, porque están para un estudio de psiquiatría social. Esta gente tiene algún problema emocional. No comprendo esa especie de necesidad permanente de ir por ahí reivindicándose a todas horas, siempre acomplejados, siempre quejándose, siempre exigiendo un trato diferenciado. Alguien tendría que recordarles su historia fenicia, su vocación oportunista y arribista; y hoy, que tanta paliza dan con el franquismo y la dictadura españolista, no estaría de más recordarles también que muy leales nunca fueron y que bien que arrimaron su sardina al ascua franquista. Hay imágenes tremendas de este desquicie. La de la parlamentaria añeja y furibunda arrancando banderas españolas de los escaños vacíos de la oposición (puro guerracivilismo); o la Forcadell, una pequeña burguesa antisistema que le ajusta cuentas a la “dictadura española”. Y la más grave, eminentes constitucionalistas -schmittianos, parece ser- que están en el cerebro del independentismo manipulando el Derecho Constitucional para justificar una revolución.
Porque es lo que está ocurriendo en Cataluña. Un levantamiento, no sé si popular o populista, con dos momentos claros. El primero es la crisis de la consulta de 2009, que es el precipitado de una gente que ya no se aguanta a sí misma, de una sociedad corrompida políticamente, que nos echa la culpa a los demás de su ruina. Pero en ese momento, el Gobierno de España, que ha demostrado una ineptitud y una irresponsabilidad dignas de mejor causa, tenía que haberse puesto a negociar y a buscar una salida política al chantaje permanente sobre el que siempre se ha construido la política catalana. Pero no; quiso maquiavelar, y todo se les ha ido de las manos, permitiendo que los pardos del populismo antisistema hiciesen justo lo que los manuales del revolucionario aconsejan: entrar en las instituciones para asesínalas desde dentro. En esta primera fase el Gobierno tenía que haber hecho caso al sutil mensaje del TC en su sentencia sobre la consulta del 2009, cuando decía que, a pesar de que nuestra Constitución no reconocía un sedicente derecho a decidir o a la autodeterminación, sí regula cauces para que los ciudadanos puedan ser oídos. Ese día los arriolas debían estar de tuerka. Nada de eso se hizo, y aquí estamos ahora. Sordos a la negociación, se entra en esta segunda fase en la que sólo es posible acudir a los jueces y a la Guardia Civil para asegurar el cumplimiento de las leyes. Vale que uno se quiera divorciar, pero lo que no vale es que pretenda hacerlo como le convenga y no con arreglo al Código Civil. Bueno, pues eso es justamente lo que quieren: divorciarse, pero con sus normas, no con las de todos. Y este Gobierno políticamente calamitoso, siguiendo una máxima imperecedera de este país, pudiendo hacerlo mal para qué hacerlo bien, sigue su senda de dislates. Porque, si no, no se explica que este desastre de Gobierno no haya acudido aún al artículo 155 de la Constitución.

En este punto, no hay otra que el divorcio. Que se vayan de una vez, que nos dejen en paz. Y no me digan que la mayoría no quiere irse. Esa “mayoría” silenciosa ha sido cómplice cómoda del proceso, y ahora les toca bregar a ellos con sus demonios. Pero ya en una república catalana independiente. Eso sí, después de arreglar las cuentas con España, no vaya a ser que se deba algo.

(PUBLICADO EN LA NUEVA ESPAÑA, 2 DE OCTUBRE DE 2017)

martes, 25 de julio de 2017

ESTO VA PERO QUE MUY MAL

Hoy tengo un día gris. Como los de esta triste Asturias, adormecida en su gris perenne. Es tan gris mi ánimo que me pregunto cuándo coño estropeamos esto, si es que “esto” alguna vez no estuvo estropeado. Cuándo carajo hemos jodido a este país, y por extensión, tal como están las cosas, a Europa. Buena pregunta para un buen estudio politológico cultural. Sí, lo confieso, me he rendido a Spengler y su “Decandecia de Occidente” y a la tesis de Barzun (“Del amanecer a la decadencia”) según la cual esto empezó a torcerse cuando aceptamos que pulpo puede ser una animal de compañía. Sí, tengo que declararme culpable de ser un pesimista cultural, como diría Arthur Herman (“La idea de decadencia en la historia occidental”). Sí, me siento heredero de Nietzsche o de Schopenhauer, esos dos grandes pesimistas. Lo demás es todo postureo para idiotas. Cómo no voy a ser pesimista en un país donde se cuestiona y vitupera a un tío que ha creado un emporio empresarial que le da de comer a su pueblo y encima dona una millonada para luchar contra el cáncer. Con cosas así me entran ganas de hacerme de derechas. Cómo no voy a ser pesimista, si los futuros universitarios no muestran ningún interés por escuchar a los grandes del pensamiento si lo que van a decir no cabe en un twitter. Cómo no voy a ser pesimista si el periodismo de verdad ha sido sustituido por el “periodismo de datos” (Y eso ¿qué es?). Si veneramos a un tipo que no ha sido capaz de acabar una carrera y cuyo mérito es haber creado Facebook… que ya me dirán qué mérito es ese. Yo crecí en un mundo donde se veneraba a Einstein, a Severo Ochoa o a Thomas Mann… Gente que ha creado obras imperecederas y que ha hecho este mundo un sitio digno de ser vivido. El otro simplemente ha hecho negocio de la animal inclinación humana al cotilleo. ¿Se han parado ustedes a pensar qué sucedería si mañana desapareciese Facebook? Nada. ¿Pero si nos quedásemos sin penicilina? Pues está todo dicho.

Ya ven el día que tengo. Pero es que no acabo de entender por qué Belén Esteban es un icono, o por qué las aulas universitarias no se abarrotan para escuchar a los grandes pensadores, pero sí para escuchar a un jugador de fútbol o a un cocinillas que no son capaces de formar una frase en correcto castellano y que nada han aportado al progreso y a la felicidad humana. Y siempre habrá un roussouniano bien pensante que dirá que de todos se puede aprender y que todos tienen algo interesante que decir. ¿En serio? ¿Ronaldo tiene algo interesante que decir? ¿Belén Esteban tiene algo interesante que decir? ¡Pero si ni Steve Jobs tenía nada interesante que decir, salvo vendernos sus inacabables gadgets! Para mi un ejemplo claro del signo de estos tiempos superficiales y de puro postureo son las famosas charlas Tedx. ¡Vaya una colección de chorradas! Igual soy un poco extremo en mis opiniones (ya les advertí de que tenía el día torcido). Pero lo que está acabando con nosotros es esta absoluta falta de espíritu crítico. Las cosas ya no se llaman por su nombre, porque nos tapa la boca el eterno “bien queda” que confunde el respeto o la educación con la hipocresía y la falsedad. Lo que ha hecho grande a Europa ha sido su invención del juicio crítico. Porque eso lleva derecho a la mayor de las exigencias y a colocar las cosas en su justo sitio. Porque el problema no está en que alguien como Belén Esteban mueva a las masas; el problema está en que alguien justifique la bondad de ese hecho en aras de un mal entendido respeto al otro o, lo que es el colmo, porque cree que un personaje así es capaz de aportar algo al bienestar de la humanidad y del planeta. Toda persona y sus opiniones son respetables, faltaría más. Esa es otra esencia civilizatoria de lo europeo. Pero no puede confundirse el respeto con la aceptación acrítica de lo que otro diga o piense. No puede acallarse al crítico con la mordaza del supuesto “respeto a la opinión del otro” o con otro lugar común que me pone enfermo, “la crítica constructiva” (¿qué coño es una crítica “constructiva”?). Sin juicio crítico y exigente, todo es “Sálvame Deluxe”.
(PUBLICADO EN EL COMERCIO EL 9 DE JULIO DE 2017)

SOMOS MEMORIA

Carlos, sé que te vas a reír con la rádula de hoy. Ya sabes como soy.
Hay momentos en los que no puedo evitar ponerme petulantemente trascendente. Me puede la sensación de que todo esto tiene muy poco sentido. Me admiran esas gentes que parecen tener una vida pletórica, o al menos tan ocupada que no tienen ni el más mínimo riesgo de preguntarse qué carajo hace uno en este negocio del vivir. Envidio a quienes su fe en una vida mejor más allá de lo corpóreo da cuenta y razón de este “pedreru” que es la vida terrenal. Para ellos, esta vida es un mero tránsito, que debe ser penoso y trágico, porque así uno se gana el más allá. El primer existencialismo fue cristiano y monoteísta. Envidio a los que llenan su vida de un afán. Salvar vidas y “ayudar a otros”. Reconozco que soy un holgazán de la solidaridad. Admiro, no saben ustedes cuánto, a estas personas que tienen, como se decía antes, vocación de servicio y dedican su vida a otros. Soy un egoísta; yo me autoinculpo. Envidio a quienes logran no pensar en nada de esto y su máxima preocupación es su equipo de fútbol. Debe ser la repara levantarte por las mañanas y que tu cabeza no esté en las preocupaciones y desazones propios de la existencia, sino en la crítica feroz al entrenador, al delantero, al árbitro…  Porque si hay algo que relaja mucho es tener un enemigo a quien batir. Si hay algo que da sentido a la vida es tener a alguien a quien criticar. Es la poética de “Sálvame”, una nueva religión posmoderna cuyo credo es el más poderoso de todos los tiempos: el cotilleo feroz. Yo no tengo ni fe, ni espíritu de servicio ni equipo en el que creer. Soy una calamidad existencial.
Yo sobrevivo con el sentimiento creciente día a día de que todo consiste en ir salvando obstáculos; con una agria sensación de que, desde que uno se levanta, esto consiste en ir cumpliendo hitos y sorteando los sustos. Porque al final todo es azar. La vida es sólo azar, una especie de suma de casualidades e imprevistos que vamos librando minuto a minuto. Y así un día tras otro. Y llega el final de la jornada y uno suspira aliviado porque ha pasado otro día sin una nueva angustia. Porque las que se hacen viejas y crónicas dejan de serlo; son el ruido de fondo de la supervivencia.

Al final, me pregunto qué va a quedar de nosotros. Somos memoria, perduramos en la memoria de otros. Por eso tenemos pareja, hijos y amigos, porque necesitamos que alguien nos recuerde después de nuestra muerte. A veces pienso en todos esos seres de los que ya nadie se acuerda. ¿Qué sentido ha tenido su vida? La verdad es que vivir si fe, sin una ONG o unos colores es bastante rollo. Te echaré de menos Carlos, tu gesto siempre elegante, tu palabra cauta y sabia, y esa sonrisa franca. Te conservaremos en nuestra memoria para que sigas viviendo en ella. Sé que estas elucubraciones mías te hacían gracia, tú estabas en otro nivel existencial y muy por encima de éstas mis poéticas ordinarias de lo cotidiano. Hace tanto que no te doy un abrazo, y ahora ya no lo podré hacer. Me duelen estas ausencias. Pero siempre tendremos a nuestro Gijón y su mierda de verano.
(publicado en el comercio el 23 de julio de 2017)

martes, 2 de mayo de 2017

EL EXCESO DE TACTICISMO POLITICO


David Van Reybrouck dice en su libro “Contra las elecciones. Cómo salvar la Democracia” que la democracia es una forma política que todo el mundo desea, pero que nadie cree en ella. Y así es, porque se sostiene sobre una hipótesis imposible: el autogobierno del ser humano a través de normas aceptadas y autoimpuestas. Todos la deseamos porque los sistemas democráticos transmiten la confianza de que en ellos se puede vivir con una elevada dosis de libertad e igualdad. La democracia vale por las emociones que produce, que tiene que ver más con la seguridad, la confianza y el respeto, que no con una efectiva y real participación en el autogobierno. Por eso no creemos en ella, porque no acabamos de aceptar que su dimensión política es pura ficción. La toleramos mientras funciona, mientras nos garantiza una vida próspera y tranquila. En realidad, la mayoría de las personas deseamos que nos gobiernen, que bastante tenemos con lo nuestro cotidiano. Fingimos que nos autogobernamos, pero lo que queremos es que lo hagan en nuestro nombre, reservándonos el derecho a patalear y a echar al gobernante sin necesidad de alzarnos en armas, siempre, claro está, que nos respeten, que nos sintamos dignos miembros de la comunidad, y podamos vivir nuestra vida en paz y libertad. Pero para que este fingimiento funcione es necesario que el que nos gobierna lo haga bien y sea ejemplar, que resuelva nuestros problemas cotidianos y que no sea un sinvergüenza, porque si no, la ficción no vale.

No me extraña la desafección generalizada para con la democracia si pretendemos de ella y de la política que la sustenta lo que no nos puede dar. Pero menos me extraña lo extremo de esa desafección cuando los actores de la política resulta que en vez de venerar el valor simbólico de esa ficción, unos la profanan con su corrupta desvergüenza y otros con su tacticismo. A la larga lo que más daño hace es lo segundo, porque, como también dice Van Reybrouck, la democracia se asienta en un difícil y frágil equilibrio entre legitimidad (la ficción) y eficiencia (la realidad). El equilibrio entre fingir que nos autogobernamos y la realidad de que los políticos son los que realmente nos gobiernan. Ese equilibrio se mantiene sólo si los políticos resuelven con eficacia los problemas cotidianos. Si no lo hacen, el sistema se resquebraja. Y la primera señal de que no lo hacen es el exceso de tacticismo político. No hay estrategias políticas (no sabemos a dónde vamos), pero sí mucha táctica para evitar perder el poder, olvidando la misión de la política y sus agentes que es resolver los problemas cotidianos de las personas. Un ejemplo claro de tacticismo: un alto cargo de un ministerio se reúne con un investigado por corrupción o un pariente suyo. Una vida política sana aconsejaría sin duda su cese inmediato. La conducta ha sido inoportuna, imprudente y nada ejemplar. No hay más que hablar. Mantenerlo en el cargo es puro tacticismo para no dejar el poder. La mancha y la duda ahí queda, y ese alto cargo ha quedado deslegitimado irremisiblemente. La ficción se ha roto, y emerge en toda su crueldad la ignominia de la desvergüenza. La falta de respeto al ciudadano es tal, que difícilmente podremos recuperar a ese ciudadano para la fe democrática. La imagen de un alto cargo ocupado en atender a los manchados por la corrupción y empeñado en defenderse antes que de cumplir con su deber es insoportable.

(publicado en El Comercio, 30 de abril de 2017)
RUFIANES EN EL PARLAMENTO
Uno ha visto y oído cosas en el Parlamento. Miembros de la Mesa del Congreso jugando con la Tablet o estudiando catalán, señorías dormitando, votando con los pies (en sentido literal y figurado)… Les he visto incluso rompiendo una Constitución. Pero nunca había visto la zafiedad y la insolencia hechas política. El diputado Rufián, sujeto celebre donde los haya, no deja de sorprendernos. Da igual el tema del que se trate, que ahí está él con esa vivacidad dialéctica que le sacaría los colores al mejor de los oradores parlamentarios habido y por haber. Todo un campeón de la oratoria y la impostura. A mí me recuerda a Trump: arrogante, desafiante, mendaz, bravucón. Los extremos se tocan, y aquí la izquierda rencorosa y la derecha recalcitrante comparten formas. Desde luego, a mí no me representan. Pero, como soy costra, a Rufián seguramente le da igual, e incluso se vanagloriará de no hacerlo.
El problema no serían sólo las formas, si tras la mala educación y el revanchismo sordo y huero, hubiese algo de sustancia política. Las formas ya son un problema, porque el político debe ser ejemplar. Tendrá mayor o menor fortuna en el manejo de la palabra y el discurso, pero en todo caso debe transmitir a la ciudadanía educación, saber estar y respeto por la institución a la que sirve. Si lo que transmite es un “todo vale”, la gente no hará más que legitimar y aceptar que vale todo. Si a la falta de formas, le sumamos una ausencia total de fondo, el asunto se pone crudo, porque la política deja de ser un espacio para debatir sobre la mejor forma de gobernarnos y ocuparnos de lo que a todos nos atañe, para convertirse en un concurso de descalificaciones. Es verdad que los medios de comunicación a veces se fascinan con este tipo de sujetos, y tienden a difundir sólo y descontextualizados sus exabruptos. Pero lo terrible del caso es que cuando uno acude a los diarios de sesiones donde se pueden leer sus letanías, uno descubre entre perplejo y preocupado que su argumentario político no va más allá del calificativo grueso y brutal encerrado en un discurso vacío y resentido. Es posible que, en efecto, no sean sino la voz de los que no la tienen. Lo que me desasosiega aún más, porque si esa es la voz de los que no la tienen, estamos arreglados. De aquí al pistolerismo sólo hay un paso, que algunos parecen empeñados en dar oídas sus diatribas. Tipos como Rufián han llevado la taberna al Parlamento, y con ello rebajado el discurso político a la bronca tabernaria. Y parece que nos da igual a todos. A mí no, porque sigo creyendo en el sistema democrático donde hacer política es y debe ser otra cosa.

Y mientras nos despistamos con Rufián, los problemas siguen sin resolver. Porque si hay algo que caracteriza a este tipo de nuevos políticos es que no traen en su mochila ni una sola idea, ni una sola propuesta, ni una sola solución. Son nada más que postureo que consume el tiempo de hacer política en las hogueras de su nueva inquisición. No les he oído aún ninguna propuesta seria, razonable,  que dé solución a lo que nos preocupa a la gente cuyas vidas no discurren en el bar o en el obsceno intercambio de insultos en lo que se van convirtiendo día tras día las redes sociales o en la espiral de la perpetua indignación. Así nos va, y así nos irá si los tiempos y la agenda los marca Rufián.    

(publicado en El Comercio, 16 de abril de 2017)

EL ARRIESGADO OFICIO DE PROGENITOR


¡Y vaya si lo es! Asisto estupefacto a un debate, rayano en el esperpento, sobre la absolución judicial de una madre, a la que había denunciado su hijo por haberle quitado el móvil, que a más inri era de la madre, tras un forcejeo. Resulta que la progenitora en cuestión, a la vista de que su retoño adolescente no terminaba por ponerse a estudiar, le retiró el teléfono. El caso es que el chaval quiso empapelar a la madre, y un juez sensato dijo que no. Desconozco los pormenores y las circunstancias de la familia, pero, desde luego, el caso es chusco.
Es cierto que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó hace tiempo al Reino Unido por tolerar en sus colegios el uso de correctivos físicos. Aquella sentencia desató una ola en Europa de revisión de estas políticas tolerantes para con el castigo físico, y llego al punto de eliminar de numerosos Códigos Civiles, entre ellos el español, la norma que permitía a los progenitores corregir moderadamente a sus hijos acudiendo a la fuerza física… vaya, que permitía dar un azote. De este modo se entendía excluido del delito de agresión, coacciones, amenazas, lesiones o vejaciones, o como se quisiera llamar, el manido cachete, azote o bofetada. Siempre, claro está, de que se tratase de un uso leve y proporcionado de la fuerza. Porque todo, hasta en el seno de la convivencia familiar, tiene un límite. La cuestión es que en este universo de fariseo buenismo, no exento de una elevada dosis de cinismo sofista, siempre hay quien se rasga las vestiduras, se envuelve en la bandera de la dignidad y la defensa del menor desprotegido, arremete irreflexivamente contra el bofetón. La consecuencia no es que se haya mejorado la pedagogía familiar por prohibir y sancionar al progenitor que da un azote, sino que los jueces condenan a padres y madres, abuelos y abuelas, desconcertados porque simplemente han corregido a un menor con un cachete. El caso del abuelo denunciado por un policía que vio como le daba un azote a su nieto en un parque, da que pensar.
El problema y el debate se desvía si nos enzarzamos en decidir si es o no correcto el cachete. Un azote es un acto violento, no cabe duda, y debe estar prohibido por principio. Pero su violencia es graduable, y habrá un extremo en el que resulte intolerable (las palizas con le hebilla del cinturón), y otro en el que carezca de relevancia jurídica (el mero azote desganado y leve en el culo). El problema es que haya policías o fiscales que no sepa medir el acto, identificar su gravedad y desproporción, y se ensañen con el progenitor. Que pegar no es solución, todos lo sabemos. Pero todo pegar no es igual, y no debe introducirse en la convivencia familiar semejante distorsión provocada por la amenaza de una sanción penal si se corrige físicamente al hijo. Y tampoco es equiparable a la violencia de género. Desde luego, es inaceptable que una ley autorice el uso de la violencia de cualquier clase. Pero que ya no se autorice no significa que en todo caso se cometa un delito.  El sentido común nos dice que eso no es así. Porque si lo fuera, tras cada partido de fútbol habría que instruir varias causas penales a cuenta de las patadas, entradas, empujones y codazos que se suceden durante el encuentro. Una sociedad que se mete en esos telares está tan enferma como la que permite el otro extremo. Hay elementos en el derecho más que suficientes para identificar un caso de violencia gratuita e intolerable, de una mera corrección que no tiene más consecuencias. Me asombra que un fiscal o un juez no sean capaces de ver esa diferencia y de tener claras las líneas que separan un caso de otros.

(publicado en E Comercio 2 de abril de 2017)