martes, 2 de mayo de 2017

RUFIANES EN EL PARLAMENTO
Uno ha visto y oído cosas en el Parlamento. Miembros de la Mesa del Congreso jugando con la Tablet o estudiando catalán, señorías dormitando, votando con los pies (en sentido literal y figurado)… Les he visto incluso rompiendo una Constitución. Pero nunca había visto la zafiedad y la insolencia hechas política. El diputado Rufián, sujeto celebre donde los haya, no deja de sorprendernos. Da igual el tema del que se trate, que ahí está él con esa vivacidad dialéctica que le sacaría los colores al mejor de los oradores parlamentarios habido y por haber. Todo un campeón de la oratoria y la impostura. A mí me recuerda a Trump: arrogante, desafiante, mendaz, bravucón. Los extremos se tocan, y aquí la izquierda rencorosa y la derecha recalcitrante comparten formas. Desde luego, a mí no me representan. Pero, como soy costra, a Rufián seguramente le da igual, e incluso se vanagloriará de no hacerlo.
El problema no serían sólo las formas, si tras la mala educación y el revanchismo sordo y huero, hubiese algo de sustancia política. Las formas ya son un problema, porque el político debe ser ejemplar. Tendrá mayor o menor fortuna en el manejo de la palabra y el discurso, pero en todo caso debe transmitir a la ciudadanía educación, saber estar y respeto por la institución a la que sirve. Si lo que transmite es un “todo vale”, la gente no hará más que legitimar y aceptar que vale todo. Si a la falta de formas, le sumamos una ausencia total de fondo, el asunto se pone crudo, porque la política deja de ser un espacio para debatir sobre la mejor forma de gobernarnos y ocuparnos de lo que a todos nos atañe, para convertirse en un concurso de descalificaciones. Es verdad que los medios de comunicación a veces se fascinan con este tipo de sujetos, y tienden a difundir sólo y descontextualizados sus exabruptos. Pero lo terrible del caso es que cuando uno acude a los diarios de sesiones donde se pueden leer sus letanías, uno descubre entre perplejo y preocupado que su argumentario político no va más allá del calificativo grueso y brutal encerrado en un discurso vacío y resentido. Es posible que, en efecto, no sean sino la voz de los que no la tienen. Lo que me desasosiega aún más, porque si esa es la voz de los que no la tienen, estamos arreglados. De aquí al pistolerismo sólo hay un paso, que algunos parecen empeñados en dar oídas sus diatribas. Tipos como Rufián han llevado la taberna al Parlamento, y con ello rebajado el discurso político a la bronca tabernaria. Y parece que nos da igual a todos. A mí no, porque sigo creyendo en el sistema democrático donde hacer política es y debe ser otra cosa.

Y mientras nos despistamos con Rufián, los problemas siguen sin resolver. Porque si hay algo que caracteriza a este tipo de nuevos políticos es que no traen en su mochila ni una sola idea, ni una sola propuesta, ni una sola solución. Son nada más que postureo que consume el tiempo de hacer política en las hogueras de su nueva inquisición. No les he oído aún ninguna propuesta seria, razonable,  que dé solución a lo que nos preocupa a la gente cuyas vidas no discurren en el bar o en el obsceno intercambio de insultos en lo que se van convirtiendo día tras día las redes sociales o en la espiral de la perpetua indignación. Así nos va, y así nos irá si los tiempos y la agenda los marca Rufián.    

(publicado en El Comercio, 16 de abril de 2017)

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