martes, 2 de mayo de 2017

EL ARRIESGADO OFICIO DE PROGENITOR


¡Y vaya si lo es! Asisto estupefacto a un debate, rayano en el esperpento, sobre la absolución judicial de una madre, a la que había denunciado su hijo por haberle quitado el móvil, que a más inri era de la madre, tras un forcejeo. Resulta que la progenitora en cuestión, a la vista de que su retoño adolescente no terminaba por ponerse a estudiar, le retiró el teléfono. El caso es que el chaval quiso empapelar a la madre, y un juez sensato dijo que no. Desconozco los pormenores y las circunstancias de la familia, pero, desde luego, el caso es chusco.
Es cierto que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó hace tiempo al Reino Unido por tolerar en sus colegios el uso de correctivos físicos. Aquella sentencia desató una ola en Europa de revisión de estas políticas tolerantes para con el castigo físico, y llego al punto de eliminar de numerosos Códigos Civiles, entre ellos el español, la norma que permitía a los progenitores corregir moderadamente a sus hijos acudiendo a la fuerza física… vaya, que permitía dar un azote. De este modo se entendía excluido del delito de agresión, coacciones, amenazas, lesiones o vejaciones, o como se quisiera llamar, el manido cachete, azote o bofetada. Siempre, claro está, de que se tratase de un uso leve y proporcionado de la fuerza. Porque todo, hasta en el seno de la convivencia familiar, tiene un límite. La cuestión es que en este universo de fariseo buenismo, no exento de una elevada dosis de cinismo sofista, siempre hay quien se rasga las vestiduras, se envuelve en la bandera de la dignidad y la defensa del menor desprotegido, arremete irreflexivamente contra el bofetón. La consecuencia no es que se haya mejorado la pedagogía familiar por prohibir y sancionar al progenitor que da un azote, sino que los jueces condenan a padres y madres, abuelos y abuelas, desconcertados porque simplemente han corregido a un menor con un cachete. El caso del abuelo denunciado por un policía que vio como le daba un azote a su nieto en un parque, da que pensar.
El problema y el debate se desvía si nos enzarzamos en decidir si es o no correcto el cachete. Un azote es un acto violento, no cabe duda, y debe estar prohibido por principio. Pero su violencia es graduable, y habrá un extremo en el que resulte intolerable (las palizas con le hebilla del cinturón), y otro en el que carezca de relevancia jurídica (el mero azote desganado y leve en el culo). El problema es que haya policías o fiscales que no sepa medir el acto, identificar su gravedad y desproporción, y se ensañen con el progenitor. Que pegar no es solución, todos lo sabemos. Pero todo pegar no es igual, y no debe introducirse en la convivencia familiar semejante distorsión provocada por la amenaza de una sanción penal si se corrige físicamente al hijo. Y tampoco es equiparable a la violencia de género. Desde luego, es inaceptable que una ley autorice el uso de la violencia de cualquier clase. Pero que ya no se autorice no significa que en todo caso se cometa un delito.  El sentido común nos dice que eso no es así. Porque si lo fuera, tras cada partido de fútbol habría que instruir varias causas penales a cuenta de las patadas, entradas, empujones y codazos que se suceden durante el encuentro. Una sociedad que se mete en esos telares está tan enferma como la que permite el otro extremo. Hay elementos en el derecho más que suficientes para identificar un caso de violencia gratuita e intolerable, de una mera corrección que no tiene más consecuencias. Me asombra que un fiscal o un juez no sean capaces de ver esa diferencia y de tener claras las líneas que separan un caso de otros.

(publicado en E Comercio 2 de abril de 2017)

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