Así como lo oyen. Esto ya no
tiene remedio. Los catalanes ni se llevan, ni se conllevan, como decía Ortega.
Ese conjunto difuso de gente haría las delicias de Jung, porque están para un
estudio de psiquiatría social. Esta gente tiene algún problema emocional. No
comprendo esa especie de necesidad permanente de ir por ahí reivindicándose a
todas horas, siempre acomplejados, siempre quejándose, siempre exigiendo un
trato diferenciado. Alguien tendría que recordarles su historia fenicia, su
vocación oportunista y arribista; y hoy, que tanta paliza dan con el franquismo
y la dictadura españolista, no estaría de más recordarles también que muy leales
nunca fueron y que bien que arrimaron su sardina al ascua franquista. Hay
imágenes tremendas de este desquicie. La de la parlamentaria añeja y furibunda
arrancando banderas españolas de los escaños vacíos de la oposición (puro
guerracivilismo); o la Forcadell, una pequeña burguesa antisistema que le
ajusta cuentas a la “dictadura española”. Y la más grave, eminentes
constitucionalistas -schmittianos, parece ser- que están en el cerebro del
independentismo manipulando el Derecho Constitucional para justificar una
revolución.
Porque es lo que está ocurriendo
en Cataluña. Un levantamiento, no sé si popular o populista, con dos momentos
claros. El primero es la crisis de la consulta de 2009, que es el precipitado
de una gente que ya no se aguanta a sí misma, de una sociedad corrompida
políticamente, que nos echa la culpa a los demás de su ruina. Pero en ese
momento, el Gobierno de España, que ha demostrado una ineptitud y una irresponsabilidad
dignas de mejor causa, tenía que haberse puesto a negociar y a buscar una
salida política al chantaje permanente sobre el que siempre se ha construido la
política catalana. Pero no; quiso maquiavelar,
y todo se les ha ido de las manos, permitiendo que los pardos del populismo
antisistema hiciesen justo lo que los manuales del revolucionario aconsejan:
entrar en las instituciones para asesínalas desde dentro. En esta primera fase
el Gobierno tenía que haber hecho caso al sutil mensaje del TC en su sentencia
sobre la consulta del 2009, cuando decía que, a pesar de que nuestra
Constitución no reconocía un sedicente derecho a decidir o a la
autodeterminación, sí regula cauces para que los ciudadanos puedan ser oídos.
Ese día los arriolas debían estar de tuerka. Nada de eso se hizo, y aquí
estamos ahora. Sordos a la negociación, se entra en esta segunda fase en la que
sólo es posible acudir a los jueces y a la Guardia Civil para asegurar el
cumplimiento de las leyes. Vale que uno se quiera divorciar, pero lo que no
vale es que pretenda hacerlo como le convenga y no con arreglo al Código Civil.
Bueno, pues eso es justamente lo que quieren: divorciarse, pero con sus normas,
no con las de todos. Y este Gobierno políticamente calamitoso, siguiendo una
máxima imperecedera de este país, pudiendo hacerlo mal para qué hacerlo bien, sigue
su senda de dislates. Porque, si no, no se explica que este desastre de
Gobierno no haya acudido aún al artículo 155 de la Constitución.
En este punto, no hay otra que el
divorcio. Que se vayan de una vez, que nos dejen en paz. Y no me digan que la
mayoría no quiere irse. Esa “mayoría” silenciosa ha sido cómplice cómoda del
proceso, y ahora les toca bregar a ellos con sus demonios. Pero ya en una
república catalana independiente. Eso sí, después de arreglar las cuentas con
España, no vaya a ser que se deba algo.
(PUBLICADO EN LA NUEVA ESPAÑA, 2 DE OCTUBRE DE 2017)
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