Carlos, sé que te vas a reír con
la rádula de hoy. Ya sabes como soy.
Hay momentos en los que no puedo
evitar ponerme petulantemente trascendente. Me puede la sensación de que todo
esto tiene muy poco sentido. Me admiran esas gentes que parecen tener una vida
pletórica, o al menos tan ocupada que no tienen ni el más mínimo riesgo de
preguntarse qué carajo hace uno en este negocio del vivir. Envidio a quienes su
fe en una vida mejor más allá de lo corpóreo da cuenta y razón de este
“pedreru” que es la vida terrenal. Para ellos, esta vida es un mero tránsito,
que debe ser penoso y trágico, porque así uno se gana el más allá. El primer
existencialismo fue cristiano y monoteísta. Envidio a los que llenan su vida de
un afán. Salvar vidas y “ayudar a otros”. Reconozco que soy un holgazán de la
solidaridad. Admiro, no saben ustedes cuánto, a estas personas que tienen, como
se decía antes, vocación de servicio y dedican su vida a otros. Soy un egoísta;
yo me autoinculpo. Envidio a quienes logran no pensar en nada de esto y su
máxima preocupación es su equipo de fútbol. Debe ser la repara levantarte por
las mañanas y que tu cabeza no esté en las preocupaciones y desazones propios
de la existencia, sino en la crítica feroz al entrenador, al delantero, al
árbitro… Porque si hay algo que relaja
mucho es tener un enemigo a quien batir. Si hay algo que da sentido a la vida
es tener a alguien a quien criticar. Es la poética de “Sálvame”, una nueva
religión posmoderna cuyo credo es el más poderoso de todos los tiempos: el
cotilleo feroz. Yo no tengo ni fe, ni espíritu de servicio ni equipo en el que
creer. Soy una calamidad existencial.
Yo sobrevivo con el sentimiento creciente
día a día de que todo consiste en ir salvando obstáculos; con una agria
sensación de que, desde que uno se levanta, esto consiste en ir cumpliendo
hitos y sorteando los sustos. Porque al final todo es azar. La vida es sólo
azar, una especie de suma de casualidades e imprevistos que vamos librando
minuto a minuto. Y así un día tras otro. Y llega el final de la jornada y uno
suspira aliviado porque ha pasado otro día sin una nueva angustia. Porque las
que se hacen viejas y crónicas dejan de serlo; son el ruido de fondo de la
supervivencia.
Al final, me pregunto qué va a
quedar de nosotros. Somos memoria, perduramos en la memoria de otros. Por eso
tenemos pareja, hijos y amigos, porque necesitamos que alguien nos recuerde
después de nuestra muerte. A veces pienso en todos esos seres de los que ya
nadie se acuerda. ¿Qué sentido ha tenido su vida? La verdad es que vivir si fe,
sin una ONG o unos colores es bastante rollo. Te echaré de menos Carlos, tu
gesto siempre elegante, tu palabra cauta y sabia, y esa sonrisa franca. Te
conservaremos en nuestra memoria para que sigas viviendo en ella. Sé que estas
elucubraciones mías te hacían gracia, tú estabas en otro nivel existencial y
muy por encima de éstas mis poéticas ordinarias de lo cotidiano. Hace tanto que
no te doy un abrazo, y ahora ya no lo podré hacer. Me duelen estas ausencias.
Pero siempre tendremos a nuestro Gijón y su mierda de verano.
(publicado en el comercio el 23 de julio de 2017)
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