lunes, 10 de octubre de 2016

LA POLITICA COMO MERCADOTECNIA

LA POLÍTICA COMO MERCADOTECNIA
He seguido con atención la polémica twitera entre Iglesias y Errejón. La verdad es que hay que tener mucha capacidad de síntesis para resumir en 140 caracteres un debate que quiere ser de altos vuelos. ¿Dónde quedó aquella época en la que los debates y discrepancias se plasmaban en sesudos libros? Ahora, en esta edad de prisas y urgencias,  las luchas por el poder o las crisis de identidad ideológica tienen que caber en frase  y media. Es como si Kautsky y Bernstein hubieran ventilado las suyas a golpe de telegrama.
Todo ello vine al caso porque tengo la sospecha de que la tensión entre el utópico Iglesias y el posibilista Errejón no es más que una gran impostura. Me resisto a creer que estos dos, que listos son, y que su entorno, que no lo es menos, se hayan dejado llevar por el ardor de la disputa, y aireado espontáneamente en twitter sus tensiones. Más insólito me parece que los menos listos del partido crean que en realidad el cruce de reproches y desacuerdos es a cuenta y tiene por destinatario al PSOE (¿¿??!!!). Va a ser que todo es una gran escenificación para luego afirmar borrachos de superioridad moral que ellos son la repera, los más transparentes y honestos (y de paso, los que más ligan) porque no esconden sus diferencias. La estrategia puede ser esta. Represento en las redes un episodio de supuesta crisis interna, que finalmente se resolverá incruentamente (o cruentamente, porque puede ser la excusa para detectar traidores a las esencias y desafectos al líder supremo para cortarles la cabeza), para salir públicamente fortalecido por el robusto debate interno en prueba de nuestra superioridad ética y moral soportado por una transparencia a prueba de incrédulos…. Y además doy qué hablar, porque como no tenga nada que decir, he perdido presencia mediática y vivo de ella. Sin medios, no podemos. Es que no me puedo creer que en realidad esas tensiones existan, y que reproduzcan el mismo debate que a finales del Siglo XIX mantuvieron dos padres de la socialdemocracia, el marxista Kautsky y el revisionista Bernstein. Un debate entre el utopismo revolucionario que cree que todos estamos equivocados y que la única manera de emancipar y liberar a esta sociedad de sus lacras, alienada por el Ibex 35, es mediante la revolución permanente, o intermitente, que eso depende del día y las ganas; y el realismo posibilista de quien cree que el cambio de la sociedad no está en la radicalidad transformadora de cada persona, aunque ésta no quiera y quiera vivir toda la vida equivocado, sino en la progresiva redefinición de las estructuras sociales para que cada uno viva como quiera, pero teniendo aseguradas las condiciones básicas que le permitan hacerlo con dignidad. O sea, Gramsci y sus tribulaciones.

No descarto que en Podemos, en su élite dirigente (porque en esto son leninistas posmodernos que se saben bien la lección de la vanguardia revolucionaria), en efecto exista una larvada tensión entre utopía y realidad. Pero de este partido nada me extraña, desde el momento que tratan de conciliar a marxistas ortodoxos con ecologistas bien pensantes, a anarcosindicalistas con socialdemócratas defraudados, o más simplemente, a cabreados por todo y con todos, con “gente” que simplemente quiere un país decente. Este es el signo de Podemos, ser un partido sin ideología, ya que no les hace falta porque el primer paso de toda revolución es hacerse con el poder, y luego ya veremos. 
(PUBLICADO EN EL COMERCIO EL 2 DE OCTUBRE DE 2016)

EL PSOE ANTE EL ABISMO

Estoy convencido que la alarma saltó no con las declaraciones de Felipe González en la Ser, sino con la retirada del apoyo que Podemos prestaba a Emiliano García-Page en Castilla-La Mancha. Ahí todo el mundo se puso nervioso porque el empecinamiento de Pedro Sánchez con el no, e intentar una opción alternativa a Rajoy, acababa de provocar la primera crisis de gobierno autonómico. Estoy había que pararlo como fuese, y así se lío la que se lío. ¡Qué listos son los chicos de Podemos! Su estrategia era sibilina porque primero escenifican una supuesta crisis interna entre, luego dicen que en realidad el lío viene a cuenta del PSOE, y al final empiezan a cuestionar sus apoyos en comunidades autónomas y ayuntamientos. Consecuencia: el PSOE pica y entre en barrena. Mientras, Arriola frotándose las manos porque la suya, su estrategia de disolución de la izquierda, va por el manual. Primero inventa a Podemos, consigue implosionar a la izquierda con un partido que es pura mercadotecnia, liquida a IU en seis meses, y ahora está a punto de arrasar al PSOE. El propósito es claro, el PP prefiere en su segunda mandato a Podemos como líder de la oposición porque sabe que será incapaz de desmontar todo lo que ha montado con su mayoría absoluta en el primer mandato Pero esta estrategia es sumamente peligrosa porque el reinado de Mariano concluiría tarde o temprano, y el centro izquierda será un desierto abarrotado de abstención y radicalidad.
Lo del PSOE se veía venir. La élite que construyó al PSOE socialdemócrata-liberal de los ochenta y noventa necesitaba erigir un gran y férreo aparato encargado de llegar a todos lados y asegurar la fortaleza de un partido de centro izquierda frente a una derecha aún por construir. Pero tan fuerte se hizo el aparato, tanta necesidad hubo de formar cuadros rápido a cualquier precio, que ese mismo aparato fagocitó al partido y se creyó con el legítimo derecho a ser él quien dirigiese la organización. La consecuencia ha sido que el partido ya no tiene élites intelectuales que le orienten y dirijan, y se ha transformado en un mecanismo para mantener en el poder a los que aún lo conservan,  y así dar trabajo a cientos de aparatistas que de otro modo no tienen a donde ir. Primero Zapatero y ahora Sánchez, ambos son un ejemplo claro de este proceso que ha terminado por llevar al PSOE a una lucha intestina a muerte. Una lucha que será cruenta porque el conflicto es entre personas y no entre tendencias e ideas. Y esas guerras tienen muertos, duelos y rencores que nunca restañan. Mal asunto.

Y ahora le toca a Javier Fernández enfrentarse a la hercúlea tarea de resolver el entuerto. Primero ver qué hacen con el gobierno de España, y luego ver qué se hace con el PSOE (o viceversa). Y mientras todos los mensajes tergiversados porque la abstención a Rajoy no es pactar con él, sino de ganar el tiempo necesario para poder rearmarse ante el electorado haciendo oposición de la buena. Pero también es verdad que Rajoy no necesariamente depende de la abstención del PSOE porque puede formar mayoría absoluta con Cs, Coalición Canaria y PNV. Pero sea como fuere la pelota la tiene el PSOE en su tejado y no me extrañaría que Arriola aconseje a Rajoy unas terceras elecciones para liquidar definitivamente al PSOE.  Para terminar de liarla, Sánchez se presentará a unas primarias que puede ganar porque goza de la simpatía de la militancia. Si es así, simplemente, es el final del PSOE porque la ruptura terminará por ser inevitable. Al final Iglesias va a tener razón y ellos serán los únicos socialdemócratas.
(PUBLICADO EN EL COMERCIO EL 5 DE OCTUBRE DE 2016)

jueves, 22 de septiembre de 2016

NOSTALGIA DE LA SOCIALDEMOCRACIA

¿Ha llegado el fin de la socialdemocracia –como sostiene Podemos-, o del PSOE –como cree el gurú Arriola-? Esta pregunta, aunque no lo crean, tiene mucho que ver con lo que está pasando en este país. El PSOE, al menos su secretario general y su aparato, nos acabarán imponiendo unas terceras elecciones (que, en contra de lo que ellos creen, será un desastre mayúsculo para el PSOE, iniciando así irremisiblemente la travesía por la irrelevancia parlamentaria y política que sufrió en su momento primero el PCE y ahora IU) porque han dejado de ser (si alguna vez lo han sido) socialdemócratas. El PSOE ha dejado de ser progresista, un partido realista, posibilista, global, modernizador y de gobierno (señas propias de la socialdemocracia), porque la lucha por el poder interno de un segmento de su aparato (curiosamente el más joven y que mejor debiera entroncar con los principios de la socialdemocracia, aportándoles frescura y vitalidad) pasa por contentar a una militancia sensiblemente envejecida, desorientadamente indignada, sectaria y fetichista con proclamas grandilocuentes y muy vacías. Este PSOE autista, incapaz de llegar a la gente normal porque sólo se habla a sí mismo, encadenado y paralizado por sus mantras, empeñado en que los demás hagan lo que él dice que tienen que hacer (imperialismo moral y ético, muy propio de la izquierda radical), y tratando de ocupar un espacio, el de la izquierda del marxismo posmoderno, que nunca ha sido el suyo y que ya ha fagocitado el anarcomarxismo de Podemos, está camino de dejar de ser un partido progresista, moderno y de gobierno.
La socialdemocracia siempre ha sido el espacio político del centro-izquierda, de las clases medias ilustradas, preocupado por el bienestar de todos dentro de las posibilidades de cada cual, y del sistema en su conjunto; una espacio de realismo pragmático, al que la izquierda marxista nunca le ha perdonado su falta de fanatismo utópico. La socialdemocracia es ese lugar habitado por quienes creen que el azar también es cosa de la comunidad, que tiene un deber humano y solidario de ayudar a quienes ha castigado la fatalidad; lo que no consiste en castigar a los afortunados, sino en entre todos (sistema fiscal) paliar el infortunio; ese espacio político donde lo importante no es imponer la utopía cueste lo que cueste, sino crear “sociedades buenas”, sociedades dignas en las que todo el mundo (hasta Rajoy) merece un respeto y a todos deben dársele los instrumentos para sentirse reconocidos, respetados y dignos. Por eso la socialdemocracia es el espacio de la política real y posible.

 Si el PSOE fuese hoy un partido socialdemócrata pararía su sangría de votos (sería realista), pactaría con el PP y C’s la investidura de Rajoy sobre políticas reales, prácticas y tangibles (sería pragmático), y aprovecharía su condición de primer partido de la oposición para desgastar al PP durante 4 años (interrumpiendo de una vez esta prórroga de la mayoría absoluta del PP con un gobierno insumiso e interino), hacerse fuerte para arrinconar a Podemos en el especio que le corresponde (la marginalidad política de un partido de exaltados anarcomarxistas) y recuperar el centro con ideas y proyectos de futuro (sería posibilista). Pero me temo que el PSOE ha terminado por rendirse a la maldición del temperamento español: como dice Prittchett, todos somos en el fondo unos anarquistas. Pero, ¡qué va a saber este pobre profesor periférico!
(Publicado en el diario El Comercio, 18 de septiembre de 2016)

viernes, 16 de septiembre de 2016

EXPRESIÓN E INSTITUCIONES. ¿TIENEN LIBERTAD DE EXPRESIÓN LOS PODERES PÚBLICOS?

Poder hablar con libertad, con la tranquilidad y seguridad de que podemos hablar sin miedo a ser objeto de censuras, represalias o sanciones por parte de ningún poder público, es patrimonio de la humanidad y uno de sus logros más conspicuos. Pero la libertad de expresión no significa que podamos decir lo que nos dé la gana. Es que la libertad de expresión no está para eso, no está para que los demás tengan que soportar estoicamente nuestras opiniones. La grandeza de la libertad de expresión reside en que, justamente, no impone a los demás otro deber que el de no impedir que hablemos. Pero no podemos obligar a que nos escuchen. El poder público sí que tiene que soportar nuestras palabras, aunque sean injuriosas e insultantes. Pero el poder público no tiene libertad de expresión porque el poder público no tiene “opinión”, pues cuando “opina”, en un Estado democrático de Derecho, esa opinión ”obliga”.

En efecto, asistimos en estos últimos tiempos a un marasmo de declaraciones institucionales más o menos altisonantes y sobre asuntos de lo más variado. Algunos especialmente espinosos como los promovidos por la Campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones contra Israel, asumida por numerosos ayuntamientos que han hecho “declaraciones” haciendo suya esa campaña. Y cuando son objeto de controversias judiciales, alegan estas instituciones, y acogen sus señorías en sus sentencias, que están ejerciendo su libertad de expresión. Miren, en esos casos los únicos que ejercer su libertad de expresión especialmente reforzada por la función que desempeñan son los concejales. A estos efectos, sus declaraciones individuales como tales son prácticamente inatacables, y bien está que así sea. Pero un pleno de un ayuntamiento carece de libertad de expresión por muy representante político que sea de la ciudadanía. Los poderes públicos, todos, tienen señaladas funciones (para qué sirven), tienen atribuidas competencias para ejercer esas funciones (lo que pueden hacer), y potestades para ejercer las competencias (cómo lo pueden hacer), y en un Estado democrático de Derecho, esta tríada delimita aquello sobre lo que pueden expresarse y cómo hacerlo (leyes, reglamentos, acuerdos). Claro que en su seno cabe discutir cualquier cosa. Así lo ha dicho el TC muy acertadamente, porque como órganos de representación política debe ser un santuario de libre y plural debate. Pero que esto sea así no significa que el resultado de ese debate pueda formalizarse como nos venga en gana. Las normas que los regulan señalan con claridad cómo deben hacerlo en razón de las funciones, competencias y potestades que ostentan. Así debe ser, porque cuando hablan las instituciones públicas deben hacerlo siendo representativas de todos los ciudadanos, y no sólo de una parte, por muy mayoritaria que sea. Para eso se formaliza el resultado de esos debates en función de sus competencias y potestades, para que lo acordado en su seno no sea la expresión de una simple opinión mayoritaria, sino la norma de todos que a todos nos obliga. Cada vez que una institución representativa hace ese tipo de declaraciones al margen de sus funciones, competencias y potestades, aunque se adopte por unanimidad, no expresan la “opinión” de todos, porque no están ni les hemos puesto ahí para opinar sobre lo que les venga en gana, sino para ejercer unas competencias de acuerdo con sus potestades con el propósito de que ejerzan sus funciones de acuerdo con la ley y la constitución. La opinión no se controla, pero la ley, el reglamento o el acto administrativo sí. Por eso las instituciones tienen que “opinar” de esa forma o no opinar. Así es la Democracia.    

viernes, 26 de agosto de 2016

CUANDO TANTA LUZ CIEGA

Es una cita clásica en los estudios sobre transparencia de los poderes públicos (si es que así se pueden llamar los amontonamientos de páginas poco rigurosas que proliferan en este tema) la del Justice de la Corte Suprema de los EEUU Louis D. Brandeis según la cual, y parafraseo, la luz del día es el más poderoso desinfectante, y la luz eléctrica el policía más eficiente. Traducido a nuestra castiza manera, luz y taquígrafos sobre toda actuación de los poderes públicos. Pero en ocasiones, y llámenme aguafiestas, tanta luz ciega y tanto desinfectante quema. No seré yo quien niegue la necesidad irrenunciable de la transparencia en la actuación de los poderes públicos. Faltaría más. Pero no cuenten conmigo para sumarme a la moda fetichista de la transparencia. Es bien sabido que el exceso de transparencia tiene un perverso efecto: la paralización de la acción administrativa y política.
Pues yo creo que es lo que está pasando una vez más en este proceso tortuoso y enrevesado de la investidura de la presidencia del Gobierno de la Nación. Tradicionalmente los procesos de negociación entre los grupos políticos para alcanzar un acuerdo sobre la investidura, liderado por el cabeza de lista del partido más votado en las elecciones generales, eran sumamente discretos. La bambalina en política es importante y hasta vital. En ella se desenvuelven con el debido sosiego y discreción los negociadores, que difícilmente podrán trabajar si están sometidos a la presión de una cámara y un micrófono. Una negociación es un proceso duro, lleno de altibajos, de estrategias y tácticas, donde se dice de todo y no se dice nada. La negociación política tiene una lógica difícil de entender por quien está fuera de ella, y la experiencia dice que es bueno dejar que siga su curso el tiempo que sea prudentemente necesario. Lo curioso de este país de pandereta es que hay un enfermizo empeño en poner luz y taquígrafos a las negociaciones, pero luego nos resulta indiferente su resultado. En Alemania se respeta el secreto de las negociaciones, pero el acuerdo de gobierno alcanzado entre los negociadores (que suele ser muy detallado) es público y constituye un auténtico compromiso político del Gobierno con la Nación. No hacerlo así, fijarnos en cómo se negocia y cuándo y no en su resultado, convierte el interés en la negociación en simple cotilleo muy propio de un país que cree a pies juntillas el dicho  “piensa mal y acertarás”.

Lo peor es que son estos nuevos políticos los que se citan para celebrar día tras día esa ceremonia de la confusión con una y otra rueda de prensa. Están constantemente importunándonos con sus cuitas negociadoras, y creen que así son más transparentes, cuando en realidad lo único que logran es aumentar la confusión y la indignación de los ciudadanos porque sólo escenifican una constante verborrea llena de contradicciones. El caso de Rivera es proverbial, porque habla tanto que inevitablemente vive y transmite una permanente contradicción que ya nadie alcanza a entender. Iglesias que es más listo, se limita a callar y a esperar. Y parece que Sánchez ha aprendido la lección y se ha vuelto anormalmente discreto y parco. Por favor, menos “transparencia” y más decisión.

lunes, 8 de agosto de 2016

ORGULLO VAQUEIRO

Soy xaldu. Pertenezco formalmente a esos otros que durante tanto tiempo, y acaso aún hoy, creían que ellos, los vaqueiros, eran los otros. Hoy también formo parte de los vaqueiros; aunque sea tan sólo honoríficamente, lo que no es poco. Es curioso ese hambre de identidad que tenemos los humanos. De sentir que pertenecemos a algo o a alguien. Cuántos disgustos nos ha traído la “identidad”, el mal de la modernidad que decía Sartori y remachaba Judt. Esa constante vital que necesita alimentarse de pertenencia, de arraigo, aunque sea en algo imaginario. La política ha vivido siempre de inventar, revolver y revindicar identidades. Unos apelan a la nación y se inventan una historia para justificarla, otros nos hacen creer que pertenecemos a un grupo oprimido y al borde del principio, los de más allá apelan al patriotismo y la sangre... Todos invocan y conjuran nuestro miedo, porque la identidad que no es la propia que nace de nuestra condición de ser humano único e irrepetible (la única en la que yo creo), esa identidad grupal y gregaria, se alimenta del miedo y el rencor, apela a nuestros complejos y debilidades, y nos hace creer que perteneciendo a ese colectivo identitario estamos a salvo del mal y la desgracia, en él superamos nuestros complejos porque somos los únicos, verdaderos y superiores moral y culturalmente, condenando al resto a pertenecer a la categoría de los otros, descalificados y trasterrados a la inequidad de ser el enemigo de nuestra identidad. Esa identidad no es más que miedo.
Pero el otro día, sentado en aquel paraje indomable, inhóspito y estremecedor de las brañas de Aristébano, aderezado con un buen día asturiano, de esos de humedad anquilosante y gris plomo sobre las cabezas, pensé que hay otra identidad. Una identidad que sólo espera respeto y reconocimiento, que no se define por exclusión ni necesita despreciar a los que no la poseen para ser lo que son. Descubrí una identidad pegada a la tierra, a la lluvia, al orgullo de sobrevivir en una naturaleza bella y despiadada (si es que esto no es una redundancia). Una identidad forjada en el esfuerzo y el sufrimiento, que sólo quiere que le dejen ser como es, que no se mete con nadie, ni necesita de comparación con nada. Es la identidad que nace de la condición de ser único y propio, que nace de la libertad de ser lo que uno quiere ser. Por eso, como allí se dijo, los vaqueiros nacen donde quieren, porque lo que hace a uno vaqueiro es que el alma se inflame en las campas de Aristébano. Y si ese paisaje no te encoge, no te atrapa, no te posee, no podrás ser vaqueiro. En ese paisaje está todo, no necesita más explicación.

Yo no sé si lo soy o no, ellos, los vaqueiros han creído que podía formar parte de esa gente brava, orgullosa, recia y firme, libre… Ese día en que me hicieron el honor inmenso de aceptarme entre ellos, sentí el orgullo de pertenecer a esos altos, sin complejos, sin miedos, sin arrogancia. Ese día, comprendí el paisaje y me hice vaqueiro.

jueves, 4 de agosto de 2016

VIDAS CUMPLIDAS


Recuerdo una ya lejana conversación con un buen amigo en la que reflexionábamos sobre la descendencia, sobre el porqué del tener hijos. Al final concluimos que de alguna manera perseguíamos perpetuar nuestra memoria a través suyo y la de sus hijos y la de los hijos de sus hijos. Somos memoria y apenas un ínfimo tiempo físico de existencia. El resto es recuerdo y unas fotos adormecidas en qué se sabe lugares. ¿No se han preguntado nunca en cuántos álbumes de fotos podrían estar su imagen? Esas fotos de otros en las que aparecemos accidentalmente…  La foto digital y los álbumes virtuales amenazan con extinguir también esa forma de recuerdo que fluye de una foto en la que aún sonreímos. Si nadie nos ve, ni nos recuerda, seremos olvido, y eso me angustia. Siempre he pensado en la inmensa cantidad de vidas olvidadas, que ni siquiera son ya un polvo de historia familiar. Probablemente por eso se han inventado las religiones, para prometernos la perdurabilidad a través del más allá, la vida eterna, o de un más acá reencarnados. Hay que alimentar nuestro apetito de perdurabilidad. Porque si no perduramos, ¿qué sentido tiene vivir? ¿Sumar horas y pérdidas? La vida al final es una suma de tiempos muertos y de pérdidas constantes… perdemos la lozanía, los dientes, el pelo, el buen humor, la paciencia, hasta la educación. Por eso las sociedades envejecidas acaban perdiéndolo todo. Ya no hay nadie con ganas de soñar, porque la vida se convierte en una lucha contra el tiempo que resta, y eso es una putada que nos pone del mal humor. La vida a partir de un momento se convierte en una mirada atrás, en un ajuste de cuentas sordo e estéril. Una yerma obsesión por revisitar nuestra vida vivida. Las sociedades se construyen con ilusión y mirando al frente.
Por eso me admiran las personas que se van con la vida cumplida y que perduran en los relatos sobre su vida. En ellos el hueco físico y material se desvanece porque se llena de pensamientos y remembranza. Yo es a lo que aspiro porque me aterra la idea de morirme (aquí no vamos a quedar ninguno, como dice mi chica) y convertirme en un hueco silencioso que con el tiempo también será olvido. En mi labor diaria tengo la necesidad de acudir a los clásicos, y siento el deber de releer y citar a quienes ya no están, porque creo que les debemos su recuerdo y mantenerlos vivos en la cita de su trabajo. Pago mi deuda intelectual con su permanente presencia en lo que escribo. La cultura occidental laica (afortunadamente) y descreída ha abandonado el rito ancestral y compartido por muchas civilizaciones de rendir culto a sus antepasados. Los manes de la casa romana. Acaso nuestra costumbre de exhibir las fotos de nuestros antepasados tenga que ver con el espacio que las casas romanas dedicaban a venerar a los suyos, a sus manes. Memoria y recuerdo, una y otra vez. No perderse en la mar a la que todos hemos de ir a parar.

Inevitablemente yo también seré alguna vez un hueco. Pero quiero que mi vida termine cuando esté cumplida y el hueco pueda rellenarse con el recuerdo de aquéllos que crean que merece la pena formar parte del panteón de sus manes.