Soy xaldu. Pertenezco formalmente
a esos otros que durante tanto tiempo, y acaso aún hoy, creían que ellos, los
vaqueiros, eran los otros. Hoy también formo parte de los vaqueiros; aunque sea
tan sólo honoríficamente, lo que no es poco. Es curioso ese hambre de identidad
que tenemos los humanos. De sentir que pertenecemos a algo o a alguien. Cuántos
disgustos nos ha traído la “identidad”, el mal de la modernidad que decía
Sartori y remachaba Judt. Esa constante vital que necesita alimentarse de
pertenencia, de arraigo, aunque sea en algo imaginario. La política ha vivido
siempre de inventar, revolver y revindicar identidades. Unos apelan a la nación
y se inventan una historia para justificarla, otros nos hacen creer que
pertenecemos a un grupo oprimido y al borde del principio, los de más allá
apelan al patriotismo y la sangre... Todos invocan y conjuran nuestro miedo,
porque la identidad que no es la propia que nace de nuestra condición de ser
humano único e irrepetible (la única en la que yo creo), esa identidad grupal y
gregaria, se alimenta del miedo y el rencor, apela a nuestros complejos y
debilidades, y nos hace creer que perteneciendo a ese colectivo identitario
estamos a salvo del mal y la desgracia, en él superamos nuestros complejos
porque somos los únicos, verdaderos y superiores moral y culturalmente, condenando
al resto a pertenecer a la categoría de los otros, descalificados y
trasterrados a la inequidad de ser el enemigo de nuestra identidad. Esa
identidad no es más que miedo.
Pero el otro día, sentado en
aquel paraje indomable, inhóspito y estremecedor de las brañas de Aristébano,
aderezado con un buen día asturiano, de esos de humedad anquilosante y gris
plomo sobre las cabezas, pensé que hay otra identidad. Una identidad que sólo
espera respeto y reconocimiento, que no se define por exclusión ni necesita
despreciar a los que no la poseen para ser lo que son. Descubrí una identidad
pegada a la tierra, a la lluvia, al orgullo de sobrevivir en una naturaleza
bella y despiadada (si es que esto no es una redundancia). Una identidad
forjada en el esfuerzo y el sufrimiento, que sólo quiere que le dejen ser como
es, que no se mete con nadie, ni necesita de comparación con nada. Es la
identidad que nace de la condición de ser único y propio, que nace de la libertad
de ser lo que uno quiere ser. Por eso, como allí se dijo, los vaqueiros nacen
donde quieren, porque lo que hace a uno vaqueiro es que el alma se inflame en
las campas de Aristébano. Y si ese paisaje no te encoge, no te atrapa, no te
posee, no podrás ser vaqueiro. En ese paisaje está todo, no necesita más
explicación.
Yo no sé si lo soy o no, ellos,
los vaqueiros han creído que podía formar parte de esa gente brava, orgullosa,
recia y firme, libre… Ese día en que me hicieron el honor inmenso de aceptarme
entre ellos, sentí el orgullo de pertenecer a esos altos, sin complejos, sin
miedos, sin arrogancia. Ese día, comprendí el paisaje y me hice vaqueiro.
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