lunes, 8 de agosto de 2016

ORGULLO VAQUEIRO

Soy xaldu. Pertenezco formalmente a esos otros que durante tanto tiempo, y acaso aún hoy, creían que ellos, los vaqueiros, eran los otros. Hoy también formo parte de los vaqueiros; aunque sea tan sólo honoríficamente, lo que no es poco. Es curioso ese hambre de identidad que tenemos los humanos. De sentir que pertenecemos a algo o a alguien. Cuántos disgustos nos ha traído la “identidad”, el mal de la modernidad que decía Sartori y remachaba Judt. Esa constante vital que necesita alimentarse de pertenencia, de arraigo, aunque sea en algo imaginario. La política ha vivido siempre de inventar, revolver y revindicar identidades. Unos apelan a la nación y se inventan una historia para justificarla, otros nos hacen creer que pertenecemos a un grupo oprimido y al borde del principio, los de más allá apelan al patriotismo y la sangre... Todos invocan y conjuran nuestro miedo, porque la identidad que no es la propia que nace de nuestra condición de ser humano único e irrepetible (la única en la que yo creo), esa identidad grupal y gregaria, se alimenta del miedo y el rencor, apela a nuestros complejos y debilidades, y nos hace creer que perteneciendo a ese colectivo identitario estamos a salvo del mal y la desgracia, en él superamos nuestros complejos porque somos los únicos, verdaderos y superiores moral y culturalmente, condenando al resto a pertenecer a la categoría de los otros, descalificados y trasterrados a la inequidad de ser el enemigo de nuestra identidad. Esa identidad no es más que miedo.
Pero el otro día, sentado en aquel paraje indomable, inhóspito y estremecedor de las brañas de Aristébano, aderezado con un buen día asturiano, de esos de humedad anquilosante y gris plomo sobre las cabezas, pensé que hay otra identidad. Una identidad que sólo espera respeto y reconocimiento, que no se define por exclusión ni necesita despreciar a los que no la poseen para ser lo que son. Descubrí una identidad pegada a la tierra, a la lluvia, al orgullo de sobrevivir en una naturaleza bella y despiadada (si es que esto no es una redundancia). Una identidad forjada en el esfuerzo y el sufrimiento, que sólo quiere que le dejen ser como es, que no se mete con nadie, ni necesita de comparación con nada. Es la identidad que nace de la condición de ser único y propio, que nace de la libertad de ser lo que uno quiere ser. Por eso, como allí se dijo, los vaqueiros nacen donde quieren, porque lo que hace a uno vaqueiro es que el alma se inflame en las campas de Aristébano. Y si ese paisaje no te encoge, no te atrapa, no te posee, no podrás ser vaqueiro. En ese paisaje está todo, no necesita más explicación.

Yo no sé si lo soy o no, ellos, los vaqueiros han creído que podía formar parte de esa gente brava, orgullosa, recia y firme, libre… Ese día en que me hicieron el honor inmenso de aceptarme entre ellos, sentí el orgullo de pertenecer a esos altos, sin complejos, sin miedos, sin arrogancia. Ese día, comprendí el paisaje y me hice vaqueiro.

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