Recuerdo una ya lejana
conversación con un buen amigo en la que reflexionábamos sobre la descendencia,
sobre el porqué del tener hijos. Al final concluimos que de alguna manera
perseguíamos perpetuar nuestra memoria a través suyo y la de sus hijos y la de
los hijos de sus hijos. Somos memoria y apenas un ínfimo tiempo físico de
existencia. El resto es recuerdo y unas fotos adormecidas en qué se sabe
lugares. ¿No se han preguntado nunca en cuántos álbumes de fotos podrían estar
su imagen? Esas fotos de otros en las que aparecemos accidentalmente… La foto digital y los álbumes virtuales
amenazan con extinguir también esa forma de recuerdo que fluye de una foto en
la que aún sonreímos. Si nadie nos ve, ni nos recuerda, seremos olvido, y eso
me angustia. Siempre he pensado en la inmensa cantidad de vidas olvidadas, que
ni siquiera son ya un polvo de historia familiar. Probablemente por eso se han
inventado las religiones, para prometernos la perdurabilidad a través del más
allá, la vida eterna, o de un más acá reencarnados. Hay que alimentar nuestro
apetito de perdurabilidad. Porque si no perduramos, ¿qué sentido tiene vivir?
¿Sumar horas y pérdidas? La vida al final es una suma de tiempos muertos y de
pérdidas constantes… perdemos la lozanía, los dientes, el pelo, el buen humor,
la paciencia, hasta la educación. Por eso las sociedades envejecidas acaban
perdiéndolo todo. Ya no hay nadie con ganas de soñar, porque la vida se convierte
en una lucha contra el tiempo que resta, y eso es una putada que nos pone del
mal humor. La vida a partir de un momento se convierte en una mirada atrás, en
un ajuste de cuentas sordo e estéril. Una yerma obsesión por revisitar nuestra
vida vivida. Las sociedades se construyen con ilusión y mirando al frente.
Por eso me admiran las personas
que se van con la vida cumplida y que perduran en los relatos sobre su vida. En
ellos el hueco físico y material se desvanece porque se llena de pensamientos y
remembranza. Yo es a lo que aspiro porque me aterra la idea de morirme (aquí no
vamos a quedar ninguno, como dice mi chica) y convertirme en un hueco silencioso
que con el tiempo también será olvido. En mi labor diaria tengo la necesidad de
acudir a los clásicos, y siento el deber de releer y citar a quienes ya no
están, porque creo que les debemos su recuerdo y mantenerlos vivos en la cita de
su trabajo. Pago mi deuda intelectual con su permanente presencia en lo que
escribo. La cultura occidental laica (afortunadamente) y descreída ha
abandonado el rito ancestral y compartido por muchas civilizaciones de rendir
culto a sus antepasados. Los manes de la casa romana. Acaso nuestra costumbre
de exhibir las fotos de nuestros antepasados tenga que ver con el espacio que
las casas romanas dedicaban a venerar a los suyos, a sus manes. Memoria y
recuerdo, una y otra vez. No perderse en la mar a la que todos hemos de ir a
parar.
Inevitablemente yo también seré
alguna vez un hueco. Pero quiero que mi vida termine cuando esté cumplida y el
hueco pueda rellenarse con el recuerdo de aquéllos que crean que merece la pena
formar parte del panteón de sus manes.
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