jueves, 4 de agosto de 2016

VIDAS CUMPLIDAS


Recuerdo una ya lejana conversación con un buen amigo en la que reflexionábamos sobre la descendencia, sobre el porqué del tener hijos. Al final concluimos que de alguna manera perseguíamos perpetuar nuestra memoria a través suyo y la de sus hijos y la de los hijos de sus hijos. Somos memoria y apenas un ínfimo tiempo físico de existencia. El resto es recuerdo y unas fotos adormecidas en qué se sabe lugares. ¿No se han preguntado nunca en cuántos álbumes de fotos podrían estar su imagen? Esas fotos de otros en las que aparecemos accidentalmente…  La foto digital y los álbumes virtuales amenazan con extinguir también esa forma de recuerdo que fluye de una foto en la que aún sonreímos. Si nadie nos ve, ni nos recuerda, seremos olvido, y eso me angustia. Siempre he pensado en la inmensa cantidad de vidas olvidadas, que ni siquiera son ya un polvo de historia familiar. Probablemente por eso se han inventado las religiones, para prometernos la perdurabilidad a través del más allá, la vida eterna, o de un más acá reencarnados. Hay que alimentar nuestro apetito de perdurabilidad. Porque si no perduramos, ¿qué sentido tiene vivir? ¿Sumar horas y pérdidas? La vida al final es una suma de tiempos muertos y de pérdidas constantes… perdemos la lozanía, los dientes, el pelo, el buen humor, la paciencia, hasta la educación. Por eso las sociedades envejecidas acaban perdiéndolo todo. Ya no hay nadie con ganas de soñar, porque la vida se convierte en una lucha contra el tiempo que resta, y eso es una putada que nos pone del mal humor. La vida a partir de un momento se convierte en una mirada atrás, en un ajuste de cuentas sordo e estéril. Una yerma obsesión por revisitar nuestra vida vivida. Las sociedades se construyen con ilusión y mirando al frente.
Por eso me admiran las personas que se van con la vida cumplida y que perduran en los relatos sobre su vida. En ellos el hueco físico y material se desvanece porque se llena de pensamientos y remembranza. Yo es a lo que aspiro porque me aterra la idea de morirme (aquí no vamos a quedar ninguno, como dice mi chica) y convertirme en un hueco silencioso que con el tiempo también será olvido. En mi labor diaria tengo la necesidad de acudir a los clásicos, y siento el deber de releer y citar a quienes ya no están, porque creo que les debemos su recuerdo y mantenerlos vivos en la cita de su trabajo. Pago mi deuda intelectual con su permanente presencia en lo que escribo. La cultura occidental laica (afortunadamente) y descreída ha abandonado el rito ancestral y compartido por muchas civilizaciones de rendir culto a sus antepasados. Los manes de la casa romana. Acaso nuestra costumbre de exhibir las fotos de nuestros antepasados tenga que ver con el espacio que las casas romanas dedicaban a venerar a los suyos, a sus manes. Memoria y recuerdo, una y otra vez. No perderse en la mar a la que todos hemos de ir a parar.

Inevitablemente yo también seré alguna vez un hueco. Pero quiero que mi vida termine cuando esté cumplida y el hueco pueda rellenarse con el recuerdo de aquéllos que crean que merece la pena formar parte del panteón de sus manes.

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