lunes, 18 de junio de 2018

EXILIO INTERIOR



Creo que no me gusta vivir en este mundo. Creo que cada día me siento más incómodo en este universo lleno de temores y angustias. Cada día menos libres, más controlados, supervisados, enjuiciados, escrutados hasta la náusea. No, no me gusta lo que estamos construyendo.
Miren que no me gusta ser apocalíptico, pero cada día que pasa más apocalíptico me parece lo que me rodea. Hemos dejado que nuestras vidas hayan sido secuestradas por los modernos savonarolas que se consideran moralmente superiores al resto, a estos bien pensantes dueños de la razón y la rectitud que nos miran con condescendencia. Han vuelto los autos de fe, las nuevas inquisiciones que te juzgan y condenan. Pero estos nuevos inquisidores ya no nos dicen lo que tenemos que hacer para salvarnos a sus ojos. Ahora hacen algo tremendamente perverso, se limitan a vigilarnos, a inocularnos el virus de la duda y de la culpabilidad.
Yo tengo una propensión a ser provocador, a ser abogado del diablo. Me cuesta sumarme a causas-rebaño, a ideas que son sólo un simple eslogan, a lo que se considera “políticamente correcto”. Pero hoy cada día, me autocensuro más, opto por el silencio, prefiero ser aburrido en mis clases, encerrarme en lo que unos llaman prudencia, y es simplemente miedo. No hay otra, porque no sé quién ni cómo, pero han inoculado en nuestra sociedad el virus de la intolerancia. Todo se malinterpreta, todo se retuerce hasta el asco. Nos estamos convirtiendo en una sociedad de intolerantes maleducados y vulgares, incapaces de admitir la disidencia, la crítica, el pensamiento que nos contraría. En realidad, siempre ha sido así en la inmensa mayoría de la gente. Lo que sucede hoy, es que se ha encontrado el instrumento que ha transformado lo que no era más que una expresión de la más honda ignorancia y analfabetismo moral y emocional, en una vindicación rígida e intolerante de una sedicente moral verdadera: la ofensa.
¡Ay, la ofensa! Es como volver al medioevo, pero con medios de comunicación y redes sociales. Esa ofensa iracunda por ver cosas que nos desagradan, por oír palabras o razones que nos inquietan. Hubo una época en la que esos miedos y agravios recibían la firme respuesta de la libertad; hoy es la ofensa y el agravio. De la libertad de hacer y decir. De la libertad de no ver lo que nos desagrada o no oír lo que nos perturba o contraría. Nadie nos obliga a ver lo que nos asquea, u oír lo que no queremos oír. Esa es nuestra libertad; tan sagrada como la de aquél que hace o dice lo que nos desagrada. No podemos exigirle que deje de hacerlo; pero él tampoco nos puede imponer el deber de soportarlo. Todo se resuelve con darnos la vuelta y no acudir a ese espectáculo, no leer ese libro o no asistir a esa conferencia o clase. El problema es que de un tiempo para acá lo irrelevante se ha hecho ofensa, la libertad ha sido sustituido por la sensibilidad moral o emocional del colectivo que más vocifera o intimida. El problema es que aquel asunto de libertades encontradas pero compatibles, se ha convertido en un problema de agravios. Así se explican condenas desproporcionadas para con ciertos ejercicios de simple y mera libertad de expresión; o la cada día más no por sutil menos intensa censura a todo lo que no es políticamente correcto.
Yo ya no me atrevo a provocar el pensamiento crítico en mis clases por si ofendo a alguien; ya no me atrevo a defender determinadas ideas, por muy razonadas y argumentadas que pueda expresarlas, porque temo una causa general contra mí y los míos; ya no me atrevo a llamar a los negros, negros, o los enanos, enanos, y a los minusválidos, minusválidos; ya no sé mirara a una persona con parkinson; ya no sé cómo dirigirme a una mujer, cómo mirarla o hablarle. Ya no sé cómo no ofender a quien vive en el chantaje permanente del agravio. Ya no sé vivir libre y sin miedo. 

(Publicado en El Comercio el 17 de junio de 2018)

lunes, 4 de junio de 2018

DE FANATICOS, MEDIOCRES Y EUROPA



Primera idea. ¿Cómo es posible que haya triunfado el fanatismo en el mundo global? Pues porque el fanatismo es un acogedor refugio ante un mundo lleno de miedos e incertidumbres. La babayada global se ha impuesto, y con ella el fanático que considera que llamar a las cosas por su nombre es un trato indigno. El fanático ha conseguido imponer su lógica del miedo. Hay cosas de las que ya no me atrevo a opinar, porque sé que seré desollado vivo; y ciertos gestos que me cuido mucho de hacer porque en esta sociedad de la sospecha patológica y enfermiza sólo servirán para ser malinterpretados, y de nuevo desollado vivo. El fanatismo hoy se ha disfrazado de corrección política, de populismo moralizante, de indignación impostada, de cínica empatía, y, sobre todo, de “exigencia de democracia”, esa palabra fetiche del fanático posmoderno. El fanático ya no es sólo el que defiende con ira y sin estudio las ideas propias con desprecio de las ajenas. El fanático en realidad no sabe en lo que cree; simplemente es fanático en todo. El fanático hoy es un sujeto que se cree moralmente superior a los demás, que los juzga implacable y despiadadamente, que no cree que el otro esté equivocado, sino, lisa y llanamente, cree que el otro es un ser superfluo. El fanatismo ya no necesita una idea que defender, es en sí mismo un acto: negar, despreciar y vejar a todo aquel que ose no hacer las cosas como él cree que deben ser.
Segunda idea. Hemos dejado que el fanatismo se extiende a todo porque hemos dejado que la mediocridad todo lo inunde. Siempre hubo mediocres, pero los mecanismos sociales, para bien o para mal, confinaban la mediocridad a espacios sociales en los que su presencia no era tóxica. Probablemente porque consciente o inconscientemente se respetaba la autoridad del que no lo era, y los sistemas de ascenso y promoción vital y social estaban ajustados al mérito y capacidad de cada quien. Pero alguien demolió esos mecanismos, y bajo la meliflua condescendencia con el mediocre, no por serlo, sino para con su anhelo por ocupar y desplazar a quien no lo era hemos dejado que venzan e imperen. La mediocridad es excluyente, rencorosa y revanchista. El mediocre siempre se siente agraviado y despreciado. Por eso la mediocridad es el mejor caldo para cultivar el fanatismo. El mediocre carece de sentido crítico y autocrítico, nunca sabe estar. Para él la diferencia y la discrepancia es un agravio. El mediocre es totalitario y por ende fanático. El día que a un mediocre no le dejamos claro dónde estaba su lugar, todo empezó a ir mal.
Tercera idea. ¿Quieren un ejemplo claro de la era de la mediocridad fanática? Pues giren su mirada al caso catalán y a nuestros colegas europeos. Un gobierno mediocre ha permitido que la crisis catalana se nos fuera de las manos, y ahora esa nave la comandan otros mediocres. El independentismo ha conseguido internacionalizar el problema. Y los miopes burócratas de la Unión Europea, otros mediocres, no han sabido ver lo que se venía encima. La elección por los fugados de Bélgica y Alemania no es casual. La primera tiene un gravísimo problema con dos comunidades enfrentadas. Si ha habido una decisión judicial “política” ha sido la del juez belga, porque allí cualquier decisión en relación con un conflicto territorial es una bomba relojería para la frágil estabilidad social belga. El caso Alemán es el de una judicatura insumisa a Europa. A los jueces alemanes les importa un pito la normativa europea de la euro-orden de detención porque ellos siguen en el esquema nacional de la extradición, y se veía venir que no ejecutarían la euro-orden. Todo esto no pone si no de manifiesto la endeblez de la Unión Europea y su desamparo ante cualquier pequeño torbellino. Al final va a resultar que la crisis catalana puede terminar convirtiéndose en la espoleta que detone la implosión de la Unión Europea. Tiempo al tiempo.

(Publicado en El Comercio el 27 de mayo de 2018)

QUIEN RESISTE, VENCE... (O NO)



La vida parlamentaria no deja de sorprenderme. Como tampoco la ceguera que a veces rodea al poder. Resulta que tras las tribulaciones de dos elecciones generales sucesivas (2015 y 2016), una tremenda crisis institucional en el seno del PSOE, una investidura fallida de Sánchez, una convulsa investidura de Rajoy, una legislatura zozobrante y un lío secesionista en Cataluña de muchos bemoles, Sánchez termina siendo Presidente. ¡Qué cosas se pueden ver en política!
Dijo Cela en su momento que en este país quien resiste, vence. Y probablemente así es. Pero en el caso que nos ocupa, la resistencia ha servido para alcanzar dos resultados bien distintos. Hace un tiempo había dicho que Rajoy era un presidente derrotado y Sánchez un derrotado presidente. Con este juego de palabras quería referir a la chocante situación en la que el ganador de unas elecciones generales no lograba ser presidente, y, sin embargo, Sánchez que había perdido las elecciones, podía serlo. Las cosas no le salieron bien a Sánchez, que tras ese tropiezo cayó en desgracia porque, además de cosechar dos derrotas consecutivas del PSOE en las urnas, le echaban de la dirección del partido. Pero Sánchez resistió. Ideas y talante de estadista no sé si tendrá, pero, desde luego, tenacidad y tesón sí que tiene. Resistió y venció. No dimitió tras ninguna de los reveses electorales, como hicieron los secretarios generales del PSOE que le precedieron, y aguantó el tirón de su destitución dando la batalla interna y alzándose finalmente con la victoria. Y ahora, ¡presidente! Cuando ni siquiera era diputado. Pero el otro que jugó a resistir fue Rajoy. Sin embargo, aquí la resistencia fue su final. Resistió y perdió. La diferencia entre uno y otro fue el propósito. Sánchez quería ganar y aprovecho la circunstancia. La moción era inevitable. La oposición no podía permanecer inerme ante la sentencia Gürtel (la primera de una larga serie que aventuro terrible para el PP), y Sánchez asumió el papel de líder de una reacción parlamentaria ineludible. Rajoy siguió creyendo que los problemas se resuelven solos, y que la inacción negatoria de todo le bastaba. Ese andar sin moverse terminó en tropezón. Resistir por resistir y sólo por resistir no lleva a la victoria. Lo que me asombra es que a nadie en el PP se le haya ocurrido que tras la sentencia Gürtel había que tomar la iniciativa. Rajoy hubiera podido salir al ruedo político, asumir el contenido de la sentencia (y no atacar a los jueces), cortar unas cuantas cabezas (y no la de los jueces y la de la oposición) y plantear una cuestión de confianza (para lo que sólo necesita de mayoría simple), sabedor que tenía amarrado al PNV con la desactivación del art. 155 en Cataluña y un aguinaldo pistonudo en unos presupuestos aprobados. Sin embargo, optó una vez más por sentarse y esperar. Para rematar la torpeza, ofende al Parlamento ausentándose en la jornada vespertina de la moción de censura y se presenta una hora tarde en la tercera sesión para subir a la tribuna y despedirse. Peor no se pudo hacer.
Sánchez no la va a tener nada fácil. Veremos cuál es su plan, porque tendrá que decidir si quiere gobernar o sólo gestionar el día a día, lo que a su vez está ligado a si convoca elecciones para tratar de ganar en las urnas lo que ha ganado en el Congreso o si agota la legislatura. La decisión no es fácil, porque adelantar elecciones y gestionar el día a día puede ser no suficiente para mejorar sus resultados electorales. Pero aguantar dos años contra viento y marea, objeto del pim pam pum parlamentario, puede llevarlo a la irrelevancia electoral. ¿Pactará con Unidos Podemos? Pues él verá, porque me da la nariz que esa jugada, que llevará la tensión parlamentaria a la gubernamental, no hará más que desgastarle más. Y mientras el PP implosionará en la lucha cainita por la sucesión. Lo paradójico de todo es que al final Ciudadanos, que le viene bien un adelanto electoral (así tiene menos tiempo para meter la pata y una excusa para presionar al PSOE sin presentar un programa de gobierno alternativo), puede ser el gran beneficiado de este lío. A río revuelto, ganancia de pescadores. Ahí lo dejo.     


(Publicado en El Comercio el 3 de junio de 2018)

lunes, 7 de mayo de 2018

LO QUE CUESTA INVESTIGAR


Se ha montado un cierto revuelo con ocasión del anuncio de la Unión Europea según el cual la labor científica que sea financiada con fondos europeos debe ser accesible a cualquiera. El sector de la edición científica se ha puesto patas arriba porque ésta sana medida lamina su negocio. A alguien se le ocurrió en un momento determinado que, si la reputación de un científico se podía medir por el impacto de sus publicaciones, es decir, por cuántos las leían y las citaban, ¿por qué no cobrar al científico que quisiese publicar en esas revistas o editoriales? Tener reconocimiento académico tiene un precio. Si a eso le unimos que muchas disciplinas científicas son universales (el genoma es el mismo aquí que en China) y que en esos campos existe una comunidad científica global que para comunicarse han elegido dos idiomas comunes: el inglés y el matemático, ¿por qué no cobrar globalmente? Y para rematar, ¿por qué no nos inventamos unas agencias de calificación, como las que evalúan el riesgo económico de los países, que establezcan los rankings de las publicaciones más prestigiosas donde todo el que quiera ser alguien en la ciencia debe publicar en ellas para lograrlo? Todo junto, gloria. Un gran y boyante negocio editorial que tengo para mí que ha corrompido en alguna medida el discurrir natural de la ciencia, a lo que han contribuido nuestras respectivas agencias evaluadoras de la calidad del trabajo científico que están, creo yo, un poco (si no mucho) deslumbradas por los rankings y los impactos. Incluso hay factores que te colocan en el ranking científico. Uno de ellos es el facto “H”, que se han inventado unos señores, no se sabe de dónde y que yo sigo sin entender. Pero que cada día se usa más para encasillarte y hacerte merecedor de proyectos de investigación. En fin, no tenía yo bastante con el punto g, y ahora resulta que el tema era tener un factor h.
Las ciencias blandas, que nos habíamos librado en buena medida de ese corsé, nos vemos cada vez más abocados a funcionar como nuestros colegas de las duras. En mi ámbito, el Derecho Constitucional, un saber sólo relativamente global, cada vez se impone más como criterio superior de evaluación de la calidad de nuestros trabajos, que se publiquen en habla inglesa. Lo paradójico de esto es que lo que se ha convertido en sello de calidad de un trabajo en mi campo es que esté escrito en inglés, como si hacerlo ya hiciera bueno lo que dices, y no la altura y rigor de lo escrito. Vaya, que lo que prima es que usted sepa escribir en inglés o tenga dinero para que se lo traduzcan, aunque lo que diga no valga para nada. Si además resulta que, si pagas, te lo publican, la consecuencia es que sólo los ricos por casa podrán hacer Derecho Constitucional. Tengan en cuenta que un trabajo científico de las ciencias duras suele ser breve y con apenas texto y sí mucha matemática y mucho gráfico, que no hay que traducir. Un trabajo de Derecho Constitucional tiene entre 20 o 30 folios, está lleno de notas a pie de página, y no hay un solo momento de respiro para el lenguaje. A eso súmenle que en especialidades como la mía el lenguaje importa. Quiero decir, los matices, los giros idiomáticos, las expresiones, los estilos, los modos de expresión de cada tradición jurídica son esenciales. Por mucho que uno sepa inglés, yo no me atrevería a publicar en ese idioma; y cuando media un traductor, aunque sea especializado, los problemas no son menores. O sea, que a mí me parece estupenda la decisión de la Unión Europea de que todo trabajo científico financiado o que resulte de un proyecto financiado con dinero de la Unión, o sea de todos, debe publicarse y difundirse libre y abiertamente. La ciencia, dura y blanda, es de todos, no sólo de quien se la pueda permitir (y sepa inglés).

LA MANADA


No les va a gustar lo que voy a escribir a continuación. No les va a gustar porque no voy a aplaudir ni a jalear a las turbas, ni a los penalistas de twitter, ni a los medios de comunicación irresponsables e incendiarios, ni a los políticos oportunistas. De todo este lío de la Manada al final me queda un vértigo terrible, y es que hemos vuelto a la justicia de las turbamultas, a las masas en la calle enloquecidas haciendo “justicia” y persiguiendo a los que alguien señala como causa de todos los males. Esta vez les ha tocado a tres magistrados de una Audiencia Provincial por haber hecho bien su trabajo. Sí, sí, como lo oyen, por hacer bien su trabajo. Guste o no guste, se discrepe o no de la sentencia. ¿Usted ha leído la sentencia? Pues mire, yo sí. Y tengo que decirle que el esfuerzo de sus señorías en argumentar y razonar la condena firme y sin paliativos a esos cinco mamarrachos es ímprobo. No lo es menos el voto particular a pesar de sus muy discutibles conclusiones. Pero alguien tendrá que decirlo, alguien tendrá que defender el trabajo impecable de tres jueces en un caso dificilísimo y tremendamente enrarecido, porque desde el minuto uno la mayoría de los medios de comunicación no hicieron más que alimentar el fuego de una rabia y un estupor, comprensibles y justificados, para terminar en convertirlos en una ola de odio irracional dirigida además al sujeto equivocado… porque lo curioso es que las hordas rompen cordones de seguridad para atacar a los jueces, pero no para cargar sobre la gentuza que le ha jodido la vida a una niña de 18 años, y a saber a cuántas más. Ojo, que no estoy diciendo que se debió hacer. Sólo digo que es triste que este país, que se ha convertido en una manifestación compulsiva permanente, haya perdido el norte de esta manera.
No voy a entrar en el análisis técnico de la sentencia, porque eso lo han hecho otros más autorizados. No soy penalista. Me limitaré a recordarles que a estos indeseables se les ha condenado. ¿Poco? Pues probablemente sí. Pero están condenados. Que no les engañen las palabras. El “abuso” sexual es un grado de la forma en la que el legislador penal ha definido la violación. Probablemente el origen del lío está ahí precisamente, en la forma tan engorrosa y torpe de punirla, que se ha hecho con ojos de hombre y no de mujer, para la que intimidación o violentar significan otra cosa. A estos tipejos se les condena por violar a esta chica; aunque no se hace en la forma más grave posible, es cierto. Pero tampoco se les exonera, ni se les justifica, ni se les absuelve, ni se les excusa. La sentencia es exquisita en el trato con la víctima, a la que en ningún momento se la menosprecia o se le imputa ninguna acción provocadora o incitadora. La sentencia cree a la mujer, y es implacable con estos cinco descabezados. No les da tregua. Pero como nadie se ha leído la sentencia….
Yo acuso. Acuso a los legisladores que creen que hacer leyes en una democracia es ir a golpe de turba, que ellos mismos por querer rizar el rizo han definido los tipos penales de agresión sexual de una manera tan compleja y liosa que de esos polvos tenemos estos lodos; que no entienden la lógica de la mujer en tipos penales como éstos; que siguen obsesionados con el consentimiento y la fuerza. Acuso a unos medios de comunicación que ahora ponen nombre a los jueces y tribuales; que no entienden la complejidad de un proceso penal de estas características; que no se limitan a hacer crónica judicial, sino que toman partido –aunque no lo sepan-. Acuso a todos esos opinadores y opinadoras que reclaman siempre sangre y que todo lo resuelven con la guillotina en la calle. En casos terribles como éste es muy fácil encender el fuego de la justicia popular, pero muy difícil reparar el daño que se hace, y que nos hacemos a todos.
El problema es que nada de eso ayuda a esta mujer que ha sido víctima de cinco energúmenos. Son ellos los malos de esta película, y así ha quedado probado en el juicio. Son ellos y nos los jueces los que deben penar. Ahora, piensen siquiera dos segundos sobre esto. ¿Qué clase de sociedad tenemos cuando producimos gentuza así, que además son guardias civiles o militares? Denle una vuelta, y sigamos jaleando desfases como los “San Fermines”.
PUBLICADO EN ELCOMERCIO 29 DE ABRIL DE 2018

martes, 10 de abril de 2018

La prisión permanente revisable. La ley del talió 2.0



Les aseguro que me es tremendamente difícil mantener separadas mi condición humana de padre y persona de la profesional del Derecho Constitucional en un asunto tan emotivo como éste. Me encoge el corazón y me angustia ver a esos padres y familiares desgarrados por la barbarie de alguien que ha acabado salvajemente con su ser querido. Es difícil no comprender que su grito sea que se pudran en la cárcel. Yo lo daría. Pero el Derecho Penal no sólo está para castigar, también para corregir mediante la educación y la inserción. Este es el problema que plantea la pena de prisión permanente revisable, instaurada el año 2015 en nuestro sistema penal, saber si es una simple manifestación de la ley del talión o permite la resocialización efectiva del penado. Es cierto que en nuestro entorno se prevén penas similares. Nuestra diferencia es la manera en la que el Código Penal español regula el cuándo y el cómo de la revisión de la prisión permanente. Y ésta es la clave del asunto porque el Tribunal Europeo de Derechos Humanos no ha tenido inconveniente en considerar conforme con el Convenio Europeo de Derechos Humanos, que proscribe las penas injustas y desproporcionadas, las cadenas perpetuas siempre que puedan ser revisables en un plazo razonable (el límite parece que está justo en los 25 años), y si su regulación permite al condenado, primero, saber con certeza qué debe hacer para que su condena se revise, y, en segundo lugar, si a la vista de la regulación de la revisión de su pena puede tener una expectativa cierta de puesta en libertad futura (Casos Vinter de 9 de julio de 2013 y Hutchinson de 3 de febrero de 2015).


Aquí hay dos mundos. Aquel en el que el sistema penal sólo, o primordialmente, busca castigar al culpable, hacerle pagar por lo hecho y que esto le sirva de escarmiento, a él y a otros. Esta idea retributiva de la pena es muy dada a la manipulación populista. Es muy fácil lanzar soflamas y que cualquiera se sienta reconfortado pensando que los malos son castigados, y que sólo unos pocos, los redimidos, podrán salvarse. Quizá por eso, por ese evidente riesgo de manipulación, nuestro Constituyente, que tonto no debía ser a pesar del revisionismo tan en boga, decidió que cómo y cuánto castigar no se dejase a las iniciativas legislativas populares (art. 87 CE). Parece que nuestros padres fundadores tenían claro que no es la ira popular, tan fácil de prender y tan difícil de apagar, la que debe regir la voluntad del legislador penal. No voy a hondar en los numerosos estudios que apuntan la inutilidad reeducadora o disuasoria de la pena de muerte o la cadena perpetua. No deja de llamar la atención la casi total ausencia (o al menos yo no los conozco) de estudios serios y rigurosos que avalen la utilidad, siquiera disuasoria, de semejantes condenas penales. No las disfracemos, son pura venganza. Quien la hace, la paga. Simple y llanamente. Pero hay otra visión. La pena de muerte o la cadena perpetua no sirven de nada. Ni devuelven al ser querido, ni reparan el dolor y el daño sufrido, ni disuade de la comisión de atrocidades semejantes. Por lo tanto, son inútiles social y penalmente. Porque las penas buscan, naturalmente, castigar a quien infringe el ordenamiento. Pero también reeducar al condenado y darle la posibilidad de insertarse socialmente. Delinquir debe ser castigado. Pero nada resolvemos dejando que se pudran en la cárcel. La sociedad debe esforzarse en darle la oportunidad de tener una vida dentro de la ley.
Al margen de ese debate y la forma en la que se debe entender el cumplimiento de las penas (y del uso electoralista que hacen algunos partidos de este asunto), de lo que no tengo dudas es de que el art. 25 CE prohíbe cualquier pena que no esté dirigida a la resocialización del condenado. Nos puede gustar más o menos, pero así es. Y tengo muchas dudas, tanto de la propia constitucionalidad de la cadena perpetua, aunque sea revisable, como de la forma en la que el legislador penal español ha diseñado esa revisión, aun aceptando la hipotética constitucionalidad de la prisión permanente. El Tribunal Constitucional español nunca se ha pronunciado sobre este asunto (ni otro similar) y tiene pendiente el recurso de inconstitucionalidad interpuesto contra la prisión permanente revisable. Pero es cierto que el TC ha exigido que también las penas deben tener una duración determinada y precisa, e indudablemente dirigidas a la resocialización del condenado por mandato del artículo 25 CE (STC 129/2006).
Esta es para mí la clave. Poco importa el debate ético, social, filosófico o crimanilístico; lo que resulta indiscutible es que el artículo 25.2 CE establece de tajante que “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social”. Dejando incluso a un lado la condición de “inhumana” que pueda tener la cadena perpetua, por muy revisable que sea, lo que está claro es que la CE exige que toda pena esté dirigida a la resocialización del condenado. El problema es que esa resocialización resulta improbable si la expectativa de libertad del condenado es incierta. Sin una firme esperanza en la revisión, es difícil esperar de un condenado la paciencia y esfuerzo que exige trabajar por su reinserción durante un número nada desdeñable de años.  El juez no tiene criterios objetivos y reglados que emplear para la revisión, dejando la ley demasiados flecos al subjetivo criterio de su señoría que debe medir la peligrosidad latente del condenado sin asideros objetivos y mensurables. Lo que supone una presión terrible sobre los jueces cuyo juicio se verá interferido por el dilema de tener que tomar decisiones impopulares y desgarradores Al penado poco le va a consolar la ilusión de una posible revisión de su condena a perpetuidad transcurridos mínimo 25 años, sin en ella son tantos los factores incontrolables y ajenos a su voluntad que condicionan la decisión del juez. Así las cosas, me cuesta un enorme esfuerzo concluir que la prisión permanente revisable del vigente Código penal cumpla con las exigencias Constitucionales.
 (Publicado en El Comercio el 29 de abril de 2018)

lunes, 9 de abril de 2018

MI REINO POR MÁSTER


Me asombra que alguien se haya jugado su carrera política por un máster universitario. ¡Qué disparate tan grande! Y la Universidad en mitad del lío. Nunca un máster ha valido tanto.
No me parece ilógico que una política dedicada a la gestión autonómica quiera completar su formación haciendo un máster justo sobre lo que es objeto de su trabajo. Lo extraño es que haya sacado tiempo en su ajetreada vida política para hacer un máster universitario. Una de dos, o el máster no vale para nada y lo regalan, o el máster es serio, y lo que ha querido la protagonista (y parece que ha conseguido) es utilizar los atajos. El problema de los atajos es que siempre hay un amigo de un amigo que tiene un conocido que en una cena con otros colegas dice que sabe no sé qué cosa, que luego se convierte en fuego amigo. Porque esto siempre es cosa del fuego amigo. No lo duden. La interfecta apuntaba maneras a llegar muy lejos en el PP, y sus adversarios (¿o enemigos?) en el PP han decidido darle caña. Y la pillaron en un marrón porque alguien ha sido indiscreto, porque sin esa indiscreción casi casi seguro que nunca se hubiese sabido nada y la aspirante habría lucido un título máster (aparentemente) por la cara.
Esto es como los cuernos, siempre es cosa de tres (o de cuatro): el cornudo, el corneado y el colaborador necesario en la cornada. Aquí también hay tres, un indiscreto, un político que humilla a la Universidad creyendo que los másteres se regalan, y un irresponsable que entra en el juego y además arruina la vida de unos cuantos. Es que me imagino la escena. En un ágape cualquiera coinciden unos y otros, y surge la peregrina idea de que por qué no iba a hacer la lideresa un máster como ése, que además ya se organizaría la cosa para que no le exigiese más dedicación de la necesaria (o sea, ninguna)… y, además, quién iba a saber más del asunto que ella que está en la pomada. Con lo que una vez más asistimos a ese acto que cada día se hace tan frecuente en nuestra España de marras que es el despreciar el saber y sobre todo el universitario. Al final, lo que interesaba era completar el currículum de la protagonista con un máster (que en algún despacho oscuro estará redactando del machaca de turno) en el que sería fácil apañarlo para que luciera en la primera línea de su historial con el mínimo esfuerzo y lo de menos era el interés en aprender. Tomada la decisión, las cosas transcurren con naturalidad hasta que la final, probablemente, nunca terminó el máster de marras pero lo exhibía en su currícula. Y de pronto alguien de su bando señala que tiene dudas de que en efecto lo tenga, alguien conoce a alguien, lo comprueban y…. ¡el escándalo está servido!
Al final esto conduce a la melancolía. De un lado, esa clase política que no tiene currículum que exhibir porque no han hecho otra cosa en su vida que dedicarse a la política (que no es lo mismo que hacer política). Y claro, llegan a una edad y a un estatus que exige tener algo en el historial, y es así cómo nace la fiebre del máster (o de un título, a secas). Siempre hay un guay, a la espera del premio por el favor (que en muchos casos simplemente es una imaginación del secuaz), que les facilita el camino, hasta que alguien señala con el dedo, y se desata la tormenta. Vergonzoso sin paliativos. De otro lado, la estulticia de la clase política española. En otros lares, al mínimo marrón que te sacan, dimites. Sin más, sin líos, rápido y doloroso, pero inmediato. No se atrincheran, ni apelan a la presunción de inocencia, ni se aferran al sillón… No, dimiten porque además es la mejor manera de defender su inocencia, si es que son inocentes. Ejemplos hay… Pero más allá de los Pirineos. Pero aquí siempre se hace honor a las palabras de Camilo José Cela (que en realidad se lo decía a sí mismo porque él era un claro ejemplo): en este país quien resiste, gana. Lo de menos es que en la resistencia se pierda la dignidad y el honor. En fin ¡país! Que decía nuestro añorado Forges.


(PUBLICADO EN EL COMERCIO, 8 DE ABRIL DE 2018)