lunes, 26 de febrero de 2018

JAMES BOND


La verdad es que no soy yo muy aficionado a la saga de Bond. A mi tanta testosterona, adrenalina y vodka-martini me aburre un poco. Yo soy más de las películas de espías con un toque sórdido, con la violencia justa y justificada, con tramas sombrías de traiciones, dobles agentes y sonoros fracasos, donde no hay glamour, sino miseria humana a raudales. Me encantan las pelis al estilo “El topo”.
No obstante, me he reconciliado con Bond viendo sus largos clásicos, esa extraña joya protagonizada por Niven, o la posterior de Lazenby. Luego llegó el gran Connery y le dio al personaje ese perfil canalla que ha hecho que esta saga de películas de espías llenas de artilugios, explosiones y sábanas les encante a las mujeres (sí… ya lo sé, esto es micromachismo…). El Bond clásico, el que creó Ian Fleming, es una mezcla de gentleman inglés y de “malote”, como diría mi hija. No cabe duda de que a Niven lo de malote no le iba, y parece que Lazenby no cuajó, y finalmente llegó Connery. Pero Connery lo clavó. Bond es un personaje que no tiene dobleces ni aristas. Por eso gusta. Es directo. Es un estereotipo, como lo son los personajes de John Wayne. Son personajes sobre los que pesa toda la trama, porque los guiones dan un poco la risa. El secreto de James Bond no es la historia que se cuenta, no es la intriga, ni el suspense, no es la tensión propia de las películas de espías, porque normalmente todo gira entorno a situaciones imposibles, muy infantiles y fantasiosas, endebles en su argumento, y que se aderezan con artilugios variopintos que las más de las veces invitan a la carcajada, sino al sonrojo por vergüenza ajena. Las pelis la salva Bond, su desfachatez, su elegancia. Por eso gustaba, porque, ¿quién no anhelaba ser James y vivir como Bond? Nadie viste un smoking como él, ni pide un Martini con ese aplomo, y nadie reparte leña de esa forma y sin despeinarse. Ahora, ¿de qué iba la peli? Ni idea, acaban siendo todas iguales y además eso resulta lo de menos.
Pero desde que Connery dijo que hasta aquí llegamos, han irrumpido unos lumbreras que se han empeñado en hacer humano a Bond, cuando la clave de su éxito era justamente que no lo era, que era un arquetipo.  Ahora Bond es un tipo con conciencia y memoria, que le duelen los golpes, que tiene dudas y se comporta moralmente de forma cuestionable. A ver, que Bond es un canalla al servicio de su Majestad, pero es nuestro canalla, está incuestionablemente en el bando de los buenos. Pero se empeñan en que Bond sea un tipo triste y atormentado, lleno de moratones y haciendo cosas raras por el mundo. Si a eso le sumamos que ahora resulta que tratan de que los guiones tengan un porqué que los haga creíbles, el resultado es aburrido y predecible. A mí no me gusta un Bond existencialista, que parece que lee a Unamuno por la mañana y a Schopenhauer por la noche. Este tipo, Craig, que estará muy bueno, tiene más corte de macarra venido a más que de gentleman “old rule”. Si es que es un triste…. Hasta sus ligues son ya imposibles… por favor ¿quién se trajina a una viuda el mismo día y en el mismo sitio donde entierra apenada y desconsolada a su esposo? Además de ser increíble, es cutre. A mí me gusta el Bond canalla y lleno de flema inglesa, que sabe muy bien para qué bando trabaja. Ya ven, soy así de simple (o quizá nostálgico).
Así las cosas, no me extraña que esa saga que parece dar comienzo de los Kingsmen le coma la tostada a Bond (qué gran acierto poner al gran Colin Firth ahí). En estas dos películas se recupera esa imagen de espía lleno de glamour, inexorable e infalible. Ahí están los Kingsmen con su paraguas y vistiendo un traje como nadie. La trama es lo de menos, porque tampoco tienes pies ni cabeza; lo que importa es el personaje, que lo llena todo. Bond ha muerto, qué viva los Kingsman.

(publicado en EL COMERCIO, el 25 de febrero de 2018)

lunes, 12 de febrero de 2018

SÉ FELIZ


La felicidad es una actitud, no es un estado. Una actitud ante la vida y sus puñetas. La vida ni es buena ni es mala, ni se tuerce, ni se endereza, simplemente es vida, una sucesión de tiempos y acontecimientos, de azares y casualidades. Me he puesto un poco estoico (¿o epicúrico? Qué se yo…). Pero es que leyendo el otro día una entrevista del filósofo coreano afincado en Alemania de nombre impronunciable me llamó la atención poderosamente su afirmación de que vivimos una época de auto-sobreexplotación. Es curioso, todos los grandes relatos religiosos y filosóficos siempre han tratado de liberarnos en esta o en la otra vida de aquello que en su narración constituía la razón del sojuzgamiento de nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Todos estos relatos parten siempre de una enorme falacia: que somos seres libres. La libertad es un artefacto intelectual que ha constituido junto con la igualdad el gran motor de la evolución humana. En realidad, ambos son una mera ficción, ni somos libres ni somos iguales, y nunca seremos libres ni seremos iguales. Antes eran otros los que negaban nuestra libertad y nuestra igualdad. Hoy somos nosotros mismos quienes nos esclavizamos y somos incapaces de aceptar la diferencia. Todo lo que nos rodea en la sociedad occidental ya no sólo nos impone nuestra auto-sobreexplotación. Tenemos que ser bellos, productivos, intachables, sanos, ecológicos, comprometidos, sensibles, concienciados. Debemos ser perfectos novios, amantes, esposos, padres. El resultado es que ya no hay enemigo ni opresor contra el que alzarse, porque hemos conseguido que nosotros seamos nuestro propio tirano. No me extraña que las profesiones del futuro en el primer mundo sean la psicología y la geriatría: todo se llenará de viejos congrandes trastornos emocionales.
Estoy harto de estos psico-pedagogos que se empeñan en culpabilizarnos porque no somos los padres perfectos: los esclavos de nuestros hijos. Harto de los profetas de lo sano (estoy por ponerme a fumar puros), de los ascetas de la falsa sobriedad, harto de lo políticamente correcto, de que hayamos pervertido las relaciones humanas hasta el punto de que todas se pueden reconducir a un acoso. Miren, no hay cosa que más daño ha ocasionado en nuestras sociedades que la filosofía de la felicidad bobalicona y crédula que nos tratan de transmitir. Mensajes como que uno puede lograr todo lo que pretende con tan sólo proponérselo firmemente, que la felicidad está ahí para agarrarla, que la vida puede convertirse en una sucesión de hechos maravillosos y asombrosos, que tan sólo se trata de ver las cosas de otra forma. Y ya ni les cuento el peligro que tiene la vulgarización de la neurolingüística, de la que ha concluido qué si nos pasamos el día repitiéndonos que somos altos, guapos y ricos, acabaremos siéndolo. Menuda majadería. Estamos rodeados de chamanes y cuentistas de la felicidad naif. Y eso solo conduce a nuestra sobreexplotación y necesariamente a la tristeza, porque llegará ese día en el que comprobaremos que ni somos altos, ni guapos ni mucho menos ricos, y no sabremos manejar el azar del día a día. Y ese día, los demonios se desatarán, y esto acabará mal.


(Publicado en El Comercio, 11 de febrero de 2018)

viernes, 2 de febrero de 2018

BUEN VIAJE AMIGO

Buen viaje amigo. Ya sé que tú y yo no compartimos nuestro tiempo como lo hicimos con otros compañeros. Circunstancias de la vida y querencias normales. A ti te gustaba más frecuentar la amistad de nuestro querido compañero y amigo Juan Luis Requejo. Os unían visiones y aficiones comunes, y, yo en definitiva, no dejaba de ser un antiguo alumno tuyo de primero de Derecho, y ni siquiera me atrevo a decir que casi el último discípulo de Ignacio de Otto. No obstante, nunca me faltó tu aprecio y reconocimiento. Yo admiraba tu saber enciclopédico, tu sentido de la buena vida, tu pasión por tu trabajo. Eras un universitario de raza, de los que no quedan ya. Ahora estamos rodeados de gente con la que ya no nos entendemos porque son universitarios de otra forma. No sé si mejores o peores; pero sí distintos. Yo no comparto su forma de vivir la universidad y creo que tú tampoco lo harías. Ambos crecimos en una forma de entender este trabajo como una vocación casi religiosa. Más tú que yo, que a mí siempre me gustó zascandilear y caciplar en otros lares. Fíjate que con el tiempo, me he hecho más creyente en la fé de la Universidad con mayúsculas, en que lo que hacemos sí tiene sentido, y que para hacerlo bien hay que sumirse en la soledad del pensamiento. Tú hacía tiempo que lo habías descubierto y yo no supe entenderte.
Te voy a echar de menos Corros, porque contigo me he reído mucho. Me encantaba esa fina ironía, privilegio de los más inteligentes; la forma en la que habías hecho de tu vida la expresión cotidiana de la máxima orteguiana: la elegancia en la palabra es la expresión de nuestro respeto a los lectores. En eso, y en otras muchas cosas, eras un maestro. Leerte y escucharte siempre era un inmenso placer. Creo que te encantaría saber que si hay una palabra que te define es justo eso, elegante. La elegancia es una actitud vital que se alimenta del equilibrio, de la proporción en el pensar, en el decir y el hacer. Y esa elegancia se transmitía a tu apariencia. Cada día me recordabas más a Walter Benjamin. Qué curiosa transición iconográfica, de Trotsky (¡porque vaya si te dabas un aire a él!) a Benjamín. Pero también qué terrible señal del fin que te aguardaba y que nada hacía presagiar hace unos años. Al final, la vida se encanalló contigo sin motivo ni razón. Me gustaría ser creyente para poder refugiar mi tristeza en la oración. Sé también que este artículo no habla de ti, ni cuenta lo gran Historiador del Constitucionalismo que has sido, que Ignacio de Otto y Francisco Tomás y Valiente estarían orgullosos de tu labor, de la herencia tan grande y fértil que has dejado en tus discípulos, Ignacio Fernández Sarasola y Antonio Franco, de que tú, y sólo tú, has fundado una línea de trabajo, la Historia Constitucional, que nos faltaba en España, que dejaste escritas obras de referencia indiscutible, y que eres, sin duda, un maestro de juristas. Pero es que sólo me salen palabras llenas de silencio y ausencia. Te echaremos de menos, Corros.

Vete tranquilo, ten buen viaje, porque no has muerto, porque la muerte es olvido y nosotros no te olvidamos. Sigues a nuestro lado recordándonos que el constitucionalista no dejar de ser un historiador.   

(Publicado en El Comercio, 1 de febrero de 2018)

martes, 30 de enero de 2018

ODA A LA VIDA RAZONABLEMENTE INSANA

Sé que me voy a meter en problemas con esta entrega. Que las huestes de la salud, pública y privada, se abalanzarán sobre mí con saña, y probablemente con mucha razón. Ojo que con esta reflexión no pretendo yo que la gente fume, se drogue y ande con malas compañías. No, en absoluto. Pero verán, es que con tanta salud y tanto cuidarse no hago más que cagarme y mearme a todas horas (y perdón por la franqueza cruda y escatológica).
Resulta que llegan las fiestas navideñas y todo es comer. Y luego, llega el anunciante de turno que nos machaca con su publicidad del milagro anti-colesterol, y nos saca a un tipo avinagrado (siempre son hombres lo que ejercen este papel), chupao y desnutrido, que se fustiga porque durante unos días al año dio rienda suelta a su gula. Verán, claro que es crucial cuidarse y llevar una vida saludable. Pero no porque lo digan nuestros médicos ni la publicidad ni el Ministerio de Sanidad o la OMS. Tampoco porque con eso se ligue más, o se alcance un vida más plena y feliz. No, la razón es porque si nos cuidamos vamos a durar más y en mejor estado y condición para poder disfrutar de la vida en el momento en que por edad nos vaya tocando… eso siempre que Montoro no le dé por enredar con la edad de jubilación. Yo me cuido porque quiero llegar a ese momento en plena forma para hacer lo que me venga en gana (siempre dentro de un orden, claro está). Lo de la felicidad se lo dejo a los gurús de la autoayuda (la felicidad es una aptitud y no un estado). Lo de ligar y la plenitud de la vida no nos la va a dar comer brócoli hervido o semillas de chía. Es más. Las personas más plenas, felices y alegres que yo conozco pasan totalmente del aceite de coco, la comida macrobiótica, las cervezas sin alcohol y los copos de avena. Y de verdad les digo, que si tengo que estar pendiente todo el día de tomarme el sinfín de pastillas y preparados que se toma Sánchez Dragó, y preocupado a todas horas por la procedencia de lo que como o la etiqueta de su embalaje, casi que prefiero que el colesterol me suba hasta las nubes. Seré un inconsciente, no digo que no… pero feliz. Si es que ya no se puede tomar tranquilo ni un gin-tonic (y dejaré para otro día la colección de horteras que han convertido esta bebida en una oposición a notarías), o una cerveza sin que el médico ponga en tu historial “consumidor habitual de alcohol”. ¡Por una cañita al día! ¡Estamos locos!
Porque, vamos a ver, seamos sinceros, desenmascaremos de una vez al floreciente, y muy respetable desde luego, mercado de los superalimentos y los productos eco y sanos. ¡Son una tristeza! Sanos, sí, ¡pero una tristeza! Y encima te imponen una vida ligada al aseo más cercano. Porque, claro, uno se levanta por la mañana y bebe el agua détox con su limoncito y su pepinito, luego se toma un batido lleno de antioxidantes y mucha fibra, eso sobre todo, fibra mucha, muchísima, y luego se toma uno un arrocito integral y unas verduritas super ecológicas, y termina atiborrado de tés verdes, rojos, matchas… y el colmo llega con el ¡café verde! Pero vamos a ver, hombre, con lo bueno que está un buen cafetito con toda su cafeína, que uno se lo toma porque le reconforta, no porque lo desintoxique… y al acostarse más agua détox…. Y claro, te pasas el día de camino al baño. Desintoxicado, estar estás. Pero te vas meando y cagando a cada paso. Y encima ni se te quita la celulitis, ni los mogollitos, ni la sinusitis, ni se mitiga la calvicie, ni te pones cachas… De verdad, un soberano coñazo.

¿Saben por qué esa gente de esos sitios donde se supone que viven los más longevos alcanzan semejante edad en plena forma? Ni comen semillas de chía, ni beben agua détox, ni café verde, ni copos de avena, no brócoli hervido. No, lo que hacen es vivir tranquilos y en paz consigo mismos. Vaya, que no ven anuncios de bebibles anti-colesterol.   

(PUBLICADO EN EL COMERCIO EL 28 DE ENERO DE 2018)

LA IMPORTANCIA DE SER LEVE


A mí me trae bastante sin cuidado si la jefatura de nuestro Estado la desempeña un monarca o un presidente. Creo que éste es un debate agotado en el seno de sociedades democráticas maduras como la nuestra. Me da la impresión de que el republicanismo como ideología partidista es cosa de otro tiempo, y más propio de los siempre insatisfechos revisionistas históricos. Cosa distinta es que la monarquía resulte un anacronismo en el nacimiento contemporáneo de un nuevo Estado, o que en buena teoría sea inconsistente con un modelo democrático de sociedad donde es inaceptable que la titularidad de un órgano del Estado sea hereditaria. Dicho esto, nuestro Estado es una monarquía parlamentaria, y hasta la fecha no nos ha ido mal; ni tiene pinta que por ese lado las cosas se tuerzan.
Dicho esto, he de decirles que me siento representado por la forma y el estilo de Felipe VI.  Somos más o menos de la quinta, y salvando las más que evidentes distancias (él es más alto y no es calvo…), creo que encarna bien al español medio de su generación. De eso se trata, por cierto. La figura del Jefe de Estado siempre tiene una enorme carga simbólica. En el caso de un presidente electo, a la alemana, por ejemplo, probablemente pese sobre todo su autoridad moral más que ser trasunto de una generación. En la figura presidencial se deposita ante todo la fe en la mesura de la edad y la experiencia. Así la elección se aleja del partidismo, y quizá por esos suele ser, sino siempre, un prohombre de consenso. En el monarca, el inconveniente hereditario exige un simbolismo generacional. Su figura debe ligarse muy estrechamente a la realidad de su momento, y quizá la mejor manera resulte ser la de un señor que desempeña un trabajo como cualquier otro hombre de su edad. De ahí esa cuidadísima levedad, esa casi imperceptible presencia, que apenas se distingue de la de cualquier otro. Obviamente no niego que su vida y su presencia no es como la suya o la mía. Usted y yo no despachamos con el Presidente del Gobierno, no recibimos las credenciales de los embajadores, ni residimos en palacio. Pero lo difícil de su papel, para lograr la aceptación que lo legitime socialmente, es lograr hacer todo eso como si se tratase de un servidor público más. A eso ayuda ese estudiado empeño en vivir como los demás, en tener una familia como los demás, ir en un coche como los demás, dejar a las niñas en el cole como los demás, y salir al cine y a una pizzería como los demás. ¿Qué no es así? ¡Pues toma, claro! Pero lo que importa no es cómo son las cosas, sino cómo se transmiten y reciben. A uno le apetece contarle a Felipe VI el palo que es cambiarle los neumáticos al coche y lo harto que está uno de tanta actividad extraescolar de los hijos. En fin, que en él se ve a un tipo normal. Un rey, sí, pero un tipo normal.

Llegó a la Corona en un momento muy crítico para el país y para la monarquía española. España sumida en una profunda crisis, sobre todo de identidad, y un rey ahora emérito que había dilapidado, quizá sin saberlo, su crédito. Pero Felipe ya estaba entrenado. Se había preparado a fondo para el cambio de tercio. En un momento dado optó por el gris marengo y el corte funcionario casándose con una plebeya, y además periodista, y abandonó la frivolidad de las modelos y las princesas de cuento. No se le ve en Gstaad, sino en Albacete. Luego asumió el reto de ser el rey de una generación indignada (pero la indignada de verdad, la que paga IRPF). Supo ser leve en tiempos de plomo, y optó por vaqueros y cine, y dejó las cacerías para otros de otros tiempos. No quiso ser el rey de la escopeta nacional porque nuestra generación es otra. Es verdad que me marean tantos modelitos de la reina. Pero esa imagen estilosa conecta, no cabe duda, con una mujer moderna, profesional, femenina, que sabe estar en su sitio, y su sitio no es el del jarrón florero; pero tampoco el de una teta en las capillas universitarias. Ambos han trasladado lecciones de discreción y sobriedad. Y cuando Felipe tuvo que estar, estuvo. Ese es su papel simbólico primordial. Trasladar la imagen de un país serio, profesional y de una pieza. Y lo que es aún más importante, que no se le nota… el rey debe ser liviano, apenas existente, porque es un símbolo y los símbolos tienen que estar ahí para cuando se les necesita. Ha sabido ser leve. Viva este rey.

(PUBLICADO EN EL COMERCIO, 30 DE ENERO DE 2018)

lunes, 15 de enero de 2018

EL EXTRAÑO CASO DEL EXILIADO PRESIDENTE

Una de las primeras cosas que detectamos los que nos dedicamos al Derecho cuando nos enfrentamos a un fundamentalista es que manipula el derecho hasta la náusea. Esto es todo un reto porque aquello que para nosotros es puro sentido común y lógica, se desvanece entre sus dedos y nos abruman con una batería de inconsistencias irrazonables. Este reto es el que plantea la hipotética investidura de Puigdemont. Cuando lean esto ya se habrán pronunciado los letrados del parlamento catalán y unos y otros. Aun así, me arriesgo a opinar.

Voy a hacer el esfuerzo de ponerme moderno y aceptar que sea posible que un electo pueda tomar posesión apoderando notarialmente a un tercero para hacerlo. Voy a creer que el Tribunal Supremo permita a los electos encarcelado acudir a la sesión constitutiva del Parlament y posteriormente a la de investidura. Pero, en mi condición de constitucionalista, me suscitan dudas una serie de cuestiones que, además, han apuntado ya otros colegas serios y rigurosos. La primera es que para alcanzar la plena condición de diputado en el Parlamento de Cataluña debe jurar o prometer respetar la Constitución y el Estatuto de Autonomía. Al margen de lo abracadabrante que será ver cómo los secesionistas confesos juran o prometen la Constitución, ese es un acto personalísimo y que normalmente se realiza en un acto específico donde la presencia del interesado parece condición inexcusable para acreditar que lo hace libre, consciente y voluntariamente… aunque sea por “imperativo legal”. Voy a ponerme más moderno aún si cabe, y aceptar con toda normalidad que la toma de posesión de los electos se haga por poderes. Me resulta especialmente chocante que se acepte sin más que unos diputados, incluido el que quiere postularse como presidente, lo hagan incumpliendo su deber de asistir a las sesiones del Parlament. Su reglamento de funcionamiento prevé las causas tasadas de delegación de voto. Ninguna contempla estar en la cárcel o fugado en el extranjero. Ese mismo reglamento que dicen que no impide la presencia e investidura virtual de Puigdemont, establece con toda claridad que el candidato hará uso de la palabra… hay que echarle mucha imaginación jurídica para entender que ese uso no sea presencial y personal, y que quien pretende ser presidente de una Comunidad Autónoma defienda su candidatura y programa por persona interpuesta (¿también el interpuesto responderá a las preguntas que le dirijan en el debate de investidura el resto de diputados o tendrá un pinganillo por el que el exiliado le chivará las respuestas?) o por Skype. Y no entro en consideraciones relativas al entendimiento serio, riguroso, avisado y razonable del parlamentarismo democrático, incluso del moderno. A mí me basta con reparar en que la vinculación al reglamento de la cámara es positivo. Me explico, lo que el reglamento no prevé no existe. En contra de lo que estos genios del derecho han argumentado, si el reglamento no prevé tomas de posesión virtuales o por poderes, si no prevé debates por Skype o por persona interpuesta, no se pueden celebrar. Concluir lo contrario es asumir que la Mesa del Parlamento no solo puede llenar lagunas, sino que también puede crear normas donde no las hay. Respetar rigurosamente lo que dispone el reglamento de un parlamento es una garantía democrática de que los procedimientos parlamentarios no se alteran y pervierten atentando contra los derechos de aquellos otros parlamentarios que también representan a otros tantos ciudadanos que igual no ven con tanta condescendencia el parlamentarismo holográfico. 

(publicado en EL COMERCIO, 14 de enero de 2018)

lunes, 18 de diciembre de 2017

LIBERTAD DE EXPRESIÓN, AUNQUE DUELA

Advierto de un tiempo para acá una cada vez mayor “penalización” de los casos de libertad de expresión. Me explico. Casi no hay semana en la que los medios de comunicación no se hagan eco de un caso en el que a alguien se le procesa penalmente o se le condena por sus opiniones. Ojo, no confundir esto con el discurso y queja demagógica y perversa de los independentistas catalanes cuando dicen que sus políticos presos lo están por las ideas que expresan, por sus opiniones. Hombre, pues mire, no. No están por sus ideas ni por las opiniones en las que las expresan, sino por la presunta comisión de actos tumultuarios o por haber presuntamente pasado de las palabras a los hechos formalizando en su condición de cargos institucionales (Presidente de la Generalitat, Consellers, parlamentarios…) decisiones y acuerdos manifiestamente contrarios a la integridad territorial del Estado español. Esto señores si han sido imputados en procesos penales, no lo han sido por lo que han dicho o las ideas que han defendido, sino porque parece que han actuado gravemente en contra del ordenamiento jurídico español.
Pero dicho esto, sí que me preocupa la creciente penalización de los casos, esto sí, de ejercicio de la libertad de expresión. Me llama la atención, además, el empeño de los jueces penales españoles, en particular la Audiencia Nacional, en criminalizar ciertas conductas expresivas, que pueden ser especialmente molestas, inquietantes incluso, hasta ofensivas, pero que, a mi juicio, no hay razón alguna para sancionarlas ni civil ni penalmente, so pena de infringir el artículo 20 de la Constitución española. Este precepto garantiza con un especial vigor la libertad de expresión e información en España, y la jurisprudencia del Tribunal Constitucional español, atenta y coherente con la del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, ha hecho tradicionalmente una defensa encomiable de estas libertades en la convicción que si ella y sin un mercado de las ideas robusto, libre, en el que todo pueda ser dicho y discutido, no es posible una democracia sana y robusta. Juicios penales por organizar una pitada al himno nacional o al Rey en un partido de fútbol, condenas penales por bromas de mal gusto difundidas a través de un tuit, cárcel por quemar fotos del Jefe del Estado o por injuriarlo… Hemos vuelto a los años ochenta donde la judicatura tenía poca fe en la libertad de expresión y el Tribunal Constitucional desplegaba un titánico esfuerzo en corregirles y darles criterios claros para distinguir lo que estaba protegido por el artículo 20 de la Constitución y lo que no. Ahora parece que esos cánones se han olvidado. Incluso el Tribunal Constitucional lo ha hecho, porque parece que ya no recuerda su sentencia 107/1988 en la que vino a decir que con sólo las opiniones no se ofende ni agrede penalmente a ninguna institución del Estado, ni siquiera al Rey. Ahora hemos pasado a que mofarse o atacar al Rey acarrea la cárcel sin remisión. El problema de todo esto, y hasta no hace poco lo decía el Tribunal Constitucional, y desde siempre el Europeo de Derechos Humanos, es que este tipo de comportamiento judicial conduce a un inexorable debilitamiento del debate público y la libre opinión por el efecto de desaliento que sus sentencias provocaba en un potencial ciudadano que ante el riesgo de ser encarcelado prefiere guardar silencio.

Y miren que el canon fijado por el Tribunal Constitucional en materia penal era muy claro y simple: si no hay expresiones formalmente injuriosas y además innecesarias para el mensaje que se quiere expresar…  no hay delito, sólo libertad de expresión. Aunque esa expresión duela u ofenda.

(Publicado en El Comercio el 17 de diciembre de 2017)