La felicidad es una actitud, no
es un estado. Una actitud ante la vida y sus puñetas. La vida ni es buena ni es
mala, ni se tuerce, ni se endereza, simplemente es vida, una sucesión de
tiempos y acontecimientos, de azares y casualidades. Me he puesto un poco
estoico (¿o epicúrico? Qué se yo…). Pero es que leyendo el otro día una
entrevista del filósofo coreano afincado en Alemania de nombre impronunciable
me llamó la atención poderosamente su afirmación de que vivimos una época de
auto-sobreexplotación. Es curioso, todos los grandes relatos religiosos y
filosóficos siempre han tratado de liberarnos en esta o en la otra vida de
aquello que en su narración constituía la razón del sojuzgamiento de nuestro
espíritu y nuestro cuerpo. Todos estos relatos parten siempre de una enorme
falacia: que somos seres libres. La libertad es un artefacto intelectual que ha
constituido junto con la igualdad el gran motor de la evolución humana. En
realidad, ambos son una mera ficción, ni somos libres ni somos iguales, y nunca
seremos libres ni seremos iguales. Antes eran otros los que negaban nuestra
libertad y nuestra igualdad. Hoy somos nosotros mismos quienes nos esclavizamos
y somos incapaces de aceptar la diferencia. Todo lo que nos rodea en la
sociedad occidental ya no sólo nos impone nuestra auto-sobreexplotación.
Tenemos que ser bellos, productivos, intachables, sanos, ecológicos,
comprometidos, sensibles, concienciados. Debemos ser perfectos novios, amantes,
esposos, padres. El resultado es que ya no hay enemigo ni opresor contra el que
alzarse, porque hemos conseguido que nosotros seamos nuestro propio tirano. No
me extraña que las profesiones del futuro en el primer mundo sean la psicología
y la geriatría: todo se llenará de viejos congrandes trastornos emocionales.
Estoy harto de estos
psico-pedagogos que se empeñan en culpabilizarnos porque no somos los padres
perfectos: los esclavos de nuestros hijos. Harto de los profetas de lo sano
(estoy por ponerme a fumar puros), de los ascetas de la falsa sobriedad, harto
de lo políticamente correcto, de que hayamos pervertido las relaciones humanas
hasta el punto de que todas se pueden reconducir a un acoso. Miren, no hay cosa
que más daño ha ocasionado en nuestras sociedades que la filosofía de la
felicidad bobalicona y crédula que nos tratan de transmitir. Mensajes como que
uno puede lograr todo lo que pretende con tan sólo proponérselo firmemente, que
la felicidad está ahí para agarrarla, que la vida puede convertirse en una
sucesión de hechos maravillosos y asombrosos, que tan sólo se trata de ver las
cosas de otra forma. Y ya ni les cuento el peligro que tiene la vulgarización
de la neurolingüística, de la que ha concluido qué si nos pasamos el día
repitiéndonos que somos altos, guapos y ricos, acabaremos siéndolo. Menuda majadería.
Estamos rodeados de chamanes y cuentistas de la felicidad naif. Y eso solo
conduce a nuestra sobreexplotación y necesariamente a la tristeza, porque
llegará ese día en el que comprobaremos que ni somos altos, ni guapos ni mucho
menos ricos, y no sabremos manejar el azar del día a día. Y ese día, los
demonios se desatarán, y esto acabará mal.
(Publicado en El Comercio, 11 de febrero de 2018)
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