lunes, 12 de febrero de 2018

SÉ FELIZ


La felicidad es una actitud, no es un estado. Una actitud ante la vida y sus puñetas. La vida ni es buena ni es mala, ni se tuerce, ni se endereza, simplemente es vida, una sucesión de tiempos y acontecimientos, de azares y casualidades. Me he puesto un poco estoico (¿o epicúrico? Qué se yo…). Pero es que leyendo el otro día una entrevista del filósofo coreano afincado en Alemania de nombre impronunciable me llamó la atención poderosamente su afirmación de que vivimos una época de auto-sobreexplotación. Es curioso, todos los grandes relatos religiosos y filosóficos siempre han tratado de liberarnos en esta o en la otra vida de aquello que en su narración constituía la razón del sojuzgamiento de nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Todos estos relatos parten siempre de una enorme falacia: que somos seres libres. La libertad es un artefacto intelectual que ha constituido junto con la igualdad el gran motor de la evolución humana. En realidad, ambos son una mera ficción, ni somos libres ni somos iguales, y nunca seremos libres ni seremos iguales. Antes eran otros los que negaban nuestra libertad y nuestra igualdad. Hoy somos nosotros mismos quienes nos esclavizamos y somos incapaces de aceptar la diferencia. Todo lo que nos rodea en la sociedad occidental ya no sólo nos impone nuestra auto-sobreexplotación. Tenemos que ser bellos, productivos, intachables, sanos, ecológicos, comprometidos, sensibles, concienciados. Debemos ser perfectos novios, amantes, esposos, padres. El resultado es que ya no hay enemigo ni opresor contra el que alzarse, porque hemos conseguido que nosotros seamos nuestro propio tirano. No me extraña que las profesiones del futuro en el primer mundo sean la psicología y la geriatría: todo se llenará de viejos congrandes trastornos emocionales.
Estoy harto de estos psico-pedagogos que se empeñan en culpabilizarnos porque no somos los padres perfectos: los esclavos de nuestros hijos. Harto de los profetas de lo sano (estoy por ponerme a fumar puros), de los ascetas de la falsa sobriedad, harto de lo políticamente correcto, de que hayamos pervertido las relaciones humanas hasta el punto de que todas se pueden reconducir a un acoso. Miren, no hay cosa que más daño ha ocasionado en nuestras sociedades que la filosofía de la felicidad bobalicona y crédula que nos tratan de transmitir. Mensajes como que uno puede lograr todo lo que pretende con tan sólo proponérselo firmemente, que la felicidad está ahí para agarrarla, que la vida puede convertirse en una sucesión de hechos maravillosos y asombrosos, que tan sólo se trata de ver las cosas de otra forma. Y ya ni les cuento el peligro que tiene la vulgarización de la neurolingüística, de la que ha concluido qué si nos pasamos el día repitiéndonos que somos altos, guapos y ricos, acabaremos siéndolo. Menuda majadería. Estamos rodeados de chamanes y cuentistas de la felicidad naif. Y eso solo conduce a nuestra sobreexplotación y necesariamente a la tristeza, porque llegará ese día en el que comprobaremos que ni somos altos, ni guapos ni mucho menos ricos, y no sabremos manejar el azar del día a día. Y ese día, los demonios se desatarán, y esto acabará mal.


(Publicado en El Comercio, 11 de febrero de 2018)

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