A mí me trae bastante sin cuidado
si la jefatura de nuestro Estado la desempeña un monarca o un presidente. Creo
que éste es un debate agotado en el seno de sociedades democráticas maduras
como la nuestra. Me da la impresión de que el republicanismo como ideología partidista
es cosa de otro tiempo, y más propio de los siempre insatisfechos revisionistas
históricos. Cosa distinta es que la monarquía resulte un anacronismo en el
nacimiento contemporáneo de un nuevo Estado, o que en buena teoría sea
inconsistente con un modelo democrático de sociedad donde es inaceptable que la
titularidad de un órgano del Estado sea hereditaria. Dicho esto, nuestro Estado
es una monarquía parlamentaria, y hasta la fecha no nos ha ido mal; ni tiene
pinta que por ese lado las cosas se tuerzan.
Dicho esto, he de decirles que me
siento representado por la forma y el estilo de Felipe VI. Somos más o menos de la quinta, y salvando
las más que evidentes distancias (él es más alto y no es calvo…), creo que
encarna bien al español medio de su generación. De eso se trata, por cierto. La
figura del Jefe de Estado siempre tiene una enorme carga simbólica. En el caso
de un presidente electo, a la alemana, por ejemplo, probablemente pese sobre
todo su autoridad moral más que ser trasunto de una generación. En la figura
presidencial se deposita ante todo la fe en la mesura de la edad y la
experiencia. Así la elección se aleja del partidismo, y quizá por esos suele
ser, sino siempre, un prohombre de consenso. En el monarca, el inconveniente hereditario
exige un simbolismo generacional. Su figura debe ligarse muy estrechamente a la
realidad de su momento, y quizá la mejor manera resulte ser la de un señor que
desempeña un trabajo como cualquier otro hombre de su edad. De ahí esa
cuidadísima levedad, esa casi imperceptible presencia, que apenas se distingue
de la de cualquier otro. Obviamente no niego que su vida y su presencia no es
como la suya o la mía. Usted y yo no despachamos con el Presidente del
Gobierno, no recibimos las credenciales de los embajadores, ni residimos en
palacio. Pero lo difícil de su papel, para lograr la aceptación que lo legitime
socialmente, es lograr hacer todo eso como si se tratase de un servidor público
más. A eso ayuda ese estudiado empeño en vivir como los demás, en tener una
familia como los demás, ir en un coche como los demás, dejar a las niñas en el
cole como los demás, y salir al cine y a una pizzería como los demás. ¿Qué no
es así? ¡Pues toma, claro! Pero lo que importa no es cómo son las cosas, sino
cómo se transmiten y reciben. A uno le apetece contarle a Felipe VI el palo que
es cambiarle los neumáticos al coche y lo harto que está uno de tanta actividad
extraescolar de los hijos. En fin, que en él se ve a un tipo normal. Un rey,
sí, pero un tipo normal.
Llegó a la Corona en un momento
muy crítico para el país y para la monarquía española. España sumida en una
profunda crisis, sobre todo de identidad, y un rey ahora emérito que había
dilapidado, quizá sin saberlo, su crédito. Pero Felipe ya estaba entrenado. Se
había preparado a fondo para el cambio de tercio. En un momento dado optó por
el gris marengo y el corte funcionario casándose con una plebeya, y además
periodista, y abandonó la frivolidad de las modelos y las princesas de cuento.
No se le ve en Gstaad, sino en Albacete. Luego asumió el reto de ser el rey de una
generación indignada (pero la indignada de verdad, la que paga IRPF). Supo ser
leve en tiempos de plomo, y optó por vaqueros y cine, y dejó las cacerías para
otros de otros tiempos. No quiso ser el rey de la escopeta nacional porque nuestra
generación es otra. Es verdad que me marean tantos modelitos de la reina. Pero
esa imagen estilosa conecta, no cabe duda, con una mujer moderna, profesional,
femenina, que sabe estar en su sitio, y su sitio no es el del jarrón florero;
pero tampoco el de una teta en las capillas universitarias. Ambos han
trasladado lecciones de discreción y sobriedad. Y cuando Felipe tuvo que estar,
estuvo. Ese es su papel simbólico primordial. Trasladar la imagen de un país serio,
profesional y de una pieza. Y lo que es aún más importante, que no se le nota…
el rey debe ser liviano, apenas existente, porque es un símbolo y los símbolos
tienen que estar ahí para cuando se les necesita. Ha sabido ser leve. Viva este
rey.
(PUBLICADO EN EL COMERCIO, 30 DE ENERO DE 2018)
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