martes, 30 de enero de 2018

LA IMPORTANCIA DE SER LEVE


A mí me trae bastante sin cuidado si la jefatura de nuestro Estado la desempeña un monarca o un presidente. Creo que éste es un debate agotado en el seno de sociedades democráticas maduras como la nuestra. Me da la impresión de que el republicanismo como ideología partidista es cosa de otro tiempo, y más propio de los siempre insatisfechos revisionistas históricos. Cosa distinta es que la monarquía resulte un anacronismo en el nacimiento contemporáneo de un nuevo Estado, o que en buena teoría sea inconsistente con un modelo democrático de sociedad donde es inaceptable que la titularidad de un órgano del Estado sea hereditaria. Dicho esto, nuestro Estado es una monarquía parlamentaria, y hasta la fecha no nos ha ido mal; ni tiene pinta que por ese lado las cosas se tuerzan.
Dicho esto, he de decirles que me siento representado por la forma y el estilo de Felipe VI.  Somos más o menos de la quinta, y salvando las más que evidentes distancias (él es más alto y no es calvo…), creo que encarna bien al español medio de su generación. De eso se trata, por cierto. La figura del Jefe de Estado siempre tiene una enorme carga simbólica. En el caso de un presidente electo, a la alemana, por ejemplo, probablemente pese sobre todo su autoridad moral más que ser trasunto de una generación. En la figura presidencial se deposita ante todo la fe en la mesura de la edad y la experiencia. Así la elección se aleja del partidismo, y quizá por esos suele ser, sino siempre, un prohombre de consenso. En el monarca, el inconveniente hereditario exige un simbolismo generacional. Su figura debe ligarse muy estrechamente a la realidad de su momento, y quizá la mejor manera resulte ser la de un señor que desempeña un trabajo como cualquier otro hombre de su edad. De ahí esa cuidadísima levedad, esa casi imperceptible presencia, que apenas se distingue de la de cualquier otro. Obviamente no niego que su vida y su presencia no es como la suya o la mía. Usted y yo no despachamos con el Presidente del Gobierno, no recibimos las credenciales de los embajadores, ni residimos en palacio. Pero lo difícil de su papel, para lograr la aceptación que lo legitime socialmente, es lograr hacer todo eso como si se tratase de un servidor público más. A eso ayuda ese estudiado empeño en vivir como los demás, en tener una familia como los demás, ir en un coche como los demás, dejar a las niñas en el cole como los demás, y salir al cine y a una pizzería como los demás. ¿Qué no es así? ¡Pues toma, claro! Pero lo que importa no es cómo son las cosas, sino cómo se transmiten y reciben. A uno le apetece contarle a Felipe VI el palo que es cambiarle los neumáticos al coche y lo harto que está uno de tanta actividad extraescolar de los hijos. En fin, que en él se ve a un tipo normal. Un rey, sí, pero un tipo normal.

Llegó a la Corona en un momento muy crítico para el país y para la monarquía española. España sumida en una profunda crisis, sobre todo de identidad, y un rey ahora emérito que había dilapidado, quizá sin saberlo, su crédito. Pero Felipe ya estaba entrenado. Se había preparado a fondo para el cambio de tercio. En un momento dado optó por el gris marengo y el corte funcionario casándose con una plebeya, y además periodista, y abandonó la frivolidad de las modelos y las princesas de cuento. No se le ve en Gstaad, sino en Albacete. Luego asumió el reto de ser el rey de una generación indignada (pero la indignada de verdad, la que paga IRPF). Supo ser leve en tiempos de plomo, y optó por vaqueros y cine, y dejó las cacerías para otros de otros tiempos. No quiso ser el rey de la escopeta nacional porque nuestra generación es otra. Es verdad que me marean tantos modelitos de la reina. Pero esa imagen estilosa conecta, no cabe duda, con una mujer moderna, profesional, femenina, que sabe estar en su sitio, y su sitio no es el del jarrón florero; pero tampoco el de una teta en las capillas universitarias. Ambos han trasladado lecciones de discreción y sobriedad. Y cuando Felipe tuvo que estar, estuvo. Ese es su papel simbólico primordial. Trasladar la imagen de un país serio, profesional y de una pieza. Y lo que es aún más importante, que no se le nota… el rey debe ser liviano, apenas existente, porque es un símbolo y los símbolos tienen que estar ahí para cuando se les necesita. Ha sabido ser leve. Viva este rey.

(PUBLICADO EN EL COMERCIO, 30 DE ENERO DE 2018)

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