Buen viaje amigo. Ya sé que tú y
yo no compartimos nuestro tiempo como lo hicimos con otros compañeros.
Circunstancias de la vida y querencias normales. A ti te gustaba más frecuentar
la amistad de nuestro querido compañero y amigo Juan Luis Requejo. Os unían
visiones y aficiones comunes, y, yo en definitiva, no dejaba de ser un antiguo
alumno tuyo de primero de Derecho, y ni siquiera me atrevo a decir que casi el
último discípulo de Ignacio de Otto. No obstante, nunca me faltó tu aprecio y
reconocimiento. Yo admiraba tu saber enciclopédico, tu sentido de la buena
vida, tu pasión por tu trabajo. Eras un universitario de raza, de los que no
quedan ya. Ahora estamos rodeados de gente con la que ya no nos entendemos
porque son universitarios de otra forma. No sé si mejores o peores; pero sí
distintos. Yo no comparto su forma de vivir la universidad y creo que tú
tampoco lo harías. Ambos crecimos en una forma de entender este trabajo como
una vocación casi religiosa. Más tú que yo, que a mí siempre me gustó
zascandilear y caciplar en otros lares. Fíjate que con el tiempo, me he hecho
más creyente en la fé de la Universidad con mayúsculas, en que lo que hacemos
sí tiene sentido, y que para hacerlo bien hay que sumirse en la soledad del
pensamiento. Tú hacía tiempo que lo habías descubierto y yo no supe entenderte.
Te voy a echar de menos Corros,
porque contigo me he reído mucho. Me encantaba esa fina ironía, privilegio de
los más inteligentes; la forma en la que habías hecho de tu vida la expresión
cotidiana de la máxima orteguiana: la elegancia en la palabra es la expresión
de nuestro respeto a los lectores. En eso, y en otras muchas cosas, eras un
maestro. Leerte y escucharte siempre era un inmenso placer. Creo que te
encantaría saber que si hay una palabra que te define es justo eso, elegante.
La elegancia es una actitud vital que se alimenta del equilibrio, de la
proporción en el pensar, en el decir y el hacer. Y esa elegancia se transmitía
a tu apariencia. Cada día me recordabas más a Walter Benjamin. Qué curiosa
transición iconográfica, de Trotsky (¡porque vaya si te dabas un aire a él!) a
Benjamín. Pero también qué terrible señal del fin que te aguardaba y que nada
hacía presagiar hace unos años. Al final, la vida se encanalló contigo sin
motivo ni razón. Me gustaría ser creyente para poder refugiar mi tristeza en la
oración. Sé también que este artículo no habla de ti, ni cuenta lo gran
Historiador del Constitucionalismo que has sido, que Ignacio de Otto y
Francisco Tomás y Valiente estarían orgullosos de tu labor, de la herencia tan
grande y fértil que has dejado en tus discípulos, Ignacio Fernández Sarasola y
Antonio Franco, de que tú, y sólo tú, has fundado una línea de trabajo, la
Historia Constitucional, que nos faltaba en España, que dejaste escritas obras
de referencia indiscutible, y que eres, sin duda, un maestro de juristas. Pero
es que sólo me salen palabras llenas de silencio y ausencia. Te echaremos de
menos, Corros.
Vete tranquilo, ten buen viaje,
porque no has muerto, porque la muerte es olvido y nosotros no te olvidamos.
Sigues a nuestro lado recordándonos que el constitucionalista no dejar de ser
un historiador.
(Publicado en El Comercio, 1 de febrero de 2018)
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