viernes, 2 de febrero de 2018

BUEN VIAJE AMIGO

Buen viaje amigo. Ya sé que tú y yo no compartimos nuestro tiempo como lo hicimos con otros compañeros. Circunstancias de la vida y querencias normales. A ti te gustaba más frecuentar la amistad de nuestro querido compañero y amigo Juan Luis Requejo. Os unían visiones y aficiones comunes, y, yo en definitiva, no dejaba de ser un antiguo alumno tuyo de primero de Derecho, y ni siquiera me atrevo a decir que casi el último discípulo de Ignacio de Otto. No obstante, nunca me faltó tu aprecio y reconocimiento. Yo admiraba tu saber enciclopédico, tu sentido de la buena vida, tu pasión por tu trabajo. Eras un universitario de raza, de los que no quedan ya. Ahora estamos rodeados de gente con la que ya no nos entendemos porque son universitarios de otra forma. No sé si mejores o peores; pero sí distintos. Yo no comparto su forma de vivir la universidad y creo que tú tampoco lo harías. Ambos crecimos en una forma de entender este trabajo como una vocación casi religiosa. Más tú que yo, que a mí siempre me gustó zascandilear y caciplar en otros lares. Fíjate que con el tiempo, me he hecho más creyente en la fé de la Universidad con mayúsculas, en que lo que hacemos sí tiene sentido, y que para hacerlo bien hay que sumirse en la soledad del pensamiento. Tú hacía tiempo que lo habías descubierto y yo no supe entenderte.
Te voy a echar de menos Corros, porque contigo me he reído mucho. Me encantaba esa fina ironía, privilegio de los más inteligentes; la forma en la que habías hecho de tu vida la expresión cotidiana de la máxima orteguiana: la elegancia en la palabra es la expresión de nuestro respeto a los lectores. En eso, y en otras muchas cosas, eras un maestro. Leerte y escucharte siempre era un inmenso placer. Creo que te encantaría saber que si hay una palabra que te define es justo eso, elegante. La elegancia es una actitud vital que se alimenta del equilibrio, de la proporción en el pensar, en el decir y el hacer. Y esa elegancia se transmitía a tu apariencia. Cada día me recordabas más a Walter Benjamin. Qué curiosa transición iconográfica, de Trotsky (¡porque vaya si te dabas un aire a él!) a Benjamín. Pero también qué terrible señal del fin que te aguardaba y que nada hacía presagiar hace unos años. Al final, la vida se encanalló contigo sin motivo ni razón. Me gustaría ser creyente para poder refugiar mi tristeza en la oración. Sé también que este artículo no habla de ti, ni cuenta lo gran Historiador del Constitucionalismo que has sido, que Ignacio de Otto y Francisco Tomás y Valiente estarían orgullosos de tu labor, de la herencia tan grande y fértil que has dejado en tus discípulos, Ignacio Fernández Sarasola y Antonio Franco, de que tú, y sólo tú, has fundado una línea de trabajo, la Historia Constitucional, que nos faltaba en España, que dejaste escritas obras de referencia indiscutible, y que eres, sin duda, un maestro de juristas. Pero es que sólo me salen palabras llenas de silencio y ausencia. Te echaremos de menos, Corros.

Vete tranquilo, ten buen viaje, porque no has muerto, porque la muerte es olvido y nosotros no te olvidamos. Sigues a nuestro lado recordándonos que el constitucionalista no dejar de ser un historiador.   

(Publicado en El Comercio, 1 de febrero de 2018)

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