martes, 30 de enero de 2018

ODA A LA VIDA RAZONABLEMENTE INSANA

Sé que me voy a meter en problemas con esta entrega. Que las huestes de la salud, pública y privada, se abalanzarán sobre mí con saña, y probablemente con mucha razón. Ojo que con esta reflexión no pretendo yo que la gente fume, se drogue y ande con malas compañías. No, en absoluto. Pero verán, es que con tanta salud y tanto cuidarse no hago más que cagarme y mearme a todas horas (y perdón por la franqueza cruda y escatológica).
Resulta que llegan las fiestas navideñas y todo es comer. Y luego, llega el anunciante de turno que nos machaca con su publicidad del milagro anti-colesterol, y nos saca a un tipo avinagrado (siempre son hombres lo que ejercen este papel), chupao y desnutrido, que se fustiga porque durante unos días al año dio rienda suelta a su gula. Verán, claro que es crucial cuidarse y llevar una vida saludable. Pero no porque lo digan nuestros médicos ni la publicidad ni el Ministerio de Sanidad o la OMS. Tampoco porque con eso se ligue más, o se alcance un vida más plena y feliz. No, la razón es porque si nos cuidamos vamos a durar más y en mejor estado y condición para poder disfrutar de la vida en el momento en que por edad nos vaya tocando… eso siempre que Montoro no le dé por enredar con la edad de jubilación. Yo me cuido porque quiero llegar a ese momento en plena forma para hacer lo que me venga en gana (siempre dentro de un orden, claro está). Lo de la felicidad se lo dejo a los gurús de la autoayuda (la felicidad es una aptitud y no un estado). Lo de ligar y la plenitud de la vida no nos la va a dar comer brócoli hervido o semillas de chía. Es más. Las personas más plenas, felices y alegres que yo conozco pasan totalmente del aceite de coco, la comida macrobiótica, las cervezas sin alcohol y los copos de avena. Y de verdad les digo, que si tengo que estar pendiente todo el día de tomarme el sinfín de pastillas y preparados que se toma Sánchez Dragó, y preocupado a todas horas por la procedencia de lo que como o la etiqueta de su embalaje, casi que prefiero que el colesterol me suba hasta las nubes. Seré un inconsciente, no digo que no… pero feliz. Si es que ya no se puede tomar tranquilo ni un gin-tonic (y dejaré para otro día la colección de horteras que han convertido esta bebida en una oposición a notarías), o una cerveza sin que el médico ponga en tu historial “consumidor habitual de alcohol”. ¡Por una cañita al día! ¡Estamos locos!
Porque, vamos a ver, seamos sinceros, desenmascaremos de una vez al floreciente, y muy respetable desde luego, mercado de los superalimentos y los productos eco y sanos. ¡Son una tristeza! Sanos, sí, ¡pero una tristeza! Y encima te imponen una vida ligada al aseo más cercano. Porque, claro, uno se levanta por la mañana y bebe el agua détox con su limoncito y su pepinito, luego se toma un batido lleno de antioxidantes y mucha fibra, eso sobre todo, fibra mucha, muchísima, y luego se toma uno un arrocito integral y unas verduritas super ecológicas, y termina atiborrado de tés verdes, rojos, matchas… y el colmo llega con el ¡café verde! Pero vamos a ver, hombre, con lo bueno que está un buen cafetito con toda su cafeína, que uno se lo toma porque le reconforta, no porque lo desintoxique… y al acostarse más agua détox…. Y claro, te pasas el día de camino al baño. Desintoxicado, estar estás. Pero te vas meando y cagando a cada paso. Y encima ni se te quita la celulitis, ni los mogollitos, ni la sinusitis, ni se mitiga la calvicie, ni te pones cachas… De verdad, un soberano coñazo.

¿Saben por qué esa gente de esos sitios donde se supone que viven los más longevos alcanzan semejante edad en plena forma? Ni comen semillas de chía, ni beben agua détox, ni café verde, ni copos de avena, no brócoli hervido. No, lo que hacen es vivir tranquilos y en paz consigo mismos. Vaya, que no ven anuncios de bebibles anti-colesterol.   

(PUBLICADO EN EL COMERCIO EL 28 DE ENERO DE 2018)

LA IMPORTANCIA DE SER LEVE


A mí me trae bastante sin cuidado si la jefatura de nuestro Estado la desempeña un monarca o un presidente. Creo que éste es un debate agotado en el seno de sociedades democráticas maduras como la nuestra. Me da la impresión de que el republicanismo como ideología partidista es cosa de otro tiempo, y más propio de los siempre insatisfechos revisionistas históricos. Cosa distinta es que la monarquía resulte un anacronismo en el nacimiento contemporáneo de un nuevo Estado, o que en buena teoría sea inconsistente con un modelo democrático de sociedad donde es inaceptable que la titularidad de un órgano del Estado sea hereditaria. Dicho esto, nuestro Estado es una monarquía parlamentaria, y hasta la fecha no nos ha ido mal; ni tiene pinta que por ese lado las cosas se tuerzan.
Dicho esto, he de decirles que me siento representado por la forma y el estilo de Felipe VI.  Somos más o menos de la quinta, y salvando las más que evidentes distancias (él es más alto y no es calvo…), creo que encarna bien al español medio de su generación. De eso se trata, por cierto. La figura del Jefe de Estado siempre tiene una enorme carga simbólica. En el caso de un presidente electo, a la alemana, por ejemplo, probablemente pese sobre todo su autoridad moral más que ser trasunto de una generación. En la figura presidencial se deposita ante todo la fe en la mesura de la edad y la experiencia. Así la elección se aleja del partidismo, y quizá por esos suele ser, sino siempre, un prohombre de consenso. En el monarca, el inconveniente hereditario exige un simbolismo generacional. Su figura debe ligarse muy estrechamente a la realidad de su momento, y quizá la mejor manera resulte ser la de un señor que desempeña un trabajo como cualquier otro hombre de su edad. De ahí esa cuidadísima levedad, esa casi imperceptible presencia, que apenas se distingue de la de cualquier otro. Obviamente no niego que su vida y su presencia no es como la suya o la mía. Usted y yo no despachamos con el Presidente del Gobierno, no recibimos las credenciales de los embajadores, ni residimos en palacio. Pero lo difícil de su papel, para lograr la aceptación que lo legitime socialmente, es lograr hacer todo eso como si se tratase de un servidor público más. A eso ayuda ese estudiado empeño en vivir como los demás, en tener una familia como los demás, ir en un coche como los demás, dejar a las niñas en el cole como los demás, y salir al cine y a una pizzería como los demás. ¿Qué no es así? ¡Pues toma, claro! Pero lo que importa no es cómo son las cosas, sino cómo se transmiten y reciben. A uno le apetece contarle a Felipe VI el palo que es cambiarle los neumáticos al coche y lo harto que está uno de tanta actividad extraescolar de los hijos. En fin, que en él se ve a un tipo normal. Un rey, sí, pero un tipo normal.

Llegó a la Corona en un momento muy crítico para el país y para la monarquía española. España sumida en una profunda crisis, sobre todo de identidad, y un rey ahora emérito que había dilapidado, quizá sin saberlo, su crédito. Pero Felipe ya estaba entrenado. Se había preparado a fondo para el cambio de tercio. En un momento dado optó por el gris marengo y el corte funcionario casándose con una plebeya, y además periodista, y abandonó la frivolidad de las modelos y las princesas de cuento. No se le ve en Gstaad, sino en Albacete. Luego asumió el reto de ser el rey de una generación indignada (pero la indignada de verdad, la que paga IRPF). Supo ser leve en tiempos de plomo, y optó por vaqueros y cine, y dejó las cacerías para otros de otros tiempos. No quiso ser el rey de la escopeta nacional porque nuestra generación es otra. Es verdad que me marean tantos modelitos de la reina. Pero esa imagen estilosa conecta, no cabe duda, con una mujer moderna, profesional, femenina, que sabe estar en su sitio, y su sitio no es el del jarrón florero; pero tampoco el de una teta en las capillas universitarias. Ambos han trasladado lecciones de discreción y sobriedad. Y cuando Felipe tuvo que estar, estuvo. Ese es su papel simbólico primordial. Trasladar la imagen de un país serio, profesional y de una pieza. Y lo que es aún más importante, que no se le nota… el rey debe ser liviano, apenas existente, porque es un símbolo y los símbolos tienen que estar ahí para cuando se les necesita. Ha sabido ser leve. Viva este rey.

(PUBLICADO EN EL COMERCIO, 30 DE ENERO DE 2018)

lunes, 15 de enero de 2018

EL EXTRAÑO CASO DEL EXILIADO PRESIDENTE

Una de las primeras cosas que detectamos los que nos dedicamos al Derecho cuando nos enfrentamos a un fundamentalista es que manipula el derecho hasta la náusea. Esto es todo un reto porque aquello que para nosotros es puro sentido común y lógica, se desvanece entre sus dedos y nos abruman con una batería de inconsistencias irrazonables. Este reto es el que plantea la hipotética investidura de Puigdemont. Cuando lean esto ya se habrán pronunciado los letrados del parlamento catalán y unos y otros. Aun así, me arriesgo a opinar.

Voy a hacer el esfuerzo de ponerme moderno y aceptar que sea posible que un electo pueda tomar posesión apoderando notarialmente a un tercero para hacerlo. Voy a creer que el Tribunal Supremo permita a los electos encarcelado acudir a la sesión constitutiva del Parlament y posteriormente a la de investidura. Pero, en mi condición de constitucionalista, me suscitan dudas una serie de cuestiones que, además, han apuntado ya otros colegas serios y rigurosos. La primera es que para alcanzar la plena condición de diputado en el Parlamento de Cataluña debe jurar o prometer respetar la Constitución y el Estatuto de Autonomía. Al margen de lo abracadabrante que será ver cómo los secesionistas confesos juran o prometen la Constitución, ese es un acto personalísimo y que normalmente se realiza en un acto específico donde la presencia del interesado parece condición inexcusable para acreditar que lo hace libre, consciente y voluntariamente… aunque sea por “imperativo legal”. Voy a ponerme más moderno aún si cabe, y aceptar con toda normalidad que la toma de posesión de los electos se haga por poderes. Me resulta especialmente chocante que se acepte sin más que unos diputados, incluido el que quiere postularse como presidente, lo hagan incumpliendo su deber de asistir a las sesiones del Parlament. Su reglamento de funcionamiento prevé las causas tasadas de delegación de voto. Ninguna contempla estar en la cárcel o fugado en el extranjero. Ese mismo reglamento que dicen que no impide la presencia e investidura virtual de Puigdemont, establece con toda claridad que el candidato hará uso de la palabra… hay que echarle mucha imaginación jurídica para entender que ese uso no sea presencial y personal, y que quien pretende ser presidente de una Comunidad Autónoma defienda su candidatura y programa por persona interpuesta (¿también el interpuesto responderá a las preguntas que le dirijan en el debate de investidura el resto de diputados o tendrá un pinganillo por el que el exiliado le chivará las respuestas?) o por Skype. Y no entro en consideraciones relativas al entendimiento serio, riguroso, avisado y razonable del parlamentarismo democrático, incluso del moderno. A mí me basta con reparar en que la vinculación al reglamento de la cámara es positivo. Me explico, lo que el reglamento no prevé no existe. En contra de lo que estos genios del derecho han argumentado, si el reglamento no prevé tomas de posesión virtuales o por poderes, si no prevé debates por Skype o por persona interpuesta, no se pueden celebrar. Concluir lo contrario es asumir que la Mesa del Parlamento no solo puede llenar lagunas, sino que también puede crear normas donde no las hay. Respetar rigurosamente lo que dispone el reglamento de un parlamento es una garantía democrática de que los procedimientos parlamentarios no se alteran y pervierten atentando contra los derechos de aquellos otros parlamentarios que también representan a otros tantos ciudadanos que igual no ven con tanta condescendencia el parlamentarismo holográfico. 

(publicado en EL COMERCIO, 14 de enero de 2018)

lunes, 18 de diciembre de 2017

LIBERTAD DE EXPRESIÓN, AUNQUE DUELA

Advierto de un tiempo para acá una cada vez mayor “penalización” de los casos de libertad de expresión. Me explico. Casi no hay semana en la que los medios de comunicación no se hagan eco de un caso en el que a alguien se le procesa penalmente o se le condena por sus opiniones. Ojo, no confundir esto con el discurso y queja demagógica y perversa de los independentistas catalanes cuando dicen que sus políticos presos lo están por las ideas que expresan, por sus opiniones. Hombre, pues mire, no. No están por sus ideas ni por las opiniones en las que las expresan, sino por la presunta comisión de actos tumultuarios o por haber presuntamente pasado de las palabras a los hechos formalizando en su condición de cargos institucionales (Presidente de la Generalitat, Consellers, parlamentarios…) decisiones y acuerdos manifiestamente contrarios a la integridad territorial del Estado español. Esto señores si han sido imputados en procesos penales, no lo han sido por lo que han dicho o las ideas que han defendido, sino porque parece que han actuado gravemente en contra del ordenamiento jurídico español.
Pero dicho esto, sí que me preocupa la creciente penalización de los casos, esto sí, de ejercicio de la libertad de expresión. Me llama la atención, además, el empeño de los jueces penales españoles, en particular la Audiencia Nacional, en criminalizar ciertas conductas expresivas, que pueden ser especialmente molestas, inquietantes incluso, hasta ofensivas, pero que, a mi juicio, no hay razón alguna para sancionarlas ni civil ni penalmente, so pena de infringir el artículo 20 de la Constitución española. Este precepto garantiza con un especial vigor la libertad de expresión e información en España, y la jurisprudencia del Tribunal Constitucional español, atenta y coherente con la del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, ha hecho tradicionalmente una defensa encomiable de estas libertades en la convicción que si ella y sin un mercado de las ideas robusto, libre, en el que todo pueda ser dicho y discutido, no es posible una democracia sana y robusta. Juicios penales por organizar una pitada al himno nacional o al Rey en un partido de fútbol, condenas penales por bromas de mal gusto difundidas a través de un tuit, cárcel por quemar fotos del Jefe del Estado o por injuriarlo… Hemos vuelto a los años ochenta donde la judicatura tenía poca fe en la libertad de expresión y el Tribunal Constitucional desplegaba un titánico esfuerzo en corregirles y darles criterios claros para distinguir lo que estaba protegido por el artículo 20 de la Constitución y lo que no. Ahora parece que esos cánones se han olvidado. Incluso el Tribunal Constitucional lo ha hecho, porque parece que ya no recuerda su sentencia 107/1988 en la que vino a decir que con sólo las opiniones no se ofende ni agrede penalmente a ninguna institución del Estado, ni siquiera al Rey. Ahora hemos pasado a que mofarse o atacar al Rey acarrea la cárcel sin remisión. El problema de todo esto, y hasta no hace poco lo decía el Tribunal Constitucional, y desde siempre el Europeo de Derechos Humanos, es que este tipo de comportamiento judicial conduce a un inexorable debilitamiento del debate público y la libre opinión por el efecto de desaliento que sus sentencias provocaba en un potencial ciudadano que ante el riesgo de ser encarcelado prefiere guardar silencio.

Y miren que el canon fijado por el Tribunal Constitucional en materia penal era muy claro y simple: si no hay expresiones formalmente injuriosas y además innecesarias para el mensaje que se quiere expresar…  no hay delito, sólo libertad de expresión. Aunque esa expresión duela u ofenda.

(Publicado en El Comercio el 17 de diciembre de 2017)

TWITTER Y OTROS ÍDOLOS DE BARRO


Toda época ha tenido a sus propios ídolos de barro. En la nuestra son esos veinteañeros listos y ocurrentes que tuvieron la idea feliz de convertir en negocio la necesidad humana de chismorrear. Ya saben que una de las teorías más pujantes sobre el origen del lenguaje humano (ligado a la revolución cognitiva que transformó el mono en humanoide –Yuval Noah Harari-) dicen que todo surgió de la necesidad de compartir cotilleos. Eso siempre ha existido, y lo que estos cracks fue universalizarlos. Ahora cotilleamos todos de todos y de todo. El chismorreo se ha hecho planetario, y lo ha llenado todo de un ruido ensordecedor.
Porque no es cierto que haya una infestación informativa de tal magnitud que ha banalizado la realidad y nos ha hecho inmunes a los hechos. El flujo de información es algo mayor y más plural que el que había gracias a los medios digitales. Lo que ha ocurrido es que por el mismo canal por el que antes sólo recibíamos información, y también cotilleo pero en mucha menos cantidad, fluye torrencialmente el chismorreo, y lo que es tremendo, la mera ocurrencia y la diarrea mental de mucho descerebrado. La posverdad, la infoxicación, el autismo informativo… todos esos fenómenos aparejados a la revolución tecnológica no son sino la expresión planetaria de algo que ya existía y que probablemente siempre ha sido así: la babayada global. Creo que tendemos a proyectar una imagen idealizada del ser humano pre-tecnológico como si sólo leyese el Times, se informase en la BBC y sólo ocasionalmente se rindiese a la frivolidad del chismorreo. Lo cierto es que no es así. Siempre hemos tenido una querencia por la babayada, sólo que ahora la propagamos planetariamente.
Lo que ha ocurrido con fenómenos como Facebook y Twitter es que todo el mundo se ha convertido en una fuente de información sobre la realidad, una realidad que ya no es la inmediata y circundante, puede ser la más remota posible; y que lo que antes se quedaba en la barra del chigre ahora circula en tiempo real por todo el universo y además se lo escupimos directamente a la fuente o al protagonista del evento. Encima, súmenle la perversa y equívoca sensación de anonimato que nos da enviar un twitt, un comentario o lo que sea en la soledad de la noche y con la pantalla de nuestro móvil como testigo. Sólo que tras esa pantalla hay millones de seres humanos ávidos de consumir chismes y sandeces. Pienso que quizá la única forma de que esta marea de vulgaridad y descabezamiento remita no es limitando o castigando severamente al ocurrente de turno, sino que cada cual se acostumbre a no exponerse tanto al mundo. A lo mejor hay que dejar de hacer tanto exhibicionismo y contenerse un poco en nuestra necesidad de compartir siempre y a todas horas nuestras opiniones y pensamientos.

Dicho esto, sigo sin saber muy bien qué mérito tienen esos veinteañeros que lo único que han aportado a la humanidad es la era del chisme planetario, con lo que, además, se han hecho multimillonarios (y alguno ha sido incapaz incluso de concluir sus estudios universitarios… pero, ¿para qué? Total, le caen los doctorados honoris causa por doquier). Esos son nuestros ídolos de barro 2.0, la gran broma de una hermandad universitaria convertida en la religión del siglo XXI.

(Publicado en El Comercio el 2 de diciembre de 2017)

UN ESCENARIO POSIBLE Y UNA REFORMA IMPROBABLE

Tras las elecciones del 21 de diciembre la partida queda en tablas. Separatistas y constitucionalistas empatan técnicamente; aunque finalmente el Gobierno que se forme será similar al destituido, y estará sostenido por el independentismo. ¿Sería posible una vuelta a atrás y un reinicio del proceso de desconexión? Se me antoja que la formación de ese gobierno iba a ser una tarea titánica, porque no veo a la CUP, y aledaños, apoyando a quienes a día de hoy consideran unos flojos, cuando no unos simples traidores. Es más, el PDCat se ha inclinado por un candidato tibio y más proclive a volver a la casilla de salida de 2008 , momento en el que se intentó un fallido acuerdo económico fiscal con el Gobierno de España. Sospecho que la víctima propiciatoria del proceso será este estertor de CiU que seguramente cosechará un resultado electoral casi testimonial. Esquerra ha amortizado por el momento a Junqueras, y coloca en su lugar una lideresa del proyecto independentista que da la impresión de sentirse más cómoda con la CUP y sus adláteres que con los descafeinados demócrata-catalanes. Del otro lado no hay más que la eterna oposición. El voto en Cataluña es pertinaz, y el paisaje parlamentario poco o nada va a cambiar. Si esto es así, y en la hipótesis de que Esquerra se haga con la Generalitat, cosa nada improbable, ¿el desgaste en la negociación para la formación del gobierno catalán será de tanta magnitud que no les dejará fuerzas para intentar la independencia de nuevo? ¿Habrán aprendido de este ensayo general fallido que el camino a la república independiente de su casa debe ser otro? No me extrañaría que se reivindicase una suerte de acuerdo con el Gobierno de España que de facto transforme Cataluña en una “nación libre asociada” al Estado español. ¿Acaso no lo es ya materialmente el País Vasco? ¿Por qué negarse a esta solución si puede ser un buen acuerdo para la convivencia y el respeto mutuo?
El problema aquí es la respuesta del Gobierno ante este posible escenario. Mantener el 155 si el resultado electoral no agrada no parece la opción política más adecuada. Esto no haría sino enquistar el conflicto aún más si cabe, sin ninguna garantía de mejora o reconducción. Llegar a un acuerdo es la única opción, sea económico (adoptar un modelo de concierto a la vasca) o político (una nación libre asociada). Pero uno u otro, si se quieren hacer bien, pasan por una reforma constitucional, y además de las agravadas, de esas que exigen mayorías y acuerdos muy duros, celebrar nuevas elecciones generales y referéndum aprobatorio de la reforma. El PP ya ha desautorizado al Presidente del Gobierno cuando recién estrenada la Comisión parlamentaria de estudio de la reforma ha sugerido que igual no están por la labor. Quizá no hayan caído en la cuenta de que la reforma constitucional puede ser la excusa perfecta para entretenernos durante lo que queda de legislatura, eximiendo al Gobierno y al Parlamento de otras tareas; para adelantar elecciones generales si eso conviene y sin necesidad de admitir que las ha forzado el mal resultado electoral en Cataluña; y para apaciguar el dragón catalán, pendiente de lo que resulte del pacto reformador. Ya ven que me he dejado llevar por el más puro tacticismo, porque si no les diría que al constitucionalismo le irá mal en las elecciones catalanas, y eso será un fracaso difícil de digerir para el Gobierno, que tendrá la tentación de perpetuar el 155 agravando en el tiempo el problema, yendo final e inexorablemente a un adelanto de elecciones porque no habrá manera de sacar adelante un presupuesto, sin la excusa de que así lo ordena la Constitución si el parlamento actual vota a favor de la reforma (la reforma, no se olvide, la hace el parlamento que resulte de esas elecciones). Pero para pensar todo esto hay que abandonar el cortoplacismo, y ese es un tema que no estaba en el temario de las oposiciones.

(Publicado en El Comercio, el 19 de noviembre de 2017)


lunes, 6 de noviembre de 2017

EL DÍA DESPÚES

Acabo de escuchar a un cineasta, si es que ese término existe, achacar el supuesto problema catalán a la condición acomplejada de los españoles (¿por qué tenemos esta manía de presumir la valía o la autoridad incuestionables de la opinión de alguien por dedicarse a tareas científica, intelectuales o artísticas?). Les explico. Resulta que según este sesudo director de cine la tendencia separatista del catalán (y mete en el mismo saco al vasco) es la consecuencia natural de la falta de autoestima del español y su pertinaz complejo de inferioridad. Nuestra manía de hacer de menos nuestros talentos y éxitos, de vivir acomplejados y admirando los logros ajenos y nunca los propios, ha llevado a que ciertos grupos sociales no quieran formar parte de una legión de apenados. Ellos son diferentes, porque ni tienen esos complejos ni están aquejados de falta de autoestima, ni quieren seguir al lado de quien no está orgulloso de sí mismo y sus paisanos. Por eso quieren irse. No quieren estar con tristes. La verdad es que no dejo de pasmarme ante tan finos análisis. Y miren que tengo cierta querencia por la psicología social jungueriana. Pero esto es demasiado. Porque en realidad ese argumento no esconde sino un terrible reproche para los “españolistas” (todos unos maricomplejines según parece) que nos acusa de ser la causa de la desafección de los catalanes, y una clara imputación de responsabilidades y culpas. Nosotros somos la razón de todo el mal porque somos unos acomplejados, envidiosos y pusilánimes. En fin…
En realidad, yo, de lo que les quería hablar, era del día después del 21 de diciembre. Todo parece indicar que el mapa electoral arrojará un resultado similar a las elecciones catalanas de 2015. Si es así, la partida seguirá en tablas y todo quedará al albur de la abstención. Será difícil que la participación supere el máximo del 77 % del 2015, y lo probable es que los separatistas se muevan en el entorno del 55 % del voto y los no separatistas se queden con el 45 % restante. No cabe duda de que serán elecciones plebiscitarias y que se convertirán en el referéndum que no fue y debió haber sido. Debió haber sido, porque, en primer lugar, hubiera reunido todas las garantías para que fuese serio y riguroso bajo la supervisión de la administración electoral española y no controlado por el separatismo; en segundo lugar, porque en ese momento el no a la independencia hubiera ganado, pues la actitud arrogante y sorda del Gobierno de Rajoy no habría polarizado y extremado las posiciones; y en tercer y último lugar, porque eso nos hubiese permitido aprender y copiar del proceso canadiense para desactivar el separatismo. Ahora me temo que es un poco tarde para ese camino. El voto está extremado y el sentimiento de humillación y frustración es muy profundo.
Así las cosas, tarde o temprano habrá que afrontar que hay que hacer un referéndum como dios manda y que los catalanes digan lo que quieren hacer con sus vidas. No podemos dejar en herencia a nuestros hijos y nietos este lío pendular y cíclico. Los hechos son tozudos, como la vida, y tarde o temprano deberemos afrontar este lío. No es excusa sostener que hacerlo encendería la mecha en otros lugares y que después vendrían los vascos, luego los gallegos… y los andaluces, ¿por qué no? Si le tenemos miedo al futuro, tendremos justo el que no queremos. A lo único que debemos temer es a nuestra propia inseguridad. Cataluña será un problema mientras nos empeñemos en que lo sea. Y desde luego no podemos pretender que el problema lo resuelvan los tribunales.

Tampoco va a ser la solución una reforma constitucional guiada por la profundamente desorientada idea de que más federalismo es más descentralización. Pero de eso hablaremos otro día.

(PUBLICADO EN EL COMERCIO EL 5 DE NOVIEMBRE DE 2017)