lunes, 18 de diciembre de 2017

TWITTER Y OTROS ÍDOLOS DE BARRO


Toda época ha tenido a sus propios ídolos de barro. En la nuestra son esos veinteañeros listos y ocurrentes que tuvieron la idea feliz de convertir en negocio la necesidad humana de chismorrear. Ya saben que una de las teorías más pujantes sobre el origen del lenguaje humano (ligado a la revolución cognitiva que transformó el mono en humanoide –Yuval Noah Harari-) dicen que todo surgió de la necesidad de compartir cotilleos. Eso siempre ha existido, y lo que estos cracks fue universalizarlos. Ahora cotilleamos todos de todos y de todo. El chismorreo se ha hecho planetario, y lo ha llenado todo de un ruido ensordecedor.
Porque no es cierto que haya una infestación informativa de tal magnitud que ha banalizado la realidad y nos ha hecho inmunes a los hechos. El flujo de información es algo mayor y más plural que el que había gracias a los medios digitales. Lo que ha ocurrido es que por el mismo canal por el que antes sólo recibíamos información, y también cotilleo pero en mucha menos cantidad, fluye torrencialmente el chismorreo, y lo que es tremendo, la mera ocurrencia y la diarrea mental de mucho descerebrado. La posverdad, la infoxicación, el autismo informativo… todos esos fenómenos aparejados a la revolución tecnológica no son sino la expresión planetaria de algo que ya existía y que probablemente siempre ha sido así: la babayada global. Creo que tendemos a proyectar una imagen idealizada del ser humano pre-tecnológico como si sólo leyese el Times, se informase en la BBC y sólo ocasionalmente se rindiese a la frivolidad del chismorreo. Lo cierto es que no es así. Siempre hemos tenido una querencia por la babayada, sólo que ahora la propagamos planetariamente.
Lo que ha ocurrido con fenómenos como Facebook y Twitter es que todo el mundo se ha convertido en una fuente de información sobre la realidad, una realidad que ya no es la inmediata y circundante, puede ser la más remota posible; y que lo que antes se quedaba en la barra del chigre ahora circula en tiempo real por todo el universo y además se lo escupimos directamente a la fuente o al protagonista del evento. Encima, súmenle la perversa y equívoca sensación de anonimato que nos da enviar un twitt, un comentario o lo que sea en la soledad de la noche y con la pantalla de nuestro móvil como testigo. Sólo que tras esa pantalla hay millones de seres humanos ávidos de consumir chismes y sandeces. Pienso que quizá la única forma de que esta marea de vulgaridad y descabezamiento remita no es limitando o castigando severamente al ocurrente de turno, sino que cada cual se acostumbre a no exponerse tanto al mundo. A lo mejor hay que dejar de hacer tanto exhibicionismo y contenerse un poco en nuestra necesidad de compartir siempre y a todas horas nuestras opiniones y pensamientos.

Dicho esto, sigo sin saber muy bien qué mérito tienen esos veinteañeros que lo único que han aportado a la humanidad es la era del chisme planetario, con lo que, además, se han hecho multimillonarios (y alguno ha sido incapaz incluso de concluir sus estudios universitarios… pero, ¿para qué? Total, le caen los doctorados honoris causa por doquier). Esos son nuestros ídolos de barro 2.0, la gran broma de una hermandad universitaria convertida en la religión del siglo XXI.

(Publicado en El Comercio el 2 de diciembre de 2017)

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