Toda época ha tenido a sus
propios ídolos de barro. En la nuestra son esos veinteañeros listos y
ocurrentes que tuvieron la idea feliz de convertir en negocio la necesidad
humana de chismorrear. Ya saben que una de las teorías más pujantes sobre el
origen del lenguaje humano (ligado a la revolución cognitiva que transformó el
mono en humanoide –Yuval Noah Harari-) dicen que todo surgió de la necesidad de
compartir cotilleos. Eso siempre ha existido, y lo que estos cracks fue
universalizarlos. Ahora cotilleamos todos de todos y de todo. El chismorreo se
ha hecho planetario, y lo ha llenado todo de un ruido ensordecedor.
Porque no es cierto que haya una
infestación informativa de tal magnitud que ha banalizado la realidad y nos ha
hecho inmunes a los hechos. El flujo de información es algo mayor y más plural
que el que había gracias a los medios digitales. Lo que ha ocurrido es que por
el mismo canal por el que antes sólo recibíamos información, y también cotilleo
pero en mucha menos cantidad, fluye torrencialmente el chismorreo, y lo que es
tremendo, la mera ocurrencia y la diarrea mental de mucho descerebrado. La
posverdad, la infoxicación, el autismo informativo… todos esos fenómenos
aparejados a la revolución tecnológica no son sino la expresión planetaria de
algo que ya existía y que probablemente siempre ha sido así: la babayada global.
Creo que tendemos a proyectar una imagen idealizada del ser humano
pre-tecnológico como si sólo leyese el Times, se informase en la BBC y sólo
ocasionalmente se rindiese a la frivolidad del chismorreo. Lo cierto es que no
es así. Siempre hemos tenido una querencia por la babayada, sólo que ahora la
propagamos planetariamente.
Lo que ha ocurrido con fenómenos
como Facebook y Twitter es que todo el mundo se ha convertido en una fuente de
información sobre la realidad, una realidad que ya no es la inmediata y
circundante, puede ser la más remota posible; y que lo que antes se quedaba en
la barra del chigre ahora circula en tiempo real por todo el universo y además
se lo escupimos directamente a la fuente o al protagonista del evento. Encima,
súmenle la perversa y equívoca sensación de anonimato que nos da enviar un
twitt, un comentario o lo que sea en la soledad de la noche y con la pantalla
de nuestro móvil como testigo. Sólo que tras esa pantalla hay millones de seres
humanos ávidos de consumir chismes y sandeces. Pienso que quizá la única forma
de que esta marea de vulgaridad y descabezamiento remita no es limitando o
castigando severamente al ocurrente de turno, sino que cada cual se acostumbre
a no exponerse tanto al mundo. A lo mejor hay que dejar de hacer tanto
exhibicionismo y contenerse un poco en nuestra necesidad de compartir siempre y
a todas horas nuestras opiniones y pensamientos.
Dicho esto, sigo sin saber muy
bien qué mérito tienen esos veinteañeros que lo único que han aportado a la
humanidad es la era del chisme planetario, con lo que, además, se han hecho
multimillonarios (y alguno ha sido incapaz incluso de concluir sus estudios
universitarios… pero, ¿para qué? Total, le caen los doctorados honoris causa
por doquier). Esos son nuestros ídolos de barro 2.0, la gran broma de una
hermandad universitaria convertida en la religión del siglo XXI.
(Publicado en El Comercio el 2 de diciembre de 2017)
No hay comentarios:
Publicar un comentario