lunes, 6 de febrero de 2017

Unos cuantos años de Estatuto de Autonomía

Asturias tiene alguna condición que debe tenerse en cuenta para responder sobre la vitalidad del Estatuto de Autonomía 35 años después de su aprobación. En primer lugar que somos muy pequeños. Tenemos un tamaño geográfico y poblacional que no permite milagros. En segundo lugar nuestra relación con el pasado. Asturias es rehén de su pasado, lo que nos hace aldeanos y melindrosos. Aquí siempre hay alguna cuenta que ajustar, algo de lo que quejarse y un rencor sordo y corrosivo que ha empujado a los mejores a irse. Y en tercer lugar, una sociedad civil muy frágil, inmadura y avejentada. Somos viejos mentalmente, como todas las sociedades pequeñas, aisladas y endogámicas. Una sociedad atrapada en la nostalgia de un pasado que nunca existió, que necesita reivindicarse constantemente haciendo un alarde de grandonismo provinciano que termina por asfixiar al más pintado. Asturias es la memoria de un espejismo en el tiempo. Eso explica nuestra endogamia socio-política, nuestra paralización endémica, nuestro aldeanismo pertinaz y excluyente. Ahí está nuestro empeño minero, que además sólo afecta a una parte menor de su espacio; o que sigamos dándole vueltas a la constitución de un gran centro metropolitano… una idea fracasada, antigua y obsoleta en la era de los “territorios inteligentes”.

Todo esto ha conducido a que en la escena político-social asturiana se sigan representando las mismas obras desde hace años, protagonizadas por los mismos personajes, hoy ya muy entrados en años y con un paradigma mental ajeno al siglo XXI. Todo ello nos ha hecho muy talentosos en echar fuera al talento, cuyo vacío se colma con toda clase de chigreros y farándula de pelaje diverso e incierto (aquí hay peluqueros-coach, cocineros-thinktank y  tenderos-influencers). Así las cosas, al pobre Estatuto no le ha ido nada bien con semejante paisanaje. Nuestro Estatuto es una buena norma, que nos ofrece todas las herramientas necesarias para crecer como territorio y como sociedad. Pero, ni se ha desarrollado legislativamente como debiera, ni se ha conseguido que la Administración pública asturiana sea un instrumento ágil y eficaz, ni nuestra sociedad política ha sido capaz de crecer sin mirar el retrovisor o sin estar al dictado de Madrid. A pesar de que nuestra pequeñez podía haber sido una ventaja para hacer buenas leyes, para tener una Administración con un tamaño adecuado y una clase política más dinámica, ha sido todo lo contrario. El desarrollo legislativo es paupérrimo, no disponemos de un cuerpo de leyes que haya servido para construir el esqueleto legal de la región dotándola de reglas claras y un marco jurídico para crear y crecer. La Administración que se edificó en los ochenta casi de la nada, con enorme esfuerzo y talento por quienes la idearon en el primer gobierno autónomo (tan brillante y motivado), sin embargo, con el paso del tiempo, se ha convertido en un lodazal de chiringuitos absurdos, en un elefante varado incapaz de dar servicio de calidad ahogada en sus guerras sindicales. Todo ello ha provocado que el Estatuto no haya sido la palanca para una estrategia de región que nos hubiese permitido crear un espacio atractivo y confortable donde estar y quedarse. Por eso, lo que hay que reformar no es el Estatuto, sino a la sociedad asturiana. Y yo me hago esta pregunta: Inditex tiene su centro neurálgico en Galicia, tierra de Amancio Ortega; ¿dónde está la sede central de El Corte Inglés? El Estatuto no tiene la culpa. 

PUBLICADO EN EL COMERCIO el 8 de enero de 2017

lunes, 19 de diciembre de 2016

Vivir en la edad de lo “fake”, o plagia que algo queda

(A María Elvira Muñiz, “Marial”, que me desveló el alma de las palabras y la honestidad de las ideas)
En estos tiempos de furibunda e infantil hiperpositividad, y de no menor desconcierto, huérfanos de todo relato que dé cuenta de nuestra vida y nuestra civilización, resulta que hay un montón de gente sesuda que reflexiona sobre el valor de copiar, de las falsificaciones. Sí, como lo oyen, ya hay una poética de la copia. Hasta existe un movimiento político denominado “fake” (“falso”, en inglés) que lucha contra el poder establecido difundiendo en las redes noticias y datos falsos. ¡Sí, hay gente para todo! Yo no salgo de mi asombro cuando leo que en el mundo del arte y del coleccionismo se está poniendo de moda lo “falso”, las “copias” y “falsificaciones”. Ha merecido hasta una exposición en el IVAM valenciano. La cosa no tiene desperdicio. Este pensamiento débil que gobierna cualquier discurso pretendidamente racional nos ha llevado a glorificar las falsificaciones y al falsario, como un remedo de Robin Hood posmoderno que hace accesible al pueblo llano (la “gente”) lo que sólo disfruta la oligarquía dominante. Como además vivimos en un mundo moralmente ambiguo, no falta quien pone en duda la maldad de la copia, la estafa y fraude en que consiste intrínsecamente la falsedad. El título de la mentada exposición lo dice todo “FAKE. No es verdad, no es mentira”. Entonces, ¿qué es?
Hablemos claro, una copia es una falsificación. Copiar diciendo que se copia puede tener un pase. Decir que uno copia no deja de ser un reconocimiento de la autoría de otro y nada tengo que decir si expresamente se avisa de que se copia (otra cosa es la responsabilidad legal por copiar). Al final quien obra de este modo es coherente con el exabrupto unamuniano, ¡qué inventen ellos! Pero copiar, falsear, sin advertir que se está copiando o falseando es una estafa en toda regla, es un engaño sin más paños calientes. Nunca he entendido por qué en estos tiempos nos cuesta tanto llamar a las cosas por su nombre, porque creemos que ser educado y civilizado consiste en ser un hipócrita. Una copia, una falsificación, es un plagio y una falsedad, y quien la comete con voluntad de engañar o de apropiarse del mérito de otro es un canalla. Como canalla es el tipo que se sirve del trabajo de los demás para presentarlo como propio. Es un parasitismo intelectual y vital inaceptable que dice muy poco de la catadura moral de quien perpetra semejante latrocinio. Y eso es lo que le acaba de pasar a un buen amigo, que ha descubierto cómo un colega universitario y purpurado le ha plagiado con toda impunidad un trabajo suyo. Casi lo peor no es el hecho, indudablemente deleznable a pesar de los teóricos del “fake”, sino la reacción de los otros, de quienes le excusan o mirara hacia otro lado. Éste siempre será el problema de este país con alma anarcosindicalista, nuestra escasa, sino inexistente, talla moral. En otros lares, le pillan a uno en ese marrón, y uno dimite sonrojado y de inmediato, y se le viene el cielo encima (acuérdense de aquel ministro alemán que había copiado su tesis doctoral). En este solar patrio estas conductas se disculpan y son objeto de filosofías y poéticas que elevan el “fake” a sublime expresión del más avispado intelecto. Ver para creer.
(Publicado en El Comercio, 11 de diciembre de 2016)

lunes, 14 de noviembre de 2016

TRUMP, ESE POBRE Y MARGINADO CHICO RICO QUE AHORA ES PRESIDENTE

Pues sí, Trump, es un pobre chico rico lleno de rencor y resentimiento hacia un sistema social y político que siempre lo rechazó y humilló, dominado por las élites del Upperside de Manhattan, formadas en las Universidades de la Ivy League (Harvard, Brown, Columbia, Cornell, Yale, Princeton, Pensilvania y Darmouth) y que constituyen la aristocracia de cartera, que no de sangre, que domina EEUU. Su carrera presidencial victoriosa es su dulce venganza. Ahora no lucha por ser aceptado en aquella élite, sino que se enfrenta a ella liderando al “hombre común” frente a una rubia, blanca, pija, formada en Harvard y expresión de una paradójica sucesión familiar al más puro estilo kirchneriano. No, Trump no es la expresión del triunfo de los “wasp” (acrónimo inglés para referirse a la hoy ya minoría “blanca, anglosajona y protestante”, descendientes directos de los primeros colonos entre los que estuvieron los “padres fundadores” de los EEUU); eso era Hillary. Él es el epítome del triunfo de la gente superflua, como diría Turguénev, excluida del lugar al que deseaban pertenecer, de los perdedores morales y sociales, de la inteligencia excedentaria. Su padre, como recordaba el editorialista del New York Times, ya le había tratado de persuadir de competir en las grandes ligas de los negocios. Ese no era su lugar. Los Trumo no son los Kennedy. Pero Trump dijo que no, que él quería pertenecer a ese mundo, y al final lo hizo a lo grande. Ahora les preside. Asusta pensar que esto ya lo pronosticaron los Simpson en un episodio  del año 2000.
Trump ha sido capaz incluso de arrebatarle a los Demócratas feudos históricos; ha captado el voto de la clase trabajadora blanca, de mediana edad y desencantada a pesar de que él, en su condición de empresario despiadado (recuerden su reality despidiendo gente a troche y moche) debería ser su enemigo de clase. Ha captado el voto de la mujer blanca, suburbana y rural, ama de casa o parada que vive en un villorrio o en un camping de autocaravanas; incluso ha captado el voto de jóvenes que han vuelto a sentir el ardor guerrero del patriotismo. Trump ha ganado porque se ha llevado el voto de los que se sienten perdedores, como también él se sintió; y de esto hay muchos en EEUU. Obama fue la voz de su esperanza; pero Hillary, la peor candidata posible para los Demócratas, era la expresión acabada de la aristocracia elitista de los Hampton. Trump, como él mismo dijo de sí, es su voz.  No es que conectase con ellos, era que él era uno de ellos a pesar de sus millones. Rompió todas las reglas porque él no tenía por qué respetarlas. No pertenecía al mundo que las creó y las impuso. Él era el “pueblo americano”, y se condujo como lo haría un americano medio del medio oeste bebiendo cerveza y viendo la superbowl en el bar de la esquina en cualquier lugar en mitad de la nada: soez, franco hasta la náusea, autoritario, y ventajista.

Trump ha cambiado la política porque ha roto la lógica conservadora-liberal de Republicanos y Demócratas. Él le habla a la gente de la calle. Ha entendido que la política hoy se debate entre los superfluos y la élite. Ha adoptado la retórica populista como la expresión de un nuevo sujeto político, la gente olvidada (Chantal Mouffe). La paradoja es que esta nueva teoría del populismo que quiere sustituir a la vieja lógica política marxista de la lucha de clases, la encarna un multimillonario blanco, anglosajón, protestante y extravagante. ¡Qué Dios nos ampare! 

(PUBLICADO EN EL COMERCIO, 13 DE NOVIEMBRE DE 2016)

NUEVA Y VIEJA POLÍTICA

Y por fin llegamos a IU y Ciudadanos (Cs). Envés y revés de una experiencia política. De un lado IU, heredera del histórico y decisivo PCE. De otro Cs, la expresión de un nuevo partido con una nueva concepción de la manera de hacer política. IU es la historia del descenso a los infiernos y Cs la del ascenso al cielo de los imprescindibles. Dos trayectos políticos en direcciones opuestas, pero que pueden explicar a la perfección lo que nos está ocurriendo.
IU es la expresión moribunda de la vieja política de izquierda. Un partido hecho de otros partidos, desgarrado internamente por ese no saber estarse quieto que siempre han tenido las izquierdas, plurales o no. Incapaces de no ser fratricidas, enredados en un eterno cainismo que les agota de tal forma que ya no tienen fuerza para hacer política. IU depende por entero de sus bases electorales, casi idénticas a su militancia. Cs sin embargo no vive de su militancia (inexistente), sino del voto del tercio medio y central (que no centrista) del electorado que tira de sufragio según le va el bolsillo o los ánimos. Ya no hay votantes racionales, sólo emite sufragios las emociones, e IU ha dejado de emocionar, y Cs provoca emociones que le han permitido ir de la nada al todo en un año electoral. Esa dependencia de la militancia, porque es su único voto, y la ambición de programa, programa, impone a IU una falta de practicidad en su quehacer político que ha terminado por hacerla irrelevante. Partida entre los que creen que Franco sigue vivo y está en todas partes (y a Pablo Iglesias, como antiguo militante se le nota ese sesgo), y los que se pierden en su propio discurso utópico y nostálgico de las revoluciones imposibles, IU ha constreñido su discurso al de la oposición porque sí, tratando de ser la voz de los desheredados de la tierra, náufraga en una grandilocuencia que tiende al vacío, y ajena a un votante que ni siquiera le suena quien fue Franco y quiere hechos y no promesas. Podemos no hizo sino rematar la faena que ya había iniciado Anguita. IU ha sucumbido al canto de sirena del “juntos podemos armar la revolución permanente”. O sea, la nada. Aguantan los indómitos astures, la única agrupación sólida y realista que ahora se debate entre su coherencia (castigar a un PSOE abstencionista) y la evidencia de que una convocatoria adelantada de elecciones en Asturias significaría su liquidación definitiva.
Lo de Cs es más fácil. Su mundo es el del votante que lo que quiere es pragmatismo y serenidad. Cs sí que representan una nueva política llena de emociones, posibilista y pragmática, alejada del viejo dilema izquierda/derecha. Ellos son transversales porque en realidad no tienen ideología, ni falta que les hace. Su votante es ideológicamente indiferente o ambiguo. Para Cs es fácil hacer política en esas condiciones porque puede armar programas políticos que consistan en una carta a los Reyes Magos: un listado de puntos de acuerdo con otros. Es el estilo de la vieja democracia-cristiana italiana o la CSU bávara. Lo importante es estar ahí y forzar los acuerdos que interesen en función de la temperatura de su electorado. Y si no son estos, tenemos otros. Ellos pueden porque han desterrado la ideología de su discurso político. Y parece que funciona.
Dicho por otro lado, no digan que no se lo dije… muchas vueltas para terminar donde empezamos: Rajoy Presidente.  

(publicado en EL COMERCIO, 30 de septiembre de 2016)

lunes, 17 de octubre de 2016

UN PP SILENTE

Ya le iba tocando al PP. Este PP silente y sinuoso, que espera tranquilo a que los demás le hagan el trabajo. El PP es un fiel reflejo de su líder. Un animal asombroso porque es el único capaz de andar sin moverse. Ahí está, agazapado en la confortable Moncloa. Atento a las jugadas de los demás, y dispuesto a corregir la tendencia a la nerviosa arrogancia de alguno de sus adláteres, muy preocupados con la estabilidad. El PP no tiene prisa; calla y espera. El narcisismo de alguno de los líderes de la izquierda le ha regalado un año extra de mayoría absoluta, y encima le ha reforzado en su posición hegemónica en el espacio político español. De 24 millones de votos, suyos son casi 8 millones. Le saca 3 millones a PSOE y Podemos. Poca broma con estos datos. La izquierda, plural, siempre plural, sigue empeñada en el mensaje de que ellos suman 10 millones. Pero esta afirmación es falaz, porque la izquierda socialista poco tiene que ver con la anarcomarxista de los podemitas. De hecho, al votante de Podemos no le gusta el PSOE, al que fustiga sin piedad (corrupción, abuso de cal viva…). Y al votante del PSOE le gusta aún menos Podemos. Liquidado definitivamente el PCE-IU en España (a salvo los resistente asturianos, y por la cuenta que les trae más le conviene que nadie adelante aquí elecciones), la histórica y endémica división en la izquierda revalida su vigencia con un Podemos que amaga, pero que nunca tirará a puerta. El PSOE tendrá que elegir entre su votante, que asume la victoria electoral del PP y cree que ahora toca hacer oposición de la buena; o su militancia, que con tal de dejar ciego al PP es capaz de sacarse un ojo e incluso los dos. Pero el caso es que el PP no se va a quedar ciego. Muy probablemente mantenga sus dos ojos bien sanos a la tercera, que será la vencida; y sea el PSOE el que pierda la vista, porque no hay dos sin tres.

 El PP, como buen partido de derechas, se limita a gestionar la coyuntura. No hay grandes postulados programáticos, y lo cifra todo en la recuperación económica. Si le va bien a España, le va bien al PP. El tiempo juega a su favor. Además, ya lo ha hecho todo. Le ha dado la vuelta al país como a un calcetín alzado en su mayoría absoluta a golpe de Decreto-Ley y Leyes Orgánicas. Como los de Podemos no saben Derecho, ni les interesa, no se han dado cuenta de que no hay mayoría parlamentaria suficiente para derogar tanta reforma. El PP ya ha hecho lo que quería hacer, y ahora se limitará a seguir en la Moncloa gestionando el día-día y consolidando su modelo de nación. Mientras tanto, la izquierda deshojando la margarita de la pureza ideológica. Si los casos de corrupción que asolan al PP, que son muchos y terribles, no han hecho mella, no lo van a hacer ahora. Si la indolencia de Rajoy, la arrogancia de Soraya, y la soberbia de Montoro (que ha conseguido dos cosas a la vez aparentemente contradictorias: una Hacienda Pública impune, todopoderosa e insaciable con la clase media; y una deferencia escandalosa con la minoría que se sale de la tabla Forbes) no han conseguido debilitarlo, no lo va a hacer una izquierda zozobrante, dividida, enfrentada y desorientada. El tremendismo no ha calado en el votante, y uno no gana elecciones con la militancia. Eso lo entendió el PP hace tiempo. Y ahí siguen. Sólo necesitan que los demás lo sigan haciendo fatal (ya lo dijo Burke hablando de los malos).
(PUBLICADO EN EL COMERCIA DEL 16 DE OCTUBRE DE 2016)

lunes, 10 de octubre de 2016

LA POLITICA COMO MERCADOTECNIA

LA POLÍTICA COMO MERCADOTECNIA
He seguido con atención la polémica twitera entre Iglesias y Errejón. La verdad es que hay que tener mucha capacidad de síntesis para resumir en 140 caracteres un debate que quiere ser de altos vuelos. ¿Dónde quedó aquella época en la que los debates y discrepancias se plasmaban en sesudos libros? Ahora, en esta edad de prisas y urgencias,  las luchas por el poder o las crisis de identidad ideológica tienen que caber en frase  y media. Es como si Kautsky y Bernstein hubieran ventilado las suyas a golpe de telegrama.
Todo ello vine al caso porque tengo la sospecha de que la tensión entre el utópico Iglesias y el posibilista Errejón no es más que una gran impostura. Me resisto a creer que estos dos, que listos son, y que su entorno, que no lo es menos, se hayan dejado llevar por el ardor de la disputa, y aireado espontáneamente en twitter sus tensiones. Más insólito me parece que los menos listos del partido crean que en realidad el cruce de reproches y desacuerdos es a cuenta y tiene por destinatario al PSOE (¿¿??!!!). Va a ser que todo es una gran escenificación para luego afirmar borrachos de superioridad moral que ellos son la repera, los más transparentes y honestos (y de paso, los que más ligan) porque no esconden sus diferencias. La estrategia puede ser esta. Represento en las redes un episodio de supuesta crisis interna, que finalmente se resolverá incruentamente (o cruentamente, porque puede ser la excusa para detectar traidores a las esencias y desafectos al líder supremo para cortarles la cabeza), para salir públicamente fortalecido por el robusto debate interno en prueba de nuestra superioridad ética y moral soportado por una transparencia a prueba de incrédulos…. Y además doy qué hablar, porque como no tenga nada que decir, he perdido presencia mediática y vivo de ella. Sin medios, no podemos. Es que no me puedo creer que en realidad esas tensiones existan, y que reproduzcan el mismo debate que a finales del Siglo XIX mantuvieron dos padres de la socialdemocracia, el marxista Kautsky y el revisionista Bernstein. Un debate entre el utopismo revolucionario que cree que todos estamos equivocados y que la única manera de emancipar y liberar a esta sociedad de sus lacras, alienada por el Ibex 35, es mediante la revolución permanente, o intermitente, que eso depende del día y las ganas; y el realismo posibilista de quien cree que el cambio de la sociedad no está en la radicalidad transformadora de cada persona, aunque ésta no quiera y quiera vivir toda la vida equivocado, sino en la progresiva redefinición de las estructuras sociales para que cada uno viva como quiera, pero teniendo aseguradas las condiciones básicas que le permitan hacerlo con dignidad. O sea, Gramsci y sus tribulaciones.

No descarto que en Podemos, en su élite dirigente (porque en esto son leninistas posmodernos que se saben bien la lección de la vanguardia revolucionaria), en efecto exista una larvada tensión entre utopía y realidad. Pero de este partido nada me extraña, desde el momento que tratan de conciliar a marxistas ortodoxos con ecologistas bien pensantes, a anarcosindicalistas con socialdemócratas defraudados, o más simplemente, a cabreados por todo y con todos, con “gente” que simplemente quiere un país decente. Este es el signo de Podemos, ser un partido sin ideología, ya que no les hace falta porque el primer paso de toda revolución es hacerse con el poder, y luego ya veremos. 
(PUBLICADO EN EL COMERCIO EL 2 DE OCTUBRE DE 2016)

EL PSOE ANTE EL ABISMO

Estoy convencido que la alarma saltó no con las declaraciones de Felipe González en la Ser, sino con la retirada del apoyo que Podemos prestaba a Emiliano García-Page en Castilla-La Mancha. Ahí todo el mundo se puso nervioso porque el empecinamiento de Pedro Sánchez con el no, e intentar una opción alternativa a Rajoy, acababa de provocar la primera crisis de gobierno autonómico. Estoy había que pararlo como fuese, y así se lío la que se lío. ¡Qué listos son los chicos de Podemos! Su estrategia era sibilina porque primero escenifican una supuesta crisis interna entre, luego dicen que en realidad el lío viene a cuenta del PSOE, y al final empiezan a cuestionar sus apoyos en comunidades autónomas y ayuntamientos. Consecuencia: el PSOE pica y entre en barrena. Mientras, Arriola frotándose las manos porque la suya, su estrategia de disolución de la izquierda, va por el manual. Primero inventa a Podemos, consigue implosionar a la izquierda con un partido que es pura mercadotecnia, liquida a IU en seis meses, y ahora está a punto de arrasar al PSOE. El propósito es claro, el PP prefiere en su segunda mandato a Podemos como líder de la oposición porque sabe que será incapaz de desmontar todo lo que ha montado con su mayoría absoluta en el primer mandato Pero esta estrategia es sumamente peligrosa porque el reinado de Mariano concluiría tarde o temprano, y el centro izquierda será un desierto abarrotado de abstención y radicalidad.
Lo del PSOE se veía venir. La élite que construyó al PSOE socialdemócrata-liberal de los ochenta y noventa necesitaba erigir un gran y férreo aparato encargado de llegar a todos lados y asegurar la fortaleza de un partido de centro izquierda frente a una derecha aún por construir. Pero tan fuerte se hizo el aparato, tanta necesidad hubo de formar cuadros rápido a cualquier precio, que ese mismo aparato fagocitó al partido y se creyó con el legítimo derecho a ser él quien dirigiese la organización. La consecuencia ha sido que el partido ya no tiene élites intelectuales que le orienten y dirijan, y se ha transformado en un mecanismo para mantener en el poder a los que aún lo conservan,  y así dar trabajo a cientos de aparatistas que de otro modo no tienen a donde ir. Primero Zapatero y ahora Sánchez, ambos son un ejemplo claro de este proceso que ha terminado por llevar al PSOE a una lucha intestina a muerte. Una lucha que será cruenta porque el conflicto es entre personas y no entre tendencias e ideas. Y esas guerras tienen muertos, duelos y rencores que nunca restañan. Mal asunto.

Y ahora le toca a Javier Fernández enfrentarse a la hercúlea tarea de resolver el entuerto. Primero ver qué hacen con el gobierno de España, y luego ver qué se hace con el PSOE (o viceversa). Y mientras todos los mensajes tergiversados porque la abstención a Rajoy no es pactar con él, sino de ganar el tiempo necesario para poder rearmarse ante el electorado haciendo oposición de la buena. Pero también es verdad que Rajoy no necesariamente depende de la abstención del PSOE porque puede formar mayoría absoluta con Cs, Coalición Canaria y PNV. Pero sea como fuere la pelota la tiene el PSOE en su tejado y no me extrañaría que Arriola aconseje a Rajoy unas terceras elecciones para liquidar definitivamente al PSOE.  Para terminar de liarla, Sánchez se presentará a unas primarias que puede ganar porque goza de la simpatía de la militancia. Si es así, simplemente, es el final del PSOE porque la ruptura terminará por ser inevitable. Al final Iglesias va a tener razón y ellos serán los únicos socialdemócratas.
(PUBLICADO EN EL COMERCIO EL 5 DE OCTUBRE DE 2016)