Asturias tiene alguna condición
que debe tenerse en cuenta para responder sobre la vitalidad del Estatuto de
Autonomía 35 años después de su aprobación. En primer lugar que somos muy
pequeños. Tenemos un tamaño geográfico y poblacional que no permite milagros.
En segundo lugar nuestra relación con el pasado. Asturias es rehén de su
pasado, lo que nos hace aldeanos y melindrosos. Aquí siempre hay alguna cuenta
que ajustar, algo de lo que quejarse y un rencor sordo y corrosivo que ha
empujado a los mejores a irse. Y en tercer lugar, una sociedad civil muy
frágil, inmadura y avejentada. Somos viejos mentalmente, como todas las
sociedades pequeñas, aisladas y endogámicas. Una sociedad atrapada en la
nostalgia de un pasado que nunca existió, que necesita reivindicarse
constantemente haciendo un alarde de grandonismo provinciano que termina por
asfixiar al más pintado. Asturias es la memoria de un espejismo en el tiempo.
Eso explica nuestra endogamia socio-política, nuestra paralización endémica,
nuestro aldeanismo pertinaz y excluyente. Ahí está nuestro empeño minero, que
además sólo afecta a una parte menor de su espacio; o que sigamos dándole vueltas
a la constitución de un gran centro metropolitano… una idea fracasada, antigua
y obsoleta en la era de los “territorios inteligentes”.
Todo esto ha conducido a que en
la escena político-social asturiana se sigan representando las mismas obras
desde hace años, protagonizadas por los mismos personajes, hoy ya muy entrados
en años y con un paradigma mental ajeno al siglo XXI. Todo ello nos ha hecho
muy talentosos en echar fuera al talento, cuyo vacío se colma con toda clase de
chigreros y farándula de pelaje diverso e incierto (aquí hay peluqueros-coach,
cocineros-thinktank y tenderos-influencers).
Así las cosas, al pobre Estatuto no le ha ido nada bien con semejante
paisanaje. Nuestro Estatuto es una buena norma, que nos ofrece todas las
herramientas necesarias para crecer como territorio y como sociedad. Pero, ni
se ha desarrollado legislativamente como debiera, ni se ha conseguido que la
Administración pública asturiana sea un instrumento ágil y eficaz, ni nuestra
sociedad política ha sido capaz de crecer sin mirar el retrovisor o sin estar
al dictado de Madrid. A pesar de que nuestra pequeñez podía haber sido una
ventaja para hacer buenas leyes, para tener una Administración con un tamaño
adecuado y una clase política más dinámica, ha sido todo lo contrario. El
desarrollo legislativo es paupérrimo, no disponemos de un cuerpo de leyes que
haya servido para construir el esqueleto legal de la región dotándola de reglas
claras y un marco jurídico para crear y crecer. La Administración que se edificó
en los ochenta casi de la nada, con enorme esfuerzo y talento por quienes la
idearon en el primer gobierno autónomo (tan brillante y motivado), sin embargo,
con el paso del tiempo, se ha convertido en un lodazal de chiringuitos
absurdos, en un elefante varado incapaz de dar servicio de calidad ahogada en
sus guerras sindicales. Todo ello ha provocado que el Estatuto no haya sido la
palanca para una estrategia de región que nos hubiese permitido crear un
espacio atractivo y confortable donde estar y quedarse. Por eso, lo que hay que
reformar no es el Estatuto, sino a la sociedad asturiana. Y yo me hago esta
pregunta: Inditex tiene su centro neurálgico en Galicia, tierra de Amancio
Ortega; ¿dónde está la sede central de El Corte Inglés? El Estatuto no tiene la
culpa.
PUBLICADO EN EL COMERCIO el 8 de enero de 2017
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