Pues sí, ahora sí que no queda
otra. Cuando ustedes lean esto probablemente el Gobierno de la Nación habrá
activado el mecanismo del artículo 155 CE y estará pendiente de que el Senado autorice
la intervención de Cataluña. Que esto pueda suceder ha pasado, según se sabe,
por un pacto entre el PP y el PSOE en el que éste apoyaría esa medida a cambio
de que aquél active el proceso de reforma Constitucional. Ninguna de las dos
cosas será tarea fácil.
Los que nos dedicamos al Derecho
Constitucional siempre nos hemos preguntado sobre el momento en el que una
constitución debe ser reformada. La respuesta siempre es política. Pero hay
signos que ponen de manifiesto la fatiga de la constitución y la necesidad de
que ésta se reforme. Esa fatiga no siempre (casi nunca) obedece a razones
técnicas. No se suele afrontar un cambio constitucional, con el coste
institucional y político que conlleva ese proceso, simplemente porque algunos
preceptos o secciones de la constitución ya no funcionan. Yo les podría hacer
una larga lista de aspectos de la constitución española que habría que pulir o
simplemente cambiar porque el tiempo ha demostrado que no fueron una buena idea
o ya no cumplen ninguna función o la que tenían prevista. Y, sin embargo, he
dicho en muchas ocasiones que creía que no era necesario cambiar la
Constitución española porque ninguno de esos cambios o ajustes iban a tener un
impacto en la vida cotidiana de la gente, y si no era así, el esfuerzo y la
tensión no valían la pena. Las constituciones no son sólo cosa de los
constitucionalistas, ni están al servicio de sus especulaciones. Es verdad que
las constituciones no están pensadas para estar presentes constantemente en la
vida cotidiana. Las constituciones valen si sirven para ordenar la vida
política y ciudadana de una comunidad y para dar respuesta a sus cuestiones
capitales. Para ello se necesita, entre otras cosas, que en efecto cumplan esa misión
de dejar resueltas ciertos aspectos esenciales para la convivencia de una
comunidad política formada por individuos libres e iguales, y que, además, lo
que callan sirva para dejar un espacio al debate y la elección política donde
los ciudadanos veamos reflejadas sucesivamente nuestras cambiantes expectativas
generacionales. Si las decisiones tomadas por la constitución son puestas en
cuestión mayoritariamente y sus silencios no son fuente de soluciones, sino de
conflictos, ha llegado el momento de cambiar esa constitución.
Una constitución para estar sana
necesita que los ciudadanos se sientan afectos a ella, que la consideren pieza
esencial de la convivencia pacífica, que dé respuesta cabal a sus expectativas,
e incluso cuando se discrepa de ella, se perciba como la norma que garantiza y
salvaguarda la discrepancia. Si eso no ocurre, lo que suele ser normal
transcurrido un tiempo porque las sucesivas generaciones se van desligando y
distanciando vital e ideológicamente de ella, y sobre todo donde los tribunales
constitucionales no han asumido el papel (discutible en muchos casos, véase el
ejemplo norteamericano) de actualizadores del texto constitucional, haciéndolo
vivo y atento a los afanes de cada momento (mecanismo cuya bondad divide a los
especialistas entre originalistas e interpretativistas -perdón por los
neologismos-), la constitución entra en crisis.
Creo que España ha llegado a ese
punto. No porque considere que una reforma constitucional, que será un proceso
tortuoso y frustrante, sea la solución al problema catalán. En esto la reforma,
como tantas otras cosas, llega tarde. Se trata más bien de que los españoles
tenemos que recuperar nuestra confianza en la Constitución y volver a sentirla
como la norma fundante de nuestra comunidad política. Lo que haya que reformar,
lo dejamos para otro día.
PUBLICADO EN EL COMERCIO EL 22 DE OCTUBRE DE 2017
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