martes, 2 de mayo de 2017

EDUCAR EN EMOCIONES


Por enésima vez, y me temo que no será la última, se habla en España de un gran pacto educativo. Permítanme mostrarme especialmente escéptico. Este país siempre ha tenido un problema serio con la Educación. Sentimos un desprecio sordo y racial para todo aquello que suene a “educación”, desde la cívica hasta la  universitaria. Somos un país maleducado, grosero; ensalzamos y enaltecemos la ordinariez porque nos permite sentirnos iguales en la ignorancia y la vulgaridad. Si no, es imposible entender fenómenos como la Esteban o Gran Hermano. Y no sólo porque sean monumentos a la ignorancia y la vulgaridad rancia; sino porque los elevamos a categoría y a modelo a seguir. En pocos lugares del mundo (civilizado o no) se hace tanto honor de ser un bárbaro como aquí. Lo peor es que, además de jactarnos de ello, expresamos sin rubor nuestro desprecio para quien cuida las formas y es persona cultivada. ¡Claro que en otros lugares hay gente inculta y vulgar!. La diferencia es que en esos lugares no se venera la ignorancia. Aquí sí, y así nos va.
El origen probablemente de esta circunstancia que tanto ha lastrado a esta gran nación es que no hemos tenido ningún cuidado con el sistema educativo. Lo hemos dejado a su caer. No hemos hecho el esfuerzo de dignificar a los profesionales de la educación, de cuidar su selección y las condiciones de su trabajo, y hemos sucumbido a la tentación de que las aulas se conviertan en espacios de estabulación reglada de niños y no tan niños, y, en línea con ese desnortamiento, convertirlos en lugares de solaz entretenimiento donde a todos nos igualan por abajo y cuyo objeto es “entretener”. El resultado es que esa columna vertebral de cualquier comunidad civilizada, que constituye el eje sobre el que gira la vida de niños y no tan niños y el de sus familias durante al menos casi un tercio de sus vidas, sólo sirve para sostener y producir centurias de chicos cuya principal expectativa en la vida es emular a la Esteban o convertirse en concursante de Gran Hermano, o en “tronista”. Sentido crítico y raciocinio… los justos.

El problema es que quizá lleguemos tarde. No es casual que allí donde los sistemas educativos han perdido su vigor, y no se haya mimado la educación pública para llegar con su seriedad y rigor a todos los rincones del país, sean donde más han crecido los populismos de todo pelaje y la xenofobia.  Quizá debiéramos tomar nota. Ahora, se me antoja que el tiempo perdido no lo podemos recuperar diseñando para el S.XXI un modelo educativo del S.XX para dar respuesta a lo que preocupaba en el S XIX. El saber y el mundo ya no son bienes y experiencia en manos sólo de las escuelas. Los colegios no son ya ventanas al conocimiento y a lo lejano. Ni siquiera sirven ya para transmitir valores (respeto, dignidad, compromiso, solidaridad…). Quizá hoy su misión sea educar en emociones. Internet, la hipercomunicación y las redes sociales ha puesto a nuestros pies el mundo todo, pero no estamos preparados emocionalmente para responder a sus estímulos y retos. Tampoco estábamos antes, pero todo era más lento y lejano. El tiempo y el espacio eran nuestros aliados en el proceso trabajoso de emancipación y maduración emocional. Hoy todo es tan rápido y fluido que ya no hay tiempo para ello, y nuestras respuestas se hacen instintivas. Nuestro refugio está en lo simple y en lo que a todos iguala, el alarde de la brutalidad.  La escuela acaso debiera servir justo para lo contrario. 
(publicado en El Comercio 19 de marzo de 2017)

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