Por enésima vez, y me temo que no
será la última, se habla en España de un gran pacto educativo. Permítanme
mostrarme especialmente escéptico. Este país siempre ha tenido un problema
serio con la Educación. Sentimos un desprecio sordo y racial para todo aquello
que suene a “educación”, desde la cívica hasta la universitaria. Somos un país maleducado,
grosero; ensalzamos y enaltecemos la ordinariez porque nos permite sentirnos
iguales en la ignorancia y la vulgaridad. Si no, es imposible entender
fenómenos como la Esteban o Gran Hermano. Y no sólo porque sean monumentos a la
ignorancia y la vulgaridad rancia; sino porque los elevamos a categoría y a
modelo a seguir. En pocos lugares del mundo (civilizado o no) se hace tanto honor
de ser un bárbaro como aquí. Lo peor es que, además de jactarnos de ello,
expresamos sin rubor nuestro desprecio para quien cuida las formas y es persona
cultivada. ¡Claro que en otros lugares hay gente inculta y vulgar!. La
diferencia es que en esos lugares no se venera la ignorancia. Aquí sí, y así
nos va.
El origen probablemente de esta
circunstancia que tanto ha lastrado a esta gran nación es que no hemos tenido
ningún cuidado con el sistema educativo. Lo hemos dejado a su caer. No hemos
hecho el esfuerzo de dignificar a los profesionales de la educación, de cuidar
su selección y las condiciones de su trabajo, y hemos sucumbido a la tentación
de que las aulas se conviertan en espacios de estabulación reglada de niños y no
tan niños, y, en línea con ese desnortamiento, convertirlos en lugares de solaz
entretenimiento donde a todos nos igualan por abajo y cuyo objeto es
“entretener”. El resultado es que esa columna vertebral de cualquier comunidad
civilizada, que constituye el eje sobre el que gira la vida de niños y no tan
niños y el de sus familias durante al menos casi un tercio de sus vidas, sólo
sirve para sostener y producir centurias de chicos cuya principal expectativa
en la vida es emular a la Esteban o convertirse en concursante de Gran Hermano,
o en “tronista”. Sentido crítico y raciocinio… los justos.
El problema es que quizá
lleguemos tarde. No es casual que allí donde los sistemas educativos han
perdido su vigor, y no se haya mimado la educación pública para llegar con su
seriedad y rigor a todos los rincones del país, sean donde más han crecido los
populismos de todo pelaje y la xenofobia. Quizá debiéramos tomar nota. Ahora, se me
antoja que el tiempo perdido no lo podemos recuperar diseñando para el S.XXI un
modelo educativo del S.XX para dar respuesta a lo que preocupaba en el S XIX.
El saber y el mundo ya no son bienes y experiencia en manos sólo de las
escuelas. Los colegios no son ya ventanas al conocimiento y a lo lejano. Ni
siquiera sirven ya para transmitir valores (respeto, dignidad, compromiso,
solidaridad…). Quizá hoy su misión sea educar en emociones. Internet, la
hipercomunicación y las redes sociales ha puesto a nuestros pies el mundo todo,
pero no estamos preparados emocionalmente para responder a sus estímulos y
retos. Tampoco estábamos antes, pero todo era más lento y lejano. El tiempo y
el espacio eran nuestros aliados en el proceso trabajoso de emancipación y
maduración emocional. Hoy todo es tan rápido y fluido que ya no hay tiempo para
ello, y nuestras respuestas se hacen instintivas. Nuestro refugio está en lo
simple y en lo que a todos iguala, el alarde de la brutalidad. La escuela acaso debiera servir justo para lo
contrario.
(publicado en El Comercio 19 de marzo de 2017)
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