Les confieso que he estado a un
tris de no escribir este artículo. Pero pensé que, tras casi toda una vida
profesional dedicada al estudio de la libertad de expresión, era bien triste
callarme en un asunto como éste (y se lo debo a mis estudiantes). Me resisto a
callarme por miedo a las reacciones de la nueva intolerancia de los defensores
indignados de todo pelaje. Vaya dicho por delante que me parece impresentable
la campaña de esta asociación “Hazteoír” en contra de todo género que no sea el
heterosexual católico apostólico y romano; y más impresentable es que reciba
fondos públicos que gasta en este tipo de campañas sórdidas. Estos son los
“originalistas” del “Tea Party” español… ¿Qué pensarán de Darwin? Mejor no
saberlo. No es propio de una sociedad democrática y avanzada que aún nos
suscite rechazo algo tan personal y respetable como la elección de la identidad
sexual de cada cual. Vive y deja vivir, y, sobre todo, ¡respeta!
Pero dicho eso, la polémica
generada con este autobús y las reacciones viscerales y contenidamente
violentas, pero no por ello menos amenazantes, de quienes no comparten y les
asquea el mensaje que porta del vehículo ha puesto en solfa de nuevo el futuro
de la libertad de expresión, amenazada ahora por una nueva ley del “silencio”
de todo lo que pueda ofender a las minorías. A su juicio, los promotores de
dicha iniciativa son reos claros del delito de incitación al odio transfóbico,
ofenden y denigran a los transexuales (y así lo piensa de manera harto
discutible el juez de la medida cautelar; otro día le dedicaré unas líneas a
esta nueva generación de jueces activistas, justicieros y muy dados al uso
alternativo del derecho). Si el criterio es el de la “ofensa”, ¿qué hacemos con
los que consideran que el Día del Orgullo Gay les resulta “ofensivo”? ¿Por qué
una ofensa merece más respeto que otra? La verdad es que todas estas
imprecaciones son simples juicios de y sobre intenciones. El Estado no puede
dirimir juicios de intenciones y cuestiones meramente morales. El mensaje,
expreso y tácito, es deleznable. Pero a pesar de serlo, tienen derecho a
expresarlo; tienen derecho a ejercer su libertad de expresión y decir lo que
les dé la gana, aunque sea un disparate, una mentira, o un juicio moralmente
inaceptable, mientras no incurran en el insulto. Y aquí no hay insultos, a pesar
de que el mensaje sea impresentable.
La grandeza de la verdadera
libertad de expresión es que protege cualquier opinión siempre que no sea un
insulto expreso y evidente. La libertad de expresión no exige tener que
escuchar o leer estos mensajes, no exige que les hagamos caso. Podemos pasar
olímpicamente de quien opina, y quien opina tiene que aceptar que se le ponga
pingando de palabra, por supuesto. Las reglas son las mismas para el opinador y el crítico. Pero lo que no
podemos hacer es que la gente tenga miedo a opinar por miedo a que se le
sancione por lo que diga. Stuart Mill ya decía que nadie, y menos el Estado,
puede atribuirse el poder de la infalibilidad y por tanto el de imponer a los
demás una opinión porque es la buena y la verdadera. Las opiniones se discuten
con opiniones y en el debate público, no en los tribunales o en los
parlamentos.
Vivimos tiempos desconcertantes
en los que ciertas morales pretenden imponerse como verdades inatacables;
tiempos en los que la ofensa la tenemos a flor de piel y exigimos en nuestra
condición de ofendidos una reparación ejemplar: silenciar al disidente. Que
nadie se equivoque, esa forma simple y primitiva de reaccionar solo conduce a
un único lugar, al fin de la democracia.
(publicado en El Comercio 5 de marzo de 2017)
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