Publicado en El Comercio el 5 de febrero de 2017
No soy yo muy dado a la geografía
de lo político, y siempre he leído con cierto desdén las reflexiones de
Montesquieu sobre los accidentes geográficos y las meteorologías de los
lugares como condiciones de las
instituciones políticas. Sin embargo, la lectura del enciclopédico libro de
Fukuyama con el que trata de narrar la historia del Estado, me ha hecho
recapacitar. Quizá no de la forma un tanto ingenua con la que Montesquieu traba
esa relación entre brumas, montañas y legislador, pero lo cierto es que los
estudios antropológicos nos dicen que algo sí que determina las formas
políticas de un lugar sus condiciones geográficas y climáticas. Es posible que
el Estado en sus distintas modalidades y evoluciones pueda describirse como la
tenaz lucha contra el medio, imponiendo su lógica a la de las montañas, las
lluvias o los vientos. Se me antoja poético en exceso.
La cosa es que tirando de esa
reflexión, veía yo un programa de viajes que recalaba en China. Allí se
mostraba a un grupo pintoresco y diverso en edad y condición que se reunía para
cantar viejas coplas maoístas. Canciones de tono épico y grandilocuente, en el
que se expresaba las más de las veces la nostalgia de un amanecer luminoso de
libertad y prosperidad. Decía quien comentaba la escena, que los integrantes de
estos grupos suelen ser personas de cierta edad que añoran los tiempos del maoísmo.
Tiempos donde ser libres no tenía valor. Lo que sí valía era comer todos los
días, tener trabajo, sentirse parte de una comunidad que era guiada por un
código moral y político sin grises ni dudas. El Estado cuidaba de ellos. Son
inadaptados a un mundo que ya no cuida de nadie. Seres desvalidos que no saben
qué está bien o mal, ni quién velará por ellos.
Al hilo de esas imágenes, me dio
por pensar si no existiría una relación entre la personalidad de cada cual y su
ideología. Si no era llamativo que los liberales y neoliberales suelen ser
gente muy segura de sí misma, elevada autoestima y sin miedo a competir en la
vida. Mientras que los nostálgicos de toda clase de autoritarismos, suelen ser
seres inseguros, temerosos y desconfiados, para los que la vida es una suma de
amenazas. Qué interesante podría ser examinar si en efecto los rasgos
psicológicos del personal influyen en sus propensiones políticas. Porque acaso
va a resultar que al final Montesquieu tuviese razón. Pero no porque la
geografía y la meteorología condicionen los sistemas políticos; sino que son
las personalidades de cada miembro de la comunidad, hasta, y por ponerse
jungueriano, el inconsciente colectivo que hace que un pueblo criado y educado
en tenerse en muy alta estima, en el individualismo competitivo y la confianza
en uno mismo, reclame una libertad en la que poner a punto sus dones y triunfar
frente a los rivales, sin tener mucho miramiento para quien se queda atrás. Al
otro lado, los que sólo se sienten seguros anónimos en la comunidad, disueltos
en lo social y atendidos por un Estado paternalista que les suministra los
mínimos vitales, y, sobre todo, les evita enfrentarse a la lucha de la vida día
tras día. Unos ensalzan la diferencia, y los otros la uniformidad. Unos quieren
ser libres para triunfar, y los otros quieren ser iguales para sobrevivir. A lo
mejor no vendría mal saber si existe esa conexión. Menudas conclusiones
podríamos alcanzar si al final también la ideología y la política son cosa de
la bio-antropología.
Creo que la reflexión es bastante acertada, sin duda. En el término medio es donde debe situarse una socialdemocracia moderna, limitándose a intervenir en lo que sea estrictamente necesario para que existan unos servicios públicos sólidos y eficientes, pero sin coartar la liberad del individuo, sus iniciativas y sus proyectos. Creo que sólo en esos términos es viable un pensamiento socialdemócrata en nuestros días. Saludos.
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