lunes, 6 de febrero de 2017

Cosas de la geografía y el temperamento político

Publicado en El Comercio el 5 de febrero de 2017

No soy yo muy dado a la geografía de lo político, y siempre he leído con cierto desdén las reflexiones de Montesquieu sobre los accidentes geográficos y las meteorologías de los lugares  como condiciones de las instituciones políticas. Sin embargo, la lectura del enciclopédico libro de Fukuyama con el que trata de narrar la historia del Estado, me ha hecho recapacitar. Quizá no de la forma un tanto ingenua con la que Montesquieu traba esa relación entre brumas, montañas y legislador, pero lo cierto es que los estudios antropológicos nos dicen que algo sí que determina las formas políticas de un lugar sus condiciones geográficas y climáticas. Es posible que el Estado en sus distintas modalidades y evoluciones pueda describirse como la tenaz lucha contra el medio, imponiendo su lógica a la de las montañas, las lluvias o los vientos. Se me antoja poético en exceso.
La cosa es que tirando de esa reflexión, veía yo un programa de viajes que recalaba en China. Allí se mostraba a un grupo pintoresco y diverso en edad y condición que se reunía para cantar viejas coplas maoístas. Canciones de tono épico y grandilocuente, en el que se expresaba las más de las veces la nostalgia de un amanecer luminoso de libertad y prosperidad. Decía quien comentaba la escena, que los integrantes de estos grupos suelen ser personas de cierta edad que añoran los tiempos del maoísmo. Tiempos donde ser libres no tenía valor. Lo que sí valía era comer todos los días, tener trabajo, sentirse parte de una comunidad que era guiada por un código moral y político sin grises ni dudas. El Estado cuidaba de ellos. Son inadaptados a un mundo que ya no cuida de nadie. Seres desvalidos que no saben qué está bien o mal, ni quién velará por ellos.

Al hilo de esas imágenes, me dio por pensar si no existiría una relación entre la personalidad de cada cual y su ideología. Si no era llamativo que los liberales y neoliberales suelen ser gente muy segura de sí misma, elevada autoestima y sin miedo a competir en la vida. Mientras que los nostálgicos de toda clase de autoritarismos, suelen ser seres inseguros, temerosos y desconfiados, para los que la vida es una suma de amenazas. Qué interesante podría ser examinar si en efecto los rasgos psicológicos del personal influyen en sus propensiones políticas. Porque acaso va a resultar que al final Montesquieu tuviese razón. Pero no porque la geografía y la meteorología condicionen los sistemas políticos; sino que son las personalidades de cada miembro de la comunidad, hasta, y por ponerse jungueriano, el inconsciente colectivo que hace que un pueblo criado y educado en tenerse en muy alta estima, en el individualismo competitivo y la confianza en uno mismo, reclame una libertad en la que poner a punto sus dones y triunfar frente a los rivales, sin tener mucho miramiento para quien se queda atrás. Al otro lado, los que sólo se sienten seguros anónimos en la comunidad, disueltos en lo social y atendidos por un Estado paternalista que les suministra los mínimos vitales, y, sobre todo, les evita enfrentarse a la lucha de la vida día tras día. Unos ensalzan la diferencia, y los otros la uniformidad. Unos quieren ser libres para triunfar, y los otros quieren ser iguales para sobrevivir. A lo mejor no vendría mal saber si existe esa conexión. Menudas conclusiones podríamos alcanzar si al final también la ideología y la política son cosa de la bio-antropología.  

1 comentario:

  1. Creo que la reflexión es bastante acertada, sin duda. En el término medio es donde debe situarse una socialdemocracia moderna, limitándose a intervenir en lo que sea estrictamente necesario para que existan unos servicios públicos sólidos y eficientes, pero sin coartar la liberad del individuo, sus iniciativas y sus proyectos. Creo que sólo en esos términos es viable un pensamiento socialdemócrata en nuestros días. Saludos.

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