Publicado en El Comercio el 22 de enero de 2017
He observado en estos años un par
de fenómenos curiosos. El primero, que ya he comentado en estas páginas, es que
en Gijón hay más perros que niños. Conste que a mí me encantan los perros… Pero
me resulta incomprensible esta proliferación tan evidente de mascotas. Tampoco
me extraña, porque tal como está el patio, hay que ser muy valiente o muy
inconsciente para decidir tener hijos. Tener uno ya es la pera, pero querer más
es ya para nota. A cambio, las parejas jóvenes se deciden por el perro o
perros. El que la gente mayor y sola se acompañe de uno, sobre todo las
señoras, es una estampa habitual. Ya saben que forma parte de una terapia según
la cual tener la mascota ayuda a estas personas a no sentirse tan solas ni
deprimirse. Tienen alguien de quien ocuparse. ¿Pero una persona joven y con
pareja? Aquí no puede haber un problema de soledad, ¿no? En fin, yo entiendo
que los perros son tipos cariñosos y de fiar. Un perro es un ser fiel y leal,
que te quiere incondicionalmente y con quien siempre puedes contar. No se puede
decir lo mismo de las personas. Ay, ¡cómo es el ser humano!
Otro fenómeno peculiar y…
¡peligroso! El de las abuelas salvajes. Últimamente proliferan las madres y
padres que llevan los carritos de su progenie como carros de combate. Van por
las aceras a toda prisa, echando al resto de los viandantes a la carretera, o,
atropellándoles sin más. Doblan las esquinas a lo bestia, lanzando por delante
a los carritos de los bebés, que en la actualidad son artefactos colosales,
creando un momento tremendamente incómodo porque si no andas listo te caes
sobre el bebé… y, claro, no es cosa. Ni se te ocurra mirarles mal, o
reprocharles esa conducta irresponsable al convertir a su prole en arietes
urbanos. Qué decir de los que se limitan a atravesar el carrito donde les
apetece y normalmente donde más molestan y más obstaculizan el paso del resto
de los peatones. Cualquiera les dice nada. El bebe lo explica y justifica todo.
Pero ahora han irrumpido en este
escenario las abuelas. Esas señoras de cierta edad, aún jóvenes y ágiles, que
no sólo conducen el carrito, sino que lideran a la manada familiar. Ellas
asumen la responsabilidad de ser cabeza de puente en aceras, tiendas y
cafeterías. Irrumpen soberanas en cualquier lugar, te atropellan sin
miramientos, y prepárate si obstruyes su paso. Te mirarán despiadadamente y te
arrollaran sin contemplaciones. Si además se trata de la lucha por el espacio
vital en la cafetería de moda, el asunto se torna en crítico. Allá llegan con
sus carritos, desalojan el espacio a base de ocuparlo violentamente con el
cochecitos, su abrigo, el paraguas, el sombrero, el bolso… dan órdenes e
instrucciones a la tropa, exigen la presencia del servicio de forma inmediata,
indican donde sentarse, qué hacer y hasta qué tomar. Una vez que se han hecho
fuertes en la plaza sin ningún miramiento, imponiendo la ley del carrito y de la
abuelería desbordante, comienzan su
expansión inexorable a los espacios aledaños. Primero aparcan el carrito donde
les sale, acaparan todo tipo de mesas y sillas, sacan al bebé y lo jalean en
voz suficientemente alta como para ya no poder seguir leyendo el periódico si
estás a su lado, sobreexcitan al niño que se suma al jaleo, y finalmente miran
a su alrededor de forma desafiante retando a los presentes a que se atrevan a
cuestionar su indudable e incontrovertido mando en plaza. Aléjense de ellas mientras puedan.
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