lunes, 4 de febrero de 2019

CARTA ABIERTA A CARLOS LÓPEZ OTÍN


Querido amigo, es muy difícil ser templado al ver la mezquina manera en la que los mediocres y cobardes te han emborronado. La gente no sabe qué duro y salvajemente competitivo es nuestro mundo, y en particular el vuestro, donde la cada vez mayor renuncia a ayudar a la investigación con fondos públicos nos ha abandonado en manos de la financiación privada, o de una pública gestionada con criterios “gerenciales”, que exige resultados y ya. Esta chifladura obliga cada día más a una ciencia motorizada, que debe renunciar a la debida pausa y mesura porque si te demoras perderás el tren de los recursos necesarios para seguir trabajando, especialmente en tu extremadamente competitivo campo. Imagino que tú, como yo, disculpa mi arrogancia por pensar que así es, crecimos en una universidad muy distinta a la de hoy. No sé si es mejor o peor, sólo digo que era distinta. Era una universidad más pausada, que sólo pedía que se confiara en ella, porque el camino del conocimiento siempre es lento y extraño. Una universidad de maestros y discípulos. Soy consciente de que también estaba llena de defectos. Pero era, al menos para algunos, un lugar para estudiar, pensar y empujar el conocimiento más allá del lugar en el que estaba, y formar a otros en ese largo, extenuante y muy a menudo incomprendido y denostado camino. Por eso, no me puedo imaginar el trabajo titánico que hay tras tus logros y los de tu equipo, como los de otros colegas a los que admiro, para llegar a donde habéis llegado, para haber ensanchado el conocimiento como lo habéis hecho. Nada ni nadie suele ayudar en ese camino. Alcanzar ese nivel a pesar de la burocracia y la incomprensión del entorno tiene un mérito que sobrecoge. Imagino que a ti también te fascinaba el ideal de la gran universidad (en mi caso era la alemana). En la creencia en que la ciencia, blanda o dura, se construía a base de muchas horas de trabajo, paciente y dedicado. Donde se suponía que unos y otros nos respetábamos, sin ser tan ingenuos como para creer que no hay mala gente entre nosotros. Pensábamos que nuestro trabajo y nuestra honestidad nos inmunizaba. Lo curioso es que la literatura del mundo universitario, de Nabokov a Williams, está repleta de tragedias humanas ocasionados por esos indeseables. Pero no estamos inmunes querido amigo, nos hacen daño. Y mientras el daño es sólo personal, lo soportamos, pero cuando ataca a nuestra gente y a su trabajo, nos deshace.
Te digo de verdad que sólo con leer las primeras palabras del famoso blog de marras, donde se afirma sin empacho que ya se sabe que en la península ibérica tenemos la tradición de premiar a “científicos bien conectados” que falsean datos (¡ahí va y que te preste!), se le quita a uno las ganas de todo. ¿Se puede dar crédito a alguien así? Ya ni te cuento a los torquemadas que se esconcen cobardemente tras el pseudónimo “Clare Francis” para denunciar supuestos fraudes científicos. Hombre, eso a mí me enseñaron que se hace a la cara y a la luz del día. Perdona este desahogo. Imagino que todo el mundo esperaría palabras más sosegadas. Pero me resulta muy difícil no dejarme llevar por un profundo sentimiento de desolación y tristeza. Puedo entender que suscite debate el alcance de hipotéticos errores en tus trabajos. Pero nadie ha invalidado sus resultados. Y en tu mundo de ciencia dura, a diferencia del mío, la solidez de una hipótesis siempre tiene el juez implacable de la realidad física. Ya te podrás empeñar en sostener que la manzana cae para arriba, que la manzana se empeñará en caer para abajo (perdonen los exquisitos por esta vulgar caricatura). Lo sensato y razonable hubiera sido simplemente darte la oportunidad de corregirlos. Punto. Pero parece que hay muchas ganas de morbo y de hacerte daño. Te lo hacen a ti, y nos lo hacen a todos. Y quien no lo vea o no quiera verlo, se hace cómplice de esta progresiva intoxicación que envenena cada día más nuestra vida académica y nos invita al silencio. Son malos tiempos para la honesta genialidad mi querido Carlos.

(Publicado en El Comercio el 3 de febrero de 2019)

lunes, 21 de enero de 2019

Demasiadas pérdidas (in memoriam de Juan Cueto y Tini Areces)



¡Joder, Juan, ¿cómo te has ido así?! Es que te has ido sin avisar, y nos dejas a todos en la estacada. Perdona que me enfade. Ya sé que estábamos a mitad de camino entre saludados y conocidos, como decía Josep Pla, y probablemente por eso no tengo derecho alguno a recriminarte que te hayas marchado así, a la francesa. Es verdad que hacía muchísimo tiempo que no nos veíamos. Nuestras vidas habían cambiado mucho y de la misma manera que nos acercaron en un momento (¿te acuerdas de aquellas memorables reuniones del Consejo de la Comunicación que tu presidías con tanto tino y las discusiones que manteníamos tú y yo sobre la libertad de información?), también nos alejaron; aunque yo siempre te seguía la pista. Cosas que pasan. Es difícil olvidar aquellas parrafadas que nos echábamos camino del pan en Somió, o a la puerta de tu casa, en aquella esquina donde todo lo podías ver y dónde todos debíamos aminorar el paso para doblar la esquina ciega como si de una devota reverencia se tratase. Debo ser sincero. Hablar, hablabas tú. Yo sólo me atrevía a escuchar, ¡qué iba a decir yo ante ese titán de las ideas!, abrumado por tu energía, por tu potencia intelectual, tu inteligencia y perspicacia, siempre viendo más allá. Luego llego la enfermedad, y te alejaste silencioso de todo. Dejé de ver en las ventanas de tu casa aquél pantallón de televisión que todo lo llenaba. Un día vi colgado el cartel de “se vende” a la puerta, y sigo desorientado.
Ahora me pregunto qué pensarías tú de este mundo frenético y caótico que nos toca vivir. Un mundo donde hemos vuelto a las andadas, en donde es preferible el silencio, en donde al otro se le denigra y machaca, donde la tele es basura y nada hace ya pop porque todo se ha hecho banal. Nunca fuiste un apocalíptico, pero tampoco un integrado. Seguramente verías en todo esto una luz al final de este túnel de intolerancia, marginalidad e insignificancia. Yo creo que eras un optimista radical, no al modo de estos nuevos optimistas tan de moda que parecen más bien unos ingenuos inconsistentes que tienden a confundir la estadística de los grandes números con la vida real. No, tú eras un optimista porque creías en la capacidad inagotable del ser humana de crear. Aunque quizá, con los años y los achaques, te habrías vuelto algo más escéptico. Juan, yo era un chaval pedante y redicho que leía Cuadernos del Norte, aunque no entendía nada, y tomaba cerveza en el “Sed de Mal”, que también frecuentabas. Y te escuchaba a lo lejos admirado y boquiabierto. Era difícil no oírte (otra cosa es que te escucharan), porque tu voz se elevaba y era como un torrente inacabable de ideas, visiones, análisis y, entre col y col, un chascarrillo. Así te recuerdo, inabarcable, inagotable, infinito.
Como así recuerdo a Tini. Un gigante de la política. Les gustará más o menos, pero Tini cambió Gijón y para bien. Recuerdo aquella noche que regresaba yo de una larga estancia en Alemania. Eras los años noventa. Yo me había ido de una ciudad de plomo, gris, triste, donde se abandonaban los barcos mercantes de cabotaje y el puerto olía a mugre y pis, donde tropezabas con los raíles de un tranvía del que nadie tenía ya memoria y se sorteabas las barricadas de las manifestaciones obreras. Ahora volvía y todo estaba patas arriba, era el caos de la transformación. Gijón estaba mutando para convertirse en una ciudad capaz de presumir de su fealdad, de tener vida cultural, de ser moderna. Tini y su gente hicieron todo aquello. Algo le traté en estos años, y me asombraba su energía personal y política. A mí me agotaba sólo de verle por Begoña a toda prisa a despachar en su otra oficina, como decía él: el café Dindurra. Por eso más asombro me produce saber que ya no me dirás ese “Villaverde” lleno de mando y poderío. Estoy triste, se están yendo los buenos, y sólo nos quedamos los irrelevantes.


(Publicado en El Comercio, 20 de enero de 2019)

lunes, 24 de diciembre de 2018

SECRETO, PERIODISTAS Y JUECES


Imagino que intuirán ustedes de qué voy a escribir hoy. Es que esto del caso Cursach me trae hablando solo. No acierto a entender que se les ha pasado por la cabeza al juez y a la fiscalía en semejante trance. Quiero pensar que no ha sido por desconocimiento del derecho constitucional más elemental, o de la más básica teoría general de los derechos fundamentales, o de la doctrina universalmente aceptada sobre la libertad de expresión. Me resisto a creer que cediesen sin más y por ignorancia a la petición de la policía judicial, probablemente muy justificada en el hastío de tanta filtración que estaba perturbando gravemente el curso de las investigaciones en un asunto tan siniestro. No puede ser, porque su señoría debería saber que con arreglo a una doctrina pacífica, reiterada y muy sólida del Tribunal Europeo de Derechos Humanos cualquier violación del secreto periodístico soporta una gravísima sospecha de constituir una aún más grave intromisión en la libertad de información de los profesionales del periodismo, y por extensión, de todos los ciudadanos. Dudo mucho de que el Tribunal Constitucional, llegado el caso, contrariase esta jurisprudencia.
En efecto, así es. Y no sólo el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, también todos los tribunales constitucionales de nuestro entorno (el alemán lo acaba de reiterar en una sentencia de 2015), han sostenido rotundos que cualquier interferencia en el secreto profesional de los periodistas debe justificarse en razones de indiscutible necesidad en el seno de una sociedad democrática. Esas razones siempre se han identificado con la ineludible garantía de otros intereses, bienes o derechos fundamentales. Debe acreditarse ante el juez que es absolutamente imprescindible revelar las fuentes periodísticas porque no hay otra forma alternativa menos gravosa de proteger los derechos constitucionales de terceros. Y no sólo eso, es además necesario acreditar que el daño que se produciría en esos derechos, de no violentar el secreto periodístico, es real, inminente y desproporcionado. Si no se acreditan todos estos extremos, la decisión judicial de obligar al periodista a revelar sus fuentes de la forma que sea, directamente llamándole a declarar, o indirectamente incautándose de sus medios de trabajo (móviles, archivos, ordenador, etc.), ¡constituye una vulneración de su libertad de información de manual!
No parece que se haya acreditado nada de eso ni por la fiscalía, ni por la policía judicial, ni por el propio juez, porque el auto que decreta la incautación de los móviles y ordenadores de los periodistas en cuestión no está motivado. Lo que ya resulta el colmo, porque cualquier juez debería saber que cualquier resolución judicial –que no sea de simple impulso procesal- sin motivación, especialmente en un supuesto de evidente afectación de un derecho fundamental, es manifiestamente contraria al derecho a la tutela judicial efectiva (si no conozco las razones de la decisión, malamente me podré defender de ella) y a la libertad de información (cualquier limitación de un derecho fundamental sin motivar lo lesiona). El juez desde luego habrá podido saber quién filtraba información de las diligencias previas penales que instruía. Pero nada de lo que ha obtenido con esa actuación tiene valor probatorio porque al haberse obtenido con manifiesta vulneración de derechos fundamentales es nulo de pleno derecho y no puede emplearse en el proceso, so pena de viciarlo y provocar su nulidad (doctrina de los frutos del árbol envenenado). ¡Y encima para solventar un asunto ajeno al objeto principal de la causa! ¿Alguien da más?


(Publicado en EL COMERCIO, 23 de diciembre de 2018).

lunes, 26 de noviembre de 2018

¿Para qué queremos el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ)?



Sinceramente, para nada. La Constitución Español en su artículo 122 importó la figura del Consejo Superior de la Magistratura de la Constitución italiana. En mala hora se nos ocurrió hacerlo. En Italia el Consejo lleva envuelto en la polémica desde sus inicios. Otra tanto cabe decir del nuestro (hasta en eso copiamos a Italia).
Este órgano del Estado ha estado siempre en el centro de la polémica, especialmente por el modo de provisión de sus miembros, pues sus competencias son más bien administrativas. Como ha dicho el Tribunal Constitucional, debe distinguirse el Poder Judicial de la Administración de Justicia. El Poder Judicial lo desempeñan jueces y magistrados ejerciendo sus funciones jurisdiccionales (juzgando y haciendo ejecutar lo juzgado) sujetos a un férreo estatuto personal regido por los principios de independencia, imparcialidad, inamovilidad y responsabilidad. Estas son las notas que definen a los órganos que ejercen jurisdicción en España y son ellos, jueces y magistrados, los que deben ser independientes e imparciales en el ejercicio de dicha función. La Administración de Justicia es una estructura orgánica y funcional del Estado cuya finalidad es gestionar económica y administrativamente los recursos personales y materiales al servicio del Poder Judicial.
El CGPJ se ocupa de lo segundo y no de lo primero. El CGPJ se ocupa de las necesidades organizativas del Poder Judicial, de su personal, de sus edificios e instalaciones, de sus recursos (coordinadamente con las Comunidades Autónomas que también tienen competencia en esta materia). Pero estas funciones, que aparentemente son pura burocracia, tienen una especial trascendencia. Primero, porque el correcto ejercicio de sus competencias permite que los jueces y magistrados hagan bien su trabajo. Segundo, porque le ocupa la selección de jueces y magistrados, su nombramiento y en su caso su sanción disciplinaria, lo que constituye una garantía no sólo del buen funcionamiento del Poder Judicial, sino de que funciona con arreglo a los principios inquebrantables de la independencia, imparcialidad y responsabilidad de sus miembros. Y, en tercer lugar, porque hacerlo bien tiene un valor simbólico capital. Es verdad que él no dicta sentencias, ni juzga y ni ejecuta lo juzgado. Pero si no cumple bien con esas dos tareas, daña de forma grave la imagen, siempre frágil, de la Justicia.
El primer estadio de lo que debiera un círculo virtuoso se inicia con la selección de los miembros del CGPJ. No voy a entrar en la polémica sobre si es mejor que los elijan los propios jueces y magistrados (lo que siempre me ha perecido un pelín corporativo), el Parlamento (lo que conlleva el riesgo del chalaneo partidista) o los dos a la vez (que quizá sea la fórmula más adecuada). Lo que está claro es que cuando se transmite la imagen de que la composición del CGPJ es el fruto del cambio de cromos, para además colocar a personas cuyo prestigio profesional está por ver, da igual que se designe a otros juristas de competencia indiscutible o que el CGPJ fruto de esa designación haga su trabajo de forma irreprochable. Ha nacido con mácula, y eso no hay forma de repararlo. Por eso, digo yo que, como esto no tiene remedio y lo que hace lo puede hacer el Ministerio de Justicia como en la mayoría de los países … ¿no sería mejor eliminarlo?


(Publicado en El Comercio, 25 de noviembre de 2018)

lunes, 12 de noviembre de 2018

REFLEXIONES DE UN VIEJO SOCIALDEMÓCRATA EN TIEMPOS ODIOSOS


Ahora que sabemos que el elefante está en la habitación (Lakoff), ¿qué hacemos con el elefante? Ahora que sabemos que esto de la democracia se está yendo a pique, que nos asolan los fantasmas del populismo, el nacionalismo y el enfrentamiento (un fantasma recorre Europa, decían Marx y Engels para abrir su “Manifiesto Comunista”), que Europa zozobra acosada por los nuevos bárbaros, que nos domina el vértigo de la decadencia… ¿qué vamos a hacer con ese elefante?
Ya les adelanto que no voy a dar respuesta a esa pregunta. No tengo ni idea, y creo que nadie la tiene. Pero sí me aventuro a plantearles la siguiente hipótesis. La era de las grandes y maduras democracias está tocando a su fin. No morirán de repente. Asistiremos a una lenta y penosa agonía, para ser sustituidas por democracias orgánicas de nuevo cuño dirigidas por hombre fuertes que harán política emocional sólo para las mayorías reales, que son aquellas compuestas por ciudadanos mediocres, ociosos, llenos de miedos e inseguridades, absorbido por las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial, autistas sociales y reactivos únicamente a ideas simples e instintivas. Éste es el nuevo hombre del segundo milenio. Se acabó el sueño ilustrado de un humano racional, empático y comprometido. En realidad, nunca existió. Pero era una ficción necesaria para construir las nuevas sociedades y sus Estados, emancipados de la tiranía de la superstición y la servidumbre.
Vale. Conocemos el diagnóstico. Una y otra vez volvemos a él y lo formulamos y reformulamos. La democracia muere de éxito. Ya lo había dicho Schumpeter en los años 50 del siglo pasado, las democracias occidentales sólo conducen a sociedades ociosas y ególatras incapaces de cualquier tipo de sacrificio y alérgicas a toda responsabilidad. Este proceso conllevaba la progresiva degeneración de los sistemas educativos, el ablandamiento de todas las estructuras sociales, su permanente cuestionamiento, hasta quedar indefensos a la par que subyugados por populismos y demagogias de toda calaña que conectan de manera irracional con nuestras emociones instintivas y que se traducen políticamente en xenofobias, extremismos, nacionalismos, resentimientos, revanchismo… En fin, puro nihilismo del sálvese quien pueda negando al otro, al distinto, al que no soy yo o como yo. Detrás de las democracias de identidad y comunitaristas no hay más que exclusión y opresión al diferente, aunque prediquen lo contrario. Por eso entran en crisis los viejos partidos socialdemócratas o conservadores. No porque la socialdemocracia, el socialismo o las ideas liberales o el conservadurismo hayan tenido de dejar sentido político, sino porque la política ya no es un sistema en el que intervienen los hombres con sentido de Estado, sino el humano real y mezquino. Eso que tanto se dice, ya no hay “sentido de Estado”, no es más que el eufemismo que empleamos para decir que la política, el arte de convivir, ya no está en manos de gente cercana a la ficción del hombre ilustrado, sino a la del hombre real. Los procesos sociales ya no sirven para generar élites de decisión que se seleccionan por su mérito y capacidad (y no por su cuna o caja). Y en ese escenario ninguna idea política clásica funciona porque todas ellas presuponen la ficción del humano racional. Desde el momento en que hemos corrido el velo y reivindicamos la humanidad real y verdadera (la de seres violentos, egoístas, con una predisposición genética al nepotismo) como sujeto político, y lo que es aún peor, como agente político, la democracia está condenada.
Pero, conocido el diagnóstico, lo que toca ahora es hacer el esfuerzo de buscar un tratamiento. Seguramente ya no es posible volver al ideal de la democracia occidental clásica. Pero me da a mi que todo pasa por devolver al humano real a los confines de la vida cotidiana, y sujetarlo a sistema educativos y sociales exigentes para volver a seleccionar a los más capacitados para entender y gestionar el mundo. Rousseau sólo condujo a la anarquía; Hobbes nos llevó a la democracia.

lunes, 29 de octubre de 2018

POR QUÉ NO SOMOS PRODUCTIVOS


Pues porque protestamos mucho. Sí, protestamos mucho y nos quejamos aún más. Somos una nación de quejicas. Siempre me ha llamado la atención que en otros lugares de este planeta la gente no se queja, y cuando lo hace es con mucho fundamento. Allí cada uno está a lo suyo, se preocupa de lo común, y, lo que ahora importa, no está todo el santo día dando la matraca con quejas, protestas y reivindicaciones de toda clase. No quiero decir con ello que sea gente a la que pinchas y no tiene sangre. No son personas indolentes. Simplemente, entienden que las normas y la organización están para algo. Ojo, que no seré yo quien haga un elogio de la docilidad. Es que no se trata de ser o no ser dócil, se trata de ser responsables y maduros.
En mi modesta experiencia como docente ya sé que en uno u otro momento de la sesión habrá que hacer terapia de grupo. Hay siempre un momento en el que alguien plantea una queja, más o menos abstracta y más o menos ligada al asunto del que se está tratando, a la que de forma inmediata se suman uno tras otros los presentes haciendo a cada momento más grande la protesta. En ocasiones se llega a bordear el amotinamiento… no contra el docente (o sea, yo –menos mal-), sino contra todo en general y nada en particular. La gente de este país tenemos una predisposición genética a llevar la contraria y creer que ser un “pan-contraria” (que diría mi abuela) nos hace más dignos y honorables. Solemos tender a confundir el juicio crítico (que es cosa buena, pero, admitámoslo, resulta ser virtud de unos pocos) con la querulancia crónica. ¿Saben dónde está la diferencia? En que quien enjuicia críticamente lo hace con la razón y la cabeza, y quien se queja y protesta lo hace con las emociones y las tripas. Por eso no todo es siempre y en todo momento objeto de juicio crítico. Pero siempre hay motivos para quejarse de todo. La queja suele ser una expresión de egoísmo que en el mejor de los casos envolvemos en una supuesta conciencia social. El juicio crítico es expresión de un afán de mejora de lo que nos rodea, aunque de esa mejora resulten perjudicados nuestros intereses personales. Si se fijan, quien se queja nunca lo hace en contra de su propio interés. La queja es un desahogo incontenido y verbalizado. Y nadie se para a pensar si a los demás nos interesan sus quejas.
Es imposible ser productivos si estamos todo el día quejándonos y protestando. ¿Han pensado alguna vez sobre la cantidad de energía que malgastan quejándose? Si toda esa energía la utilizásemos para producir, ser más eficientes en nuestras labores, ser mejores y mejorar nuestro entorno personal, familiar, laboral y social, seguro que nos cantaba otro gallo. ¡Claro que hay momentos y razones para la queja! Pero ni todo momento es adecuado para hacerlo (para eso se inventaron las pausas del café en los trabajos, para poder desahogarse), ni todo puede ser objeto de queja. Cuando la queja es urbi et orbe, entonces nos hemos convertido en antisistemas, y este país tiene mucho de antisistémico (y así nos ha ido en muchas ocasiones). Es como que vivimos en una inacabable adolescencia social. Se nos va toda la fuerza por la boca. Así no hay manera de mejorar. No defiendo una productividad cuantificable únicamente en resultados económicos. Con ser importante, lo que reivindico es la productividad de la seriedad y el rigor, de hacer las cosas bien y poder destinar todas nuestras fuerzas a cumplir con lo que nos toca, sea en el hogar o en el trabajo. Ser productivo es ser capaz de hacer algo bueno y valioso. La queja sólo lleva a la esterilidad… y a la melancolía.

(Publicado en El Comercio el 28 de octubre de 2018).


lunes, 15 de octubre de 2018

ADELANTAR O NO ADELANTAR, ESA ES LA CUESTIÓN


La pregunta es si deben convocarse elecciones generales ya. El dilema político que acompañó a la insoslayable moción de censura primaveral era si se trataba de un medio para desalojar del poder a un PP hundido en sus miserias, pero con el propósito de llamar a los ciudadanos a las urnas cuanto antes para formar un gobierno salido del voto y no del reglamento parlamentario. O más bien, una carambola afortunada que ha permitido que el PSOE llegara a la Moncloa, de manera que sería un despilfarro político no aprovechar el efecto “moqueta” (subidón en los sondeos a consecuencia de la llegada al Gobierno) para, por un lado, marcar diferencias con los contrarios tratando de hacer política, aunque se sepa que probablemente no se logre nada por la debilidad parlamentaria del Gobierno; y por otro, sacar rédito de esta situación controlando los tiempos políticos y aprovechando las ventajas que desde luego ofrece gobernar.
Sean dichas de paso un par de cosas. Aquí no hay un problema de legitimidades políticas. Es tremendamente perverso y falaz afirmar como hace el PP que el Gobierno de Sánchez es ilegítimo porque no ha salido de las urnas. Democrática y constitucionalmente tan legítimo es el Gobierno resultante del triunfo de una moción de censura como el que sale de las urnas. Primero, porque es falaz que los gobiernos salgan de las urnas. De las urnas sale un Parlamento, y es éste el que elige a un Presidente del Gobierno. La misma forma de elegirlo tras unas elecciones generales es la que se emplea en la moción de censura, que es un instrumento que tiene el Parlamento para sustituir al Presidente del Gobierno que ha perdido su confianza (la que le otorgaron en su elección en la Cámara tras las elecciones) por otro candidato en el que la han depositado tras una votación que requiere la misma mayoría que la elección de Presidente en primera vuelta tras unas elecciones generales. Es el mismo Parlamento, elegido por los mismos votantes, el que decide en un caso o en otro. En segundo lugar, porque justamente por lo anterior, porque los ciudadanos no elegimos ni votamos a un Presidente, sino a un Parlamento que es el que le elige, lo relevante en un sistema parlamentario (y no presidencial) como el nuestro es que el Presidente goce de la confianza de la Cámara. Y nuestro sistema constitucional prevé tres mecanismos igual de legítimos para lograrlo: la investidura tras las elecciones generales, ganando una cuestión de confianza (porque si la pierde debe dimitir) o que otro postulante gane una moción de censura.
El problema no es de legitimidades, sino, como le afea Ciudadanos, de convocatoria de elecciones generales. Nada obliga al Presidente Sánchez a convocarlas antes del término de la legislatura en el 2020. Pero no es menos cierto que políticamente el dilema es tremendo. Imagino que los estrategas del PSOE estarán pensando que ahora conviene esperar a los resultados de las elecciones andaluzas y, en todo caso, de las locales y autonómicas de mayo de 2019. Dos buenos termómetros para saber si el PSOE sigue en su momento dulce (efecto “moqueta”) o conviene convocar antes de que las cosa se tuerzan. Todo ello aderezado en la esperanza de que el postureo político de un Gobierno con menguados, inestables e imprevisibles apoyos parlamentarios sea capaz de trasladar su propio desgaste a la oposición. El problema es que eso es muy difícil cuando haces políticas identitarias que siguen olvidando al gran centro electoral, que es el que te da la victoria. Y un año y poco más, pasa volando. Pero si esperas demasiado, te puedes estrellar, y si adelantas antes de tiempo, también te puedes estrellar. En mi humilde opinión, posponer la convocatoria no hará sino perjudicar al PSOE porque ahora aún puede sacar rédito de su bloqueo parlamentario por una oposición carca y terca, desleal para los intereses de los ciudadanos, y de su promesa de honestidad y dignidad. Pero qué va a saber un profesor de la periferia.
(publicado en EL COMERCIO el 14 de octubre de 2018)