Ahora que sabemos que el elefante
está en la habitación (Lakoff), ¿qué hacemos con el elefante? Ahora que sabemos
que esto de la democracia se está yendo a pique, que nos asolan los fantasmas del
populismo, el nacionalismo y el enfrentamiento (un fantasma recorre Europa, decían
Marx y Engels para abrir su “Manifiesto Comunista”), que Europa zozobra acosada
por los nuevos bárbaros, que nos domina el vértigo de la decadencia… ¿qué vamos
a hacer con ese elefante?
Ya les adelanto que no voy a dar
respuesta a esa pregunta. No tengo ni idea, y creo que nadie la tiene. Pero sí
me aventuro a plantearles la siguiente hipótesis. La era de las grandes y
maduras democracias está tocando a su fin. No morirán de repente. Asistiremos a
una lenta y penosa agonía, para ser sustituidas por democracias orgánicas de
nuevo cuño dirigidas por hombre fuertes que harán política emocional sólo para
las mayorías reales, que son aquellas compuestas por ciudadanos mediocres, ociosos,
llenos de miedos e inseguridades, absorbido por las nuevas tecnologías y la
inteligencia artificial, autistas sociales y reactivos únicamente a ideas
simples e instintivas. Éste es el nuevo hombre del segundo milenio. Se acabó el
sueño ilustrado de un humano racional, empático y comprometido. En realidad,
nunca existió. Pero era una ficción necesaria para construir las nuevas
sociedades y sus Estados, emancipados de la tiranía de la superstición y la
servidumbre.
Vale. Conocemos el diagnóstico.
Una y otra vez volvemos a él y lo formulamos y reformulamos. La democracia
muere de éxito. Ya lo había dicho Schumpeter en los años 50 del siglo pasado,
las democracias occidentales sólo conducen a sociedades ociosas y ególatras
incapaces de cualquier tipo de sacrificio y alérgicas a toda responsabilidad.
Este proceso conllevaba la progresiva degeneración de los sistemas educativos,
el ablandamiento de todas las estructuras sociales, su permanente
cuestionamiento, hasta quedar indefensos a la par que subyugados por populismos
y demagogias de toda calaña que conectan de manera irracional con nuestras
emociones instintivas y que se traducen políticamente en xenofobias,
extremismos, nacionalismos, resentimientos, revanchismo… En fin, puro nihilismo
del sálvese quien pueda negando al otro, al distinto, al que no soy yo o como
yo. Detrás de las democracias de identidad y comunitaristas no hay más que
exclusión y opresión al diferente, aunque prediquen lo contrario. Por eso
entran en crisis los viejos partidos socialdemócratas o conservadores. No
porque la socialdemocracia, el socialismo o las ideas liberales o el
conservadurismo hayan tenido de dejar sentido político, sino porque la política
ya no es un sistema en el que intervienen los hombres con sentido de Estado,
sino el humano real y mezquino. Eso que tanto se dice, ya no hay “sentido de
Estado”, no es más que el eufemismo que empleamos para decir que la política,
el arte de convivir, ya no está en manos de gente cercana a la ficción del
hombre ilustrado, sino a la del hombre real. Los procesos sociales ya no sirven
para generar élites de decisión que se seleccionan por su mérito y capacidad (y
no por su cuna o caja). Y en ese escenario ninguna idea política clásica
funciona porque todas ellas presuponen la ficción del humano racional. Desde el
momento en que hemos corrido el velo y reivindicamos la humanidad real y
verdadera (la de seres violentos, egoístas, con una predisposición genética al
nepotismo) como sujeto político, y lo que es aún peor, como agente político, la
democracia está condenada.
Pero, conocido el diagnóstico, lo
que toca ahora es hacer el esfuerzo de buscar un tratamiento. Seguramente ya no
es posible volver al ideal de la democracia occidental clásica. Pero me da a mi
que todo pasa por devolver al humano real a los confines de la vida cotidiana,
y sujetarlo a sistema educativos y sociales exigentes para volver a seleccionar
a los más capacitados para entender y gestionar el mundo. Rousseau sólo condujo
a la anarquía; Hobbes nos llevó a la democracia.
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