martes, 10 de abril de 2018

La prisión permanente revisable. La ley del talió 2.0



Les aseguro que me es tremendamente difícil mantener separadas mi condición humana de padre y persona de la profesional del Derecho Constitucional en un asunto tan emotivo como éste. Me encoge el corazón y me angustia ver a esos padres y familiares desgarrados por la barbarie de alguien que ha acabado salvajemente con su ser querido. Es difícil no comprender que su grito sea que se pudran en la cárcel. Yo lo daría. Pero el Derecho Penal no sólo está para castigar, también para corregir mediante la educación y la inserción. Este es el problema que plantea la pena de prisión permanente revisable, instaurada el año 2015 en nuestro sistema penal, saber si es una simple manifestación de la ley del talión o permite la resocialización efectiva del penado. Es cierto que en nuestro entorno se prevén penas similares. Nuestra diferencia es la manera en la que el Código Penal español regula el cuándo y el cómo de la revisión de la prisión permanente. Y ésta es la clave del asunto porque el Tribunal Europeo de Derechos Humanos no ha tenido inconveniente en considerar conforme con el Convenio Europeo de Derechos Humanos, que proscribe las penas injustas y desproporcionadas, las cadenas perpetuas siempre que puedan ser revisables en un plazo razonable (el límite parece que está justo en los 25 años), y si su regulación permite al condenado, primero, saber con certeza qué debe hacer para que su condena se revise, y, en segundo lugar, si a la vista de la regulación de la revisión de su pena puede tener una expectativa cierta de puesta en libertad futura (Casos Vinter de 9 de julio de 2013 y Hutchinson de 3 de febrero de 2015).


Aquí hay dos mundos. Aquel en el que el sistema penal sólo, o primordialmente, busca castigar al culpable, hacerle pagar por lo hecho y que esto le sirva de escarmiento, a él y a otros. Esta idea retributiva de la pena es muy dada a la manipulación populista. Es muy fácil lanzar soflamas y que cualquiera se sienta reconfortado pensando que los malos son castigados, y que sólo unos pocos, los redimidos, podrán salvarse. Quizá por eso, por ese evidente riesgo de manipulación, nuestro Constituyente, que tonto no debía ser a pesar del revisionismo tan en boga, decidió que cómo y cuánto castigar no se dejase a las iniciativas legislativas populares (art. 87 CE). Parece que nuestros padres fundadores tenían claro que no es la ira popular, tan fácil de prender y tan difícil de apagar, la que debe regir la voluntad del legislador penal. No voy a hondar en los numerosos estudios que apuntan la inutilidad reeducadora o disuasoria de la pena de muerte o la cadena perpetua. No deja de llamar la atención la casi total ausencia (o al menos yo no los conozco) de estudios serios y rigurosos que avalen la utilidad, siquiera disuasoria, de semejantes condenas penales. No las disfracemos, son pura venganza. Quien la hace, la paga. Simple y llanamente. Pero hay otra visión. La pena de muerte o la cadena perpetua no sirven de nada. Ni devuelven al ser querido, ni reparan el dolor y el daño sufrido, ni disuade de la comisión de atrocidades semejantes. Por lo tanto, son inútiles social y penalmente. Porque las penas buscan, naturalmente, castigar a quien infringe el ordenamiento. Pero también reeducar al condenado y darle la posibilidad de insertarse socialmente. Delinquir debe ser castigado. Pero nada resolvemos dejando que se pudran en la cárcel. La sociedad debe esforzarse en darle la oportunidad de tener una vida dentro de la ley.
Al margen de ese debate y la forma en la que se debe entender el cumplimiento de las penas (y del uso electoralista que hacen algunos partidos de este asunto), de lo que no tengo dudas es de que el art. 25 CE prohíbe cualquier pena que no esté dirigida a la resocialización del condenado. Nos puede gustar más o menos, pero así es. Y tengo muchas dudas, tanto de la propia constitucionalidad de la cadena perpetua, aunque sea revisable, como de la forma en la que el legislador penal español ha diseñado esa revisión, aun aceptando la hipotética constitucionalidad de la prisión permanente. El Tribunal Constitucional español nunca se ha pronunciado sobre este asunto (ni otro similar) y tiene pendiente el recurso de inconstitucionalidad interpuesto contra la prisión permanente revisable. Pero es cierto que el TC ha exigido que también las penas deben tener una duración determinada y precisa, e indudablemente dirigidas a la resocialización del condenado por mandato del artículo 25 CE (STC 129/2006).
Esta es para mí la clave. Poco importa el debate ético, social, filosófico o crimanilístico; lo que resulta indiscutible es que el artículo 25.2 CE establece de tajante que “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social”. Dejando incluso a un lado la condición de “inhumana” que pueda tener la cadena perpetua, por muy revisable que sea, lo que está claro es que la CE exige que toda pena esté dirigida a la resocialización del condenado. El problema es que esa resocialización resulta improbable si la expectativa de libertad del condenado es incierta. Sin una firme esperanza en la revisión, es difícil esperar de un condenado la paciencia y esfuerzo que exige trabajar por su reinserción durante un número nada desdeñable de años.  El juez no tiene criterios objetivos y reglados que emplear para la revisión, dejando la ley demasiados flecos al subjetivo criterio de su señoría que debe medir la peligrosidad latente del condenado sin asideros objetivos y mensurables. Lo que supone una presión terrible sobre los jueces cuyo juicio se verá interferido por el dilema de tener que tomar decisiones impopulares y desgarradores Al penado poco le va a consolar la ilusión de una posible revisión de su condena a perpetuidad transcurridos mínimo 25 años, sin en ella son tantos los factores incontrolables y ajenos a su voluntad que condicionan la decisión del juez. Así las cosas, me cuesta un enorme esfuerzo concluir que la prisión permanente revisable del vigente Código penal cumpla con las exigencias Constitucionales.
 (Publicado en El Comercio el 29 de abril de 2018)

lunes, 9 de abril de 2018

MI REINO POR MÁSTER


Me asombra que alguien se haya jugado su carrera política por un máster universitario. ¡Qué disparate tan grande! Y la Universidad en mitad del lío. Nunca un máster ha valido tanto.
No me parece ilógico que una política dedicada a la gestión autonómica quiera completar su formación haciendo un máster justo sobre lo que es objeto de su trabajo. Lo extraño es que haya sacado tiempo en su ajetreada vida política para hacer un máster universitario. Una de dos, o el máster no vale para nada y lo regalan, o el máster es serio, y lo que ha querido la protagonista (y parece que ha conseguido) es utilizar los atajos. El problema de los atajos es que siempre hay un amigo de un amigo que tiene un conocido que en una cena con otros colegas dice que sabe no sé qué cosa, que luego se convierte en fuego amigo. Porque esto siempre es cosa del fuego amigo. No lo duden. La interfecta apuntaba maneras a llegar muy lejos en el PP, y sus adversarios (¿o enemigos?) en el PP han decidido darle caña. Y la pillaron en un marrón porque alguien ha sido indiscreto, porque sin esa indiscreción casi casi seguro que nunca se hubiese sabido nada y la aspirante habría lucido un título máster (aparentemente) por la cara.
Esto es como los cuernos, siempre es cosa de tres (o de cuatro): el cornudo, el corneado y el colaborador necesario en la cornada. Aquí también hay tres, un indiscreto, un político que humilla a la Universidad creyendo que los másteres se regalan, y un irresponsable que entra en el juego y además arruina la vida de unos cuantos. Es que me imagino la escena. En un ágape cualquiera coinciden unos y otros, y surge la peregrina idea de que por qué no iba a hacer la lideresa un máster como ése, que además ya se organizaría la cosa para que no le exigiese más dedicación de la necesaria (o sea, ninguna)… y, además, quién iba a saber más del asunto que ella que está en la pomada. Con lo que una vez más asistimos a ese acto que cada día se hace tan frecuente en nuestra España de marras que es el despreciar el saber y sobre todo el universitario. Al final, lo que interesaba era completar el currículum de la protagonista con un máster (que en algún despacho oscuro estará redactando del machaca de turno) en el que sería fácil apañarlo para que luciera en la primera línea de su historial con el mínimo esfuerzo y lo de menos era el interés en aprender. Tomada la decisión, las cosas transcurren con naturalidad hasta que la final, probablemente, nunca terminó el máster de marras pero lo exhibía en su currícula. Y de pronto alguien de su bando señala que tiene dudas de que en efecto lo tenga, alguien conoce a alguien, lo comprueban y…. ¡el escándalo está servido!
Al final esto conduce a la melancolía. De un lado, esa clase política que no tiene currículum que exhibir porque no han hecho otra cosa en su vida que dedicarse a la política (que no es lo mismo que hacer política). Y claro, llegan a una edad y a un estatus que exige tener algo en el historial, y es así cómo nace la fiebre del máster (o de un título, a secas). Siempre hay un guay, a la espera del premio por el favor (que en muchos casos simplemente es una imaginación del secuaz), que les facilita el camino, hasta que alguien señala con el dedo, y se desata la tormenta. Vergonzoso sin paliativos. De otro lado, la estulticia de la clase política española. En otros lares, al mínimo marrón que te sacan, dimites. Sin más, sin líos, rápido y doloroso, pero inmediato. No se atrincheran, ni apelan a la presunción de inocencia, ni se aferran al sillón… No, dimiten porque además es la mejor manera de defender su inocencia, si es que son inocentes. Ejemplos hay… Pero más allá de los Pirineos. Pero aquí siempre se hace honor a las palabras de Camilo José Cela (que en realidad se lo decía a sí mismo porque él era un claro ejemplo): en este país quien resiste, gana. Lo de menos es que en la resistencia se pierda la dignidad y el honor. En fin ¡país! Que decía nuestro añorado Forges.


(PUBLICADO EN EL COMERCIO, 8 DE ABRIL DE 2018)

lunes, 26 de marzo de 2018

LA ADMINISTRACIÓN ENCORSETADA



No he podido evitar reparar estos días en una noticia que me ha resultado especialmente llamativa. El Tribunal Superior de Justicia de Asturias ha anulado la concreta forma de provisión futura del personal de la Sindicatura de Cuentas, que no los puestos actuales, como en algún sitio se ha dicho, porque, según parece, no había justificado por qué es mejor acudir al sistema de concurso “específico” y no a uno “normal”. A mí esto, la verdad, me sonó a rizar el rizo, y acudí presto a la sentencia de marras.
El primer asombro fue que en realidad el sindicato recurrente no gana ni en los penaltis. Lo que el Tribunal le reprocha a la Sindicatura es que no ha justificado por qué ha querido ser más exigente para esos puestos. Les explico, hay tres formas de ingresar en cualquier Administración pública (dejo a un lado la libre designación), que son las que aseguran que se hace por mérito y capacidad. Vaya, que se ingresa porque se está preparado para el puesto que se opta y no por enchufe; lo que, además de ser una exigencia constitucional, es una incuestionable garantía de profesionalidad, honestidad y objetividad en el quehacer de la Administración al servicio del común. Obviamente, cuanta mayor es la responsabilidad e importancia del puesto, mayor debe ser la exigencia para su provisión; esto es de cajón. La forma ordinaria es ingresar mediante oposición, o sea, haciendo un examen. La siguiente y que se emplea para ciertos puestos, es el concurso-oposición (un examen más la valoración de la experiencia y méritos previos que acrediten los candidatos), y finalmente el concurso (valorando sólo esos méritos y experiencia, y que suele emplearse para seleccionar a quienes ya han hecho una oposición antes para otro puesto). Dentro del concurso está el “normal”, donde se valoran los méritos que se tiene con arreglo a un baremo previamente conocido por los interesados; o el “específico”, en el que se valora la acreditación de unos méritos concretos y especiales con el objeto de que los candidatos acrediten, además de su experiencia, su capacidad y aptitud para desempeñar el puesto. Este suele ser el sistema que se emplea para aquéllos que o por su responsabilidad o por su complejidad técnica aconsejan ese plus de exigencia. Bueno, pues resulta que el Tribunal le reprocha a la Sindicatura que para esos puestos objeto de impugnación (todos evidentemente complejos en lo técnico y muy delicados en su desempeño porque se trata justo de los que auditan y escudriñan las cuentas públicas) se ha puesto estupenda y les exige en exceso, porque además de acreditar sus méritos y experiencia “previa” (concurso “normal”), deben presentar una “memoria” y realizar una “entrevista”. Por cierto, dos pruebas previstas en la ley y, lógicamente, iban a ser realizadas por una comisión de valoración independiente, nunca por el Síndico Mayor.
¡Hombre! Tengo para mí que el Tribunal se nos ha puesto un punto exquisito. No se ven dedos ungidores, ni enchufes por ningún lado. Nada ha perturbado el criterio de mérito y capacidad en el reclutamiento de ese personal. Es más, lo que ha hecho la Sindicatura es ser muy exigente en las pruebas a superar porque no bastaba con ser baremado, además había que demostrar destreza y capacidad para desempeñar unos puestos que a nadie se le escapa su muy especial dificultad y responsabilidad. Exigir la justificación de lo obvio, sobre todo cuando resulta evidente del conjunto del expediente a la vista tan sólo de lo dicho en los antecedentes de la sentencia, se me antoja un formalismo enervante. El problema de estas resoluciones judiciales es que se quedan en el bulto y no se detienen en comprobar si la actuación administrativa ha respetado lo que realmente importa, seleccionar a los mejores para realizar las tareas más delicadas y complejas. Me preocuparía que ese rigor se aplicase a la selección de unos ordenanzas, por desproporcionado. Pero no creo que lo sea en el caso de quienes van a venir a revolver en mis cuentas y a decidir si lo hago bien o a los que van a resolver si debo ir a la cárcel por corrupto y ladrón. Dejo para otro momento la confusión entre la especificidad del concurso y la especificidad de las pruebas empleadas en el concurso, porque lo singular en este caso es que las pruebas exigidas para acreditar el mérito y la capacidad han ido más allá de la mera baremación de un currículum.
Me alarma que nuestras señorías castiguen a una Administración por ser exigente, apelando a un argumento como es el de la “motivación” (cuando en otras ocasiones no han tenido reparos en considerar que esa motivación resultaba del propio expediente, véase si no el de la cesada Secretaria del Ayuntamiento de Gijón). Hace tiempo hablé de la Administración secuestrada, y hoy les hablo de la administración encorsetada por lo que bien podría calificarse de un exceso de formalismo. Te castigan no por hacer las cosas mal, sino por querer hacerlas demasiado bien. Esto nos lo tenemos que mirar.

(publicado en EL COMERCIO el 25 de marzo de 2018)


lunes, 12 de marzo de 2018

DIGNIDAD Y RESPETO


Decía Fernando de los Ríos que los realmente revolucionario en España es el respeto. Pasado el tiempo creo que así es. Algo nos pasa en este país porque llevamos muy mal eso de respetar al otro. Somos más de descalificar, desacreditar, despreciar y hasta ningunear. Es normal que así sea en un país con una profunda vocación anarquista. Ya lo había observado Pritchett, somos una nación de anarquistas. Tenemos una renuencia genética a seguir las normas, incluso las que nos imponemos nosotros mismos. Aquí lo propio lo resumen estos dichos tan patrios y que dejan atónitos a los extranjeros; aquello de “quien hace la ley, hace la trampa”, y, ya para coronarse, “la ley se obedece, pero no se cumple”. Somos así, no hay remedio. Incapaces en lo más hondo para entender que una sociedad es civilizada porque tiene normas y además se cumplen. Ya oigo las voces de aquellos que objetarán con qué ocurre si la norma es injusta, o errónea, o… En realidad, quien opone semejantes objeciones al cumplimiento de la ley, expresa su desnudo deseo de imponer su santa voluntad y que las cosas se hagan como a él le convienen.  Pero sin el acatamiento de la norma en una sociedad civilizada y democrática no hay respeto. Y sin respeto, no hay igualdad ni dignidad.
Digo esto, porque hace días que vivo perplejo. No entiendo qué nos ocurre. Cómo es posible que en una sociedad avanzada como la nuestra las mujeres aún se sientan inseguras e incómodas. Incluso más ahora que años atrás. Así lo expresó rotunda una estudiante el otro día. Esa afirmación me estremeció, porque algo no va bien si una mujer tiene miedo a regresar sola por la noche a su casa, o si aún tiene que soportar la sordera masculina al no, o sentirse medida por su escote o su tacón. No entiendo cómo es posible que estos comportamientos que yo creía más propios de otras épocas son muy intensos en los jóvenes de hoy. Que serán muy milenials y todo lo que ustedes quieran, pero siguen siendo tan o más machistas que sus tatarabuelos. No cabe duda de que en nuestras sociedades hay tremendos techos de cristal para las mujeres, y estos días los medios trasladan cifras y porcentajes que señalan esos techos sobre los que en muchas ocasiones se alzan los varones. Yo creía que esto había cambiado, y que paulatinamente, sobre todo las generaciones más jóvenes, vivían las cosas de otra forma y poco a poco resquebrajaban ese cristal. Fue desolador comprobar que no era así.  Preguntadas mis alumnas sobre cómo se sentían, todas, sin excepción, afirmaron que se sentían incómodas e inseguras. Algo estamos haciendo mal si no hemos logrado avanzar por la senda de la igualdad. Y no creo que se logre con la “educación para la ciudadanía”, porque convertida en una asignatura lo que debiera ser un hábito ciudadano, termina por tomarse más como un obstáculo curricular a superar antes que la ética de un ser humano libre, digno y mentalmente sano.  
Nuestra resistencia a acatar las normas, la involución en materia de igualdad entre sexos, todo viene, creo yo, de la falta de respeto. Ese es el origen de todo, que no sabemos ni queremos respetar al otro y tratarlo con dignidad. Nadie nos educa para respetar. Nos educan para juzgar, para ser jueces de los demás. A los hombres en particular, nadie nos educa para controlar nuestra testosterona, y además, este empeño en postergar indefinidamente la necesaria madurez para que los chicos no sufran, ha terminado por llenarlo todo de montones de varones jóvenes que a pesar de su edad siguen dando rienda suelta a sus instintos y comportándose como descabezados de patio de colegio. Nadie les dice que hay que ser persona, y nada les invita a serlo.  Las sociedades sanas son aquellas en las que sus miembros se respetan y se sienten dignas de consideración. No importa la raza, el sexo, el origen… sólo importa la persona, que por el mero hecho de serlo se hace merecedor de respeto. Respeto y dignidad, esa es la clave para que nuestra sociedad esté sana. Respetar y tratar dignamente, así de sencillo.
 (publicado en EL COMERCIO el 11 de marzo de 2018)

lunes, 26 de febrero de 2018

JAMES BOND


La verdad es que no soy yo muy aficionado a la saga de Bond. A mi tanta testosterona, adrenalina y vodka-martini me aburre un poco. Yo soy más de las películas de espías con un toque sórdido, con la violencia justa y justificada, con tramas sombrías de traiciones, dobles agentes y sonoros fracasos, donde no hay glamour, sino miseria humana a raudales. Me encantan las pelis al estilo “El topo”.
No obstante, me he reconciliado con Bond viendo sus largos clásicos, esa extraña joya protagonizada por Niven, o la posterior de Lazenby. Luego llegó el gran Connery y le dio al personaje ese perfil canalla que ha hecho que esta saga de películas de espías llenas de artilugios, explosiones y sábanas les encante a las mujeres (sí… ya lo sé, esto es micromachismo…). El Bond clásico, el que creó Ian Fleming, es una mezcla de gentleman inglés y de “malote”, como diría mi hija. No cabe duda de que a Niven lo de malote no le iba, y parece que Lazenby no cuajó, y finalmente llegó Connery. Pero Connery lo clavó. Bond es un personaje que no tiene dobleces ni aristas. Por eso gusta. Es directo. Es un estereotipo, como lo son los personajes de John Wayne. Son personajes sobre los que pesa toda la trama, porque los guiones dan un poco la risa. El secreto de James Bond no es la historia que se cuenta, no es la intriga, ni el suspense, no es la tensión propia de las películas de espías, porque normalmente todo gira entorno a situaciones imposibles, muy infantiles y fantasiosas, endebles en su argumento, y que se aderezan con artilugios variopintos que las más de las veces invitan a la carcajada, sino al sonrojo por vergüenza ajena. Las pelis la salva Bond, su desfachatez, su elegancia. Por eso gustaba, porque, ¿quién no anhelaba ser James y vivir como Bond? Nadie viste un smoking como él, ni pide un Martini con ese aplomo, y nadie reparte leña de esa forma y sin despeinarse. Ahora, ¿de qué iba la peli? Ni idea, acaban siendo todas iguales y además eso resulta lo de menos.
Pero desde que Connery dijo que hasta aquí llegamos, han irrumpido unos lumbreras que se han empeñado en hacer humano a Bond, cuando la clave de su éxito era justamente que no lo era, que era un arquetipo.  Ahora Bond es un tipo con conciencia y memoria, que le duelen los golpes, que tiene dudas y se comporta moralmente de forma cuestionable. A ver, que Bond es un canalla al servicio de su Majestad, pero es nuestro canalla, está incuestionablemente en el bando de los buenos. Pero se empeñan en que Bond sea un tipo triste y atormentado, lleno de moratones y haciendo cosas raras por el mundo. Si a eso le sumamos que ahora resulta que tratan de que los guiones tengan un porqué que los haga creíbles, el resultado es aburrido y predecible. A mí no me gusta un Bond existencialista, que parece que lee a Unamuno por la mañana y a Schopenhauer por la noche. Este tipo, Craig, que estará muy bueno, tiene más corte de macarra venido a más que de gentleman “old rule”. Si es que es un triste…. Hasta sus ligues son ya imposibles… por favor ¿quién se trajina a una viuda el mismo día y en el mismo sitio donde entierra apenada y desconsolada a su esposo? Además de ser increíble, es cutre. A mí me gusta el Bond canalla y lleno de flema inglesa, que sabe muy bien para qué bando trabaja. Ya ven, soy así de simple (o quizá nostálgico).
Así las cosas, no me extraña que esa saga que parece dar comienzo de los Kingsmen le coma la tostada a Bond (qué gran acierto poner al gran Colin Firth ahí). En estas dos películas se recupera esa imagen de espía lleno de glamour, inexorable e infalible. Ahí están los Kingsmen con su paraguas y vistiendo un traje como nadie. La trama es lo de menos, porque tampoco tienes pies ni cabeza; lo que importa es el personaje, que lo llena todo. Bond ha muerto, qué viva los Kingsman.

(publicado en EL COMERCIO, el 25 de febrero de 2018)

lunes, 12 de febrero de 2018

SÉ FELIZ


La felicidad es una actitud, no es un estado. Una actitud ante la vida y sus puñetas. La vida ni es buena ni es mala, ni se tuerce, ni se endereza, simplemente es vida, una sucesión de tiempos y acontecimientos, de azares y casualidades. Me he puesto un poco estoico (¿o epicúrico? Qué se yo…). Pero es que leyendo el otro día una entrevista del filósofo coreano afincado en Alemania de nombre impronunciable me llamó la atención poderosamente su afirmación de que vivimos una época de auto-sobreexplotación. Es curioso, todos los grandes relatos religiosos y filosóficos siempre han tratado de liberarnos en esta o en la otra vida de aquello que en su narración constituía la razón del sojuzgamiento de nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Todos estos relatos parten siempre de una enorme falacia: que somos seres libres. La libertad es un artefacto intelectual que ha constituido junto con la igualdad el gran motor de la evolución humana. En realidad, ambos son una mera ficción, ni somos libres ni somos iguales, y nunca seremos libres ni seremos iguales. Antes eran otros los que negaban nuestra libertad y nuestra igualdad. Hoy somos nosotros mismos quienes nos esclavizamos y somos incapaces de aceptar la diferencia. Todo lo que nos rodea en la sociedad occidental ya no sólo nos impone nuestra auto-sobreexplotación. Tenemos que ser bellos, productivos, intachables, sanos, ecológicos, comprometidos, sensibles, concienciados. Debemos ser perfectos novios, amantes, esposos, padres. El resultado es que ya no hay enemigo ni opresor contra el que alzarse, porque hemos conseguido que nosotros seamos nuestro propio tirano. No me extraña que las profesiones del futuro en el primer mundo sean la psicología y la geriatría: todo se llenará de viejos congrandes trastornos emocionales.
Estoy harto de estos psico-pedagogos que se empeñan en culpabilizarnos porque no somos los padres perfectos: los esclavos de nuestros hijos. Harto de los profetas de lo sano (estoy por ponerme a fumar puros), de los ascetas de la falsa sobriedad, harto de lo políticamente correcto, de que hayamos pervertido las relaciones humanas hasta el punto de que todas se pueden reconducir a un acoso. Miren, no hay cosa que más daño ha ocasionado en nuestras sociedades que la filosofía de la felicidad bobalicona y crédula que nos tratan de transmitir. Mensajes como que uno puede lograr todo lo que pretende con tan sólo proponérselo firmemente, que la felicidad está ahí para agarrarla, que la vida puede convertirse en una sucesión de hechos maravillosos y asombrosos, que tan sólo se trata de ver las cosas de otra forma. Y ya ni les cuento el peligro que tiene la vulgarización de la neurolingüística, de la que ha concluido qué si nos pasamos el día repitiéndonos que somos altos, guapos y ricos, acabaremos siéndolo. Menuda majadería. Estamos rodeados de chamanes y cuentistas de la felicidad naif. Y eso solo conduce a nuestra sobreexplotación y necesariamente a la tristeza, porque llegará ese día en el que comprobaremos que ni somos altos, ni guapos ni mucho menos ricos, y no sabremos manejar el azar del día a día. Y ese día, los demonios se desatarán, y esto acabará mal.


(Publicado en El Comercio, 11 de febrero de 2018)

viernes, 2 de febrero de 2018

BUEN VIAJE AMIGO

Buen viaje amigo. Ya sé que tú y yo no compartimos nuestro tiempo como lo hicimos con otros compañeros. Circunstancias de la vida y querencias normales. A ti te gustaba más frecuentar la amistad de nuestro querido compañero y amigo Juan Luis Requejo. Os unían visiones y aficiones comunes, y, yo en definitiva, no dejaba de ser un antiguo alumno tuyo de primero de Derecho, y ni siquiera me atrevo a decir que casi el último discípulo de Ignacio de Otto. No obstante, nunca me faltó tu aprecio y reconocimiento. Yo admiraba tu saber enciclopédico, tu sentido de la buena vida, tu pasión por tu trabajo. Eras un universitario de raza, de los que no quedan ya. Ahora estamos rodeados de gente con la que ya no nos entendemos porque son universitarios de otra forma. No sé si mejores o peores; pero sí distintos. Yo no comparto su forma de vivir la universidad y creo que tú tampoco lo harías. Ambos crecimos en una forma de entender este trabajo como una vocación casi religiosa. Más tú que yo, que a mí siempre me gustó zascandilear y caciplar en otros lares. Fíjate que con el tiempo, me he hecho más creyente en la fé de la Universidad con mayúsculas, en que lo que hacemos sí tiene sentido, y que para hacerlo bien hay que sumirse en la soledad del pensamiento. Tú hacía tiempo que lo habías descubierto y yo no supe entenderte.
Te voy a echar de menos Corros, porque contigo me he reído mucho. Me encantaba esa fina ironía, privilegio de los más inteligentes; la forma en la que habías hecho de tu vida la expresión cotidiana de la máxima orteguiana: la elegancia en la palabra es la expresión de nuestro respeto a los lectores. En eso, y en otras muchas cosas, eras un maestro. Leerte y escucharte siempre era un inmenso placer. Creo que te encantaría saber que si hay una palabra que te define es justo eso, elegante. La elegancia es una actitud vital que se alimenta del equilibrio, de la proporción en el pensar, en el decir y el hacer. Y esa elegancia se transmitía a tu apariencia. Cada día me recordabas más a Walter Benjamin. Qué curiosa transición iconográfica, de Trotsky (¡porque vaya si te dabas un aire a él!) a Benjamín. Pero también qué terrible señal del fin que te aguardaba y que nada hacía presagiar hace unos años. Al final, la vida se encanalló contigo sin motivo ni razón. Me gustaría ser creyente para poder refugiar mi tristeza en la oración. Sé también que este artículo no habla de ti, ni cuenta lo gran Historiador del Constitucionalismo que has sido, que Ignacio de Otto y Francisco Tomás y Valiente estarían orgullosos de tu labor, de la herencia tan grande y fértil que has dejado en tus discípulos, Ignacio Fernández Sarasola y Antonio Franco, de que tú, y sólo tú, has fundado una línea de trabajo, la Historia Constitucional, que nos faltaba en España, que dejaste escritas obras de referencia indiscutible, y que eres, sin duda, un maestro de juristas. Pero es que sólo me salen palabras llenas de silencio y ausencia. Te echaremos de menos, Corros.

Vete tranquilo, ten buen viaje, porque no has muerto, porque la muerte es olvido y nosotros no te olvidamos. Sigues a nuestro lado recordándonos que el constitucionalista no dejar de ser un historiador.   

(Publicado en El Comercio, 1 de febrero de 2018)